Nada más natural

Por Julen Rekondo - Martes, 7 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:01h

todo es -hoy, ahora- natural, muy natural, lo más natural, natural al 100%. Especialmente, natural al 100%;como si se pudiera ser sólo natural al 20% o al 34,2%. Esta feliz expresión comercial de “natural al 100%” está haciendo furor entre los publicitarios, para quienes todo ha pasado a ser, de un tiempo a esta parte, natural al 100%;desde los zumos tropicales hasta la última y más vanguardista de las modas.

Y lo que decimos de esta cualidad natural, podríamos hacerlo extensivo, con el mismo rigor y asombro, a ese aluvión incontable de productos que invocan, según los casos, su virtud ecológica, los beneficios derivados de su carácter bio (aunque no queda claro si son biodegradables, bioactivos o ambas cosas), su capacidad plena de reutilización o, cuando menos, reciclable, light y, mientras no pueda presumirse nada en contrario, obtenido por los más cuidadosos procedimientos de la agricultura biológica, en el caso de algunos alimentos.

Pero, ¿qué hay de verdad y cuánto de marketing comercial? Porque mientras que las autoridades responsables, en los diversos ámbitos, no establezcan unas normas y los correspondientes reglamentos que regulen la utilización de todos estos términos de compleja concreción, y no se controle que, efectivamente, estos llamativos reclamos y sus etiquetas responden a la realidad que anuncian y prometen, estamos en manos de unos avispados fabricantes que no tienen reparos en utilizar el vacío legal para incrementar sus ventas.

Marketing o picaresca, según como se quiera. Pero ha llegado el momento de poner coto a tanta arbitrariedad consentida. Mientras, por un lado, se clama porque las etiquetas de los productos alimenticios tienen que hacer constar si contienen y en eso estamos, y en qué proporción, elementos alterados o manipulados genéticamente, de otra parte se transige a grifo abierto con los productos falsamente llamados “sin” -algunas cervezas, por ejemplo, que sí contienen alcohol, aunque en proporciones menores- o determinados dulces o golosinas sin azúcar, que en Estados Unidos, y sin alterar su composición, se ven obligados a etiquetar el mismo producto como “sugar less” (bajo en azúcar), frente a otras marcas que sí están libres de azúcar(“sugar free”).

En una sociedad como la nuestra, en la que las mal llamadas “marcas blancas” de alimentación recurren al artificio de “fabricado para…”, a fin de no hacer constar el nombre del fabricante -les basta un número de registro que nadie sabe a qué industria corresponde-, aunque no en todas se da así, no estaría de más que se impusiera un poco de cordura y racionalidad a este carnaval de nombres, virtudes y apelativos. Y a quien corresponda pusiera un poco de orden, a fin de garantizar y proteger nuestro derecho a una alimentación sana y -ésta sí- natural.

Aunque se ha regulado la utilización de términos como bio, no basta. Cada invocación en este sentido tiene que venir respaldada por una investigación que constate su veracidad. En caso contrario, a los empresarios e industriales honestos no les va a quedar otro camino que expresar en sus etiquetas, como hace ya unos 40 años llegó a implantarse en Francia, que “el productor garantiza que este envase sólo contiene leche”. ¿Qué mejor declaración de autenticidad sin alharacas y qué mejor garantía de que ese producto era natural al 100%?