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“pensé que íbamos a morir, Nadie sabía qué hacer ni a dónde ir”

La pamplonesa Irantzu Senosiain se encontraba en el epicentro del terremoto de Indonesia cuando se produjo la tragedia
Tras dos noches a la intemperie, tomarán hoy un avión de vuelta desde Yakarta

Clara Ayabar Rivas Fermín Sagüés Guerendiain - Miércoles, 8 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:01h

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“Me subí como un mono al árbol, sin notar el dolor del brazo. Ninguna entendíamos lo que pasaba” “Nadie nos da nada, ni agua ni comida. Siguen cobrando como antes del seísmo” “A la intemperie estábamos más tranquilas porque no se nos podía caer nada encima ni había tsunamis”

pamplona- El reloj marcaba las 20.15 horas del domingo en la isla de Gili Trawangan (Indonesia) cuando la tierra tembló bajo los pies de la pamplonesa Irantzu Senosiain Rodríguez, que salía de la habitación de su hotel junto a sus dos compañeras, otra navarra y una guipuzcoana. Su viaje de vacaciones, que duraba hasta el próximo día 15 de agosto, termina hoy. Las tres profesoras huyen ahora del pánico que han vivido los últimos días.

“Salíamos de la habitación, nos miramos y yo les dije ‘terremoto’. Empezaron a caernos encima cascotes de cemento al tiempo que se fue la luz”, comienza el relato Irantzu de 35 años. La mala suerte quiso que uno de los trozos que se desprendió del edificio le diese a su amiga guipuzcoana en la cabeza. “Fueron 30 segundos más o menos, después solo se veía polvo gris, era una noche cerrada”, dice la pamplonesa, a quien también le cayó una placa enorme en el brazo, ocasionándole una contusión que en un principio creyó que era rotura.

El pánico guió sus pasos hacia la playa, donde no encontraron más que desinformación y gente que, como ellas, no sabía qué hacer. “No había nadie ayudándose, los trabajadores no están preparados. Nadie sabía qué hacer ni a dónde ir, pensé que íbamos a morir”, explica Irantzu. La masa de nativos corriendo hacia la montaña les llevó a tomar ese camino. Magulladas y con amiga taponando su brecha como podía corrían sin saber muy bien a dónde se dirigían. El horror llegó de la mano de una noticia inesperada: la alerta de un posible tsunami. “En ese momento a mi cabeza se vinieron las imágenes de la película Lo imposible. Nos quedamos en la colina esperando el maremoto. La gente rezaba altísimo, en un idioma que no conocíamos y no sabíamos ni a quién”, relata.

El caos y el miedo a morir se apoderó de la gente que no dudaba en gritar cada vez que notaba algo extraño, hasta que se escuchó una voz: “water, water (agua, agua)”. En ese momento, y olvidándose del dolor que habían causado los cascotes en sus cuerpos, las tres compañeras de viaje treparon hasta un árbol para ponerse a salvo. “Me subí como un mono, sin notar el dolor en el brazo. Ninguna entendíamos nada de lo que estaba pasando. Los nativos estaban cagados también, en ese momento pensaba que íbamos a morir. Yo pensaba, ‘vale, esto es morir’”, dice. Sin ser conscientes del tiempo que pasaron allí, un grupo se trasladó a un lugar sin árboles para evitar que se les cayesen encima si una de las réplicas que se estaban produciendo volvía a ser tan fuerte como el seísmo. “Fue en ese hierbín donde nos encontramos con españoles. Además, pudimos taponar la hemorragia de Uxue, que estaba desangrándose, con un rollo de papel en la herida y una sudadera para sujetarlo”, cuenta Irantzu nerviosa al recordar la experiencia de ver herida a su amiga y no poder hacer nada. “Por suerte llevábamos las sudaderas. Nos sirvieron para parar la hemorragia y taparnos por la noche”, cuenta.

Tras escuchar miles de teorías sobre posibles tsunamis, las tres compañeras activaron los datos de sus teléfonos. Sus familiares desde Pamplona les informaban de que la alerta de tsunami no existía. Escuchar eso de boca de su gente les tranquilizó. “Pasamos la noche a la intemperie y mirando al cielo, sintiendo cada poco las réplicas del terremoto”.

viaje a lombokEl día siguiente despertaba más tarde que las tres amigas, que no habían conseguido conciliar el sueño. Irantzu fue la única que se atrevió a volver al hotel para recoger sus cosas de la habitación. “La habitación estaba destrozada, no podíamos ni abrir la puerta del baño. Entré a lo loco, cogí mi maleta y cosas de mis amigas y nos fuimos de allí”, cuenta. Como miles de personas, sus pasos se condujeron hasta la playa. Allí se encontraron a una belga, Luisa, que viajaba sola y lloraba sin parar. Sin dudarlo, le invitaron a ir con ellas. El horror había formado una cuadrilla que quería abandonar la isla Gili. La herida de su amiga les permitió subir a un barco tras poco más de una hora de espera, que les condujo a Lombok. “No nos tranquilizaba mucho porque fue el epicentro del terremoto. Viajábamos unas 20 o 30 personas, a mí se me mojó toda la maleta del agua que había en él”, dice la pamplonesa.

La tragedia llamó al negocio en las islas indonesias. La cuadrilla se subió en un taxi para llegar al aeropuerto de Lombok, abarrotado por miles de turistas que esperaban coger un avión para regresar a sus casas. “Pagamos por persona, no el viaje, están beneficiándose de esto”, se queja Irantzu, que asegura que a pesar del frío de la noche anterior al raso, decidieron pasarla de nuevo acompañadas de las estrellas en una explanada al lado del aeropuerto, alejadas de árboles y del edificio. Otra noche más de réplicas. “A la intemperie estábamos más tranquilas porque no se nos podía caer nada ni estábamos en peligro por ningún tsunami”. Una explanada era mejor opción que el hotel en el que habían reservado una habitación para pasar la noche. No se fiaban de la estructura.

La falta de solidaridad llamó la atención de la navarra. “Nadie nos da nada, ni agua ni comida. En las últimas horas no hemos comido nada. Hay colas en las cafeterías, que siguen cobrando como si no pasase nada”, explica. Fue en el aeropuerto donde encontraron un médico y, por el seguro que habían contratado para el viaje, la guipuzcoana consiguió curar su herida. “Le han dado 10 puntos. Gracias al seguro, sino aquí nadie te ayuda”, cuenta la pamplonesa.

El apoyo lo encontraron entre los que, como ellas, habían vivido el horror. “La autoridad no estaba, los nativos no sabían qué hacer, ellos también huían sin saber a donde. Además, eran los primeros en ser evacuados”, explica Irantzu. El tercer día después del temblor consiguieron llegar a un lugar seguro, volaron hacia Yakarta. Fue allí donde llegó la ayuda. “Ahora estamos en un hotel de la cadena Melià. Nos han dejado la noche muy barata, la habitación en la que estamos no cuesta 30 euros. Además nos entra bufet libre y hoy nos dan de cenar”, cuenta Irantzu más tranquila al llegar a este momento del viaje. Allí se hospedan junto a un grupo de españoles que también han conseguido volar hasta Yakarta. “Hemos coincidido en el avión, pero ha sido casualidad”, dice. “Tenemos nuestros momentos de llorar, te entra la cariñada después de todo”.

El viaje de las dos navarras y la guipuzcoana termina días antes de lo previsto. Su vuelo de vuelta a casa salía el día 15. “Nos quedaba por visitar solo las islas Gili y Lombok, donde ha ocurrido todo. Ahora solo pensamos en volver, en lo bonito que es Donostia, Pamplona y el Club Natación”, dice Irantzu, animada por coger el vuelo de hoy. Cuatro días después de que el suelo temblase por decimotercera vez en los últimos 26 años en Indonesia, termina la agonía de vuelos, noches al raso, heridas y magulladuras de una de las experiencias de su vida que tienen la suerte de contar.