Los suburbios del imperio

Por Manuel Torres - Jueves, 9 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:01h

decía Ahmed Ben Bella, primer mandatario de Argelia tras su independencia de Francia, que Europa se asemejaba a un primoroso campo de golf, rodeado por suburbios llenos de chabolas. Y que, si un día u otro, esas chabolas no eran capaces de liberarse de su miseria endémica, acabarían invadiendo el campo de golf.

Para asombro de muchos, Ben Bella lo dijo en la lejana y próspera década de los 60. Transcurrido más de medio siglo, todo hace pensar que la inmigración se postula como uno de los grandes quebraderos de cabeza de hoy, si no el que más. Lo peor es que solemos reaccionar a golpe de noticia, con más emoción que razón. ¿Quién no recuerda al niño kurdo Aylan, ahogado en una playa turca en 2012? Lo que quizá hayan olvidado es lo que advirtió Angela Merkel a raíz del trágico suceso: “No crean que hablamos del problema de esta década. La inmigración es el problema de este siglo”. En efecto, lo podemos maquillar de mil maneras, dejarnos embaucar con la verborrea de esas tertulias televisivas o aplaudir las acciones de humanitarismo mediático del Aquarius o los rescates del Open Arms, decididos a redimir las conciencias de una Europa demasiado envejecida y falta de reflejos. Pero mientras creamos que este rompecabezas se afronta con voluntarismo, donativos y buen corazón, o con campos de tránsito y burocracia administrativa, la solución -de haberla- estará lejos de encontrarse.

Como cualquier debate de relevancia, el enfoque sobre la inmigración suele estar polarizado, aunque ambos extremos sostienen un mismo punto de partida: cuando hablamos de inmigración, hablamos de un gran problema. A estas alturas del debate, nadie en su sano juicio puede creer que la inmigración sea un don de la Providencia. A partir de ahí, las posiciones se colocan una frente a la otra. Por un lado, voces expertas, secundadas por medios de comunicación afines y una parte nada desdeñable de la opinión pública, defienden el fenómeno migratorio -al margen de la urgencia humanitaria- desde una perspectiva utilitarista, a razón de la necesidad que tiene nuestro país de incorporar población extranjera por el bajo índice de natalidad, el mantenimiento de las pensiones, la supervivencia del estado del bienestar, etcétera.

En el otro extremo, y en línea con una significativa corriente europea, están los que rechazan la entrada incontrolada de inmigrantes, tanto como los rescates en alta mar, apelando al gasto público que generan, a la inseguridad en las ciudades y a la progresiva pérdida de los valores europeos, apadrinados también por un importante lobby mediático, político y social.

No estaría de más escarbar en las raíces del problema. La terca cronología de la humanidad nos dice que el mundo siempre ha sido desigual, y nadie con dos dedos de frente puede creer que eso dejará alguna vez de serlo. Pese a ello, el espíritu de las culturas más prósperas procura reequilibrarlo o al menos minimizar sus diferencias, cuando la idoneidad del momento político y económico lo aconseja. Y si no, lo harán las organizaciones que gestionan la moral del siglo XXI. Antes era la Iglesia, hoy son las ONG. Pero, a pesar de esta propensión civilizatoria, lo verdaderamente novedoso es ese engendro surgido tras el declive de las grandes potencias del pasado siglo, llamado globalización, para el que nadie parecía estar preparado.

Desde 1945, los vencedores de la II Guerra Mundial, EEUU, Reino Unido, Francia y la URSS, instauraron -cada bloque a su manera- la nueva idea del Estado como proveedor omnipresente de la seguridad y el bien público, además de ser agentes de los cambios sociales y económicos de los países (entiéndase Occidente). En la virtuosa Francia se le llamó L’ etat providence. Sin embargo, actualmente es difícil imaginar un solo país que siga sosteniendo tal idea, cuando ni siquiera han sido capaces de defender a sus ciudadanos de los desmanes de la economía neoliberal, esa contribución altruista que nos legaron Ronald Regan y Margaret Thatcher, y que todos tendremos que arrastrar durante décadas. Ahora el mundo es más pequeño, más accesible, más tecnológico y más desigual. La economía colaborativa acelera la interacción entre individuos, viajar es más rápido y más barato, internet coloca la cultura de los pobres junto a la de los ricos, y todo lo que queremos parece estar al alcance de la mano. Qué duda cabe que, aunque se trate de un mero espejismo, el planeta entero quiere participar de la fiesta. De hecho, el controvertido “efecto llamada” puede ser una simple antena parabólica, instalada en cualquier arrabal africano o asiático, con la que captar la señal de un canal de TV europeo de deportes, de entretenimiento o uno de esos insufribles concursos de cocineros.

La pobreza extrema, la inseguridad, los conflictos armados, las condiciones de vida agravadas por el cambio climático y el resentimiento de haber nacido en el lugar equivocado, es lo que estimula los éxodos migratorios desde los rincones olvidados de la tierra, mientras que en los países ricos este brusco cambio de decorado social y cultural, provoca una creciente ola de desconfianza que no se va a resolver con buena voluntad.

Vivimos tiempos de fractura social y moral, de desarraigo e indefinición, y la gran paradoja de la globalización es que cuanto más compartimos, más insistimos en mantener todo aquello que nos negamos a compartir, como nuestro idioma, nuestras creencias religiosas, nuestras costumbres y nuestros valores. Por mucho multiculturalismo voluntarista que se nos quiera vender, nuestras identidades como seres humanos siguen y seguirán siendo locales. Incluso cuando alguien se vanagloria de ser cosmopolita y dice subestimar sus orígenes, lo cierto es que sigue ligado a esos lugares, más emocionales que geográficos, donde está inscrito su pasado.

Podemos mirar para otro lado, o decir que no es tanto como lo pintan, pero el enfrentamiento y los roces entre culturas, razas y credos, son cada vez más palmarios, sobre todo en las grandes urbes. Entre tanto, en Europa los partidos políticos están perdiendo su dominio sobre el centro, los movimientos nacionalistas ponen a prueba las costuras de los estados y los ciudadanos se van desplazando hacia los extremos. Nuestras viejas convicciones de que la cultura occidental, heredera de Grecia y Roma, nos garantizaba un futuro estable gracias a la democracia, la solidaridad y el progreso, se derriten como un helado en agosto.

Es complicado salir del laberinto. Quizá una vía de solución pueda estar en ponderar las posturas polarizadas, en acercar un diálogo valiente y realista entre ellas. Todo lo demás, son monsergas idealistas, por un lado, y odio incendiario por otro. Mientras, el tiempo corre en nuestra contra.

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