Europa, ante el fenómeno migratorio

Por Alberto Ibarrola Oyón - Viernes, 10 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:01h

mostrarse a favor de la acogida de los migrantes cuyas vidas están en peligro se revela como un imperativo ético. No se debe dejar morir a seres humanos cuando esto se puede evitar. Dicho lo cual, habría que añadir que el tema de la inmigración convendría tratarlo como un asunto de Estado en consonancia con los demás miembros de la UE, lo mismo que el terrorismo, el procés u otros de similar trascendencia porque es inasumible que tantas personas mueran a diario y tampoco se puede remodelar lo que viene siendo un Estado de un día para otro ni derribar las fronteras ni conceder la nacionalidad a quienes tal vez no saben ni chapurrear el idioma o los idiomas oficiales propios. Y la solución no pasa por tachar de racista y xenófobo a todo aquel que no comparte los lemas: abajo las fronteras y que vengan todos los que quieran. Son seres humanos, se merecen toda nuestra consideración, pero me parece legítimo poder pensar que hay que abordar el problema de raíz, que hay que invertir en ayudas al desarrollo, en la cooperación internacional, en la superación del postcolonialismo, en la erradicación de la venta de armas a países en conflicto o que no respetan los DDHH, etcétera. África se está desangrando y Europa debe colaborar en que estos seres humanos no se vean obligados ni impelidos a abandonar sus países de origen. Habrá inmigrantes aventureros, pero la mayoría desearían no tener que marcharse.

Que vengan como tropel desesperado, sin posibilidad de volver quienes así lo desean ni de conseguir aquí empleos dignos cuestiona la cultura y modos de vida europeos. La UE debería realizar un esfuerzo económico importante para que África avance y se desarrolle y no se convierta en exportador de seres humanos, sino de multitud de productos y materias primas que ofrece su tierra y que son los propios africanos quienes deben explotarlos, fabricarlos y comercializarlos, procurando riqueza para sus sociedades, alcanzando una prosperidad bien que merecida. Si los países occidentales y las multinacionales no hubiesen promovido la corrupción de los mandatarios africanos durante tanto tiempo, el problema de la inmigración no habría alcanzado una dimensión tan espectacular. Máxime que somos culpables de haberlos colonizado en el pasado, como de haberlos secuestrado y esclavizado, y de haber creado estados ficticios sobre la base de intereses occidentales, y no en función de la realidad etnográfica africana.

La izquierda europea debe renovarse. Es una obviedad que se muestra incapaz de ofrecer respuestas novedosas a los nuevos problemas que está planteando el siglo XXI. Sigue con viejas recetas anacrónicas y trasnochadas mientras la extrema derecha consigue suscitar las simpatías de las clases trabajadoras y aventajar electoralmente a los partidos de la izquierda transformadora. Para ello se debe respetar la libertad de pensar y de opinar libremente. Sin embargo, parece que se nos quiere imponer un pensamiento único del que no se puede disentir ni en una coma cuando además lo políticamente correcto contiene propuestas llenas de radicalidad que nunca han sido compartidas por la mayoría de la sociedad y que simplemente conducen a una situación caótica totalmente indeseable. De este modo, sucede que quien habla de Europa como de un ente sociopolítico a conservar, como de una civilización que ha aportado a la Humanidad un legado positivo más que importante, entonces le llegan epítetos de todos los lados y de todos los colores, descalificaciones, improperios e insultos que pretenden estar cargados de solidaridad por seres humanos desvalidos, pero que no ofrecen ninguna solución factible ante el grave problema de la inmigración ilegal. Mientras tanto, las sociedades europeas arrastran por sí mismas graves conflictos económicos, políticos y sociales que nunca pudo resolver.

El autor es escritor