Música

La naturaleza imita al arte

Por Teobaldos - Sábado, 11 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:01h

El arpa posee un notable simbolismo: enlaza la Tierra y el Cielo y se identifica con la “escala mística”, tendiendo puentes entre el mundo terrenal y el celestial, de ahí que los héroes y poetas bardos quisieran ser enterrados con su arpa (Ramón Andrés). Su iconografía es infinita, y puebla, abundantemente, nuestros retablos y pinturas, siempre para bien, en actitud de alabanza. Alicia Griffiths -joven, radiante, y sonriente, también con una iconografía cercana a Fra Angélico- trazó, con su arpa, unos bellísimos puentes entre lo humano y lo divino, compartiendo sonidos con la naturaleza;dialogando con ella;exaltando, con las obras elegidas, su cambiante luz y ritmos. El instrumento tan sutil de cuerda tensada, fue desmigando sonidos de viento, trigo, nubarrones de verano, amplias llanuras, y luces que se apagan con la noche. Toda una experiencia, en medio del campo, con el viento favorable de los dioses romanos de Andelos, y -ya dejándonos de poesías- un dominio técnico del instrumento, asombroso;mucho más complicado de lo que parece a simple vista, porque ha de manejar un pedalier que entrevera los tonos de las cuerdas, armónicamente tensadas como ejemplo de orden. Griffiths dividió el recital en los dos mundos que mejor conoce de evolución del instrumento: el francés y el galés. Comenzó con el muy etéreo y un tanto oriental Debussy, evocando al viento;y un hermoso apunte impresionista de Tournier. De este mismo autor, la Sonatina op. 30, es una de las principales piezas del repertorio de arpa, por lo que significa de expansión de los recursos del instrumento. Elegantemente, poéticamente, febrilmente, la obra muestra su delicadísimo timbre en la zona aguda -con ese cosquilleo ostinato- y evoca cierta melancolía, en el movimiento lento. Pero no deja de ser una obra un tanto cerebral, en la que al oyente le cuesta seguir el tema. Sin embargo, la mayoría, identificamos más el arpa con la parte galesa del programa -y con Salzedo-. La canción de Thomas fue una delicia en su popular melodía evocadora de tardes melancólicas. El “nocturno” de Watkins, fue una descripción del momento atmosférico del concierto: un ostinato inquietante, seguido de unos aparatosos glissandos, describían la tormenta que se divisaba a lo lejos. La suite Santa Fe de W. Mathias, fue una de las cumbres de la velada, por la extensa descripción paisajística que se hace a través de los glissandos, por la fogosidad de la danza del sol. Una obra muy hermosa. Se cerró el concierto con Carlos Salzedo (con z porque es francés, aunque de ascendencia española), que fusiona la tradición francesa, española y americana: Chanson dans la nuit, tango y seguidilla. Con todo un muestrario de recursos del instrumento: pellizco de dedos, yemas, uñas, percusión de la tabla armónica… todos esos timbres, en fin, que nunca se escuchan y que salen milagrosamente del arpa.

Alicia Griffiths, quizás no sea tan popular como su querido abuelo, el maestro Turrillas, pero con su sonrisa y su arpa, irradia la misma alegría y pasión por la música (esto lo tomo del primer concierto que le escuché, DIARIO DE NOTICIAS 28-3-20014). Y es que Alicia nos habla de los compositores que conoce, del arpa que toca, que se la legó su profesora, de la defensa y pedagogía que hace del instrumento angélico, por excelencia. Piano vertical liberado del ataúd. Siempre envolvente y sugestivo.

Con la última propina, calló el arpa, y siguieron cantando los grillos, pero ya en la tonalidad que había dejado la arpista.