Invocación a Illargi Amandre. 778. Agosto

Por Arantzazu Ametzaga Iribarren - Martes, 14 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:01h

te invoco, Illargi Amandre, abuela de mi pueblo que enseñoreas el cielo y te presentas perfectamente redonda ante nuestros ojos, destilando una luz plateada que alumbra el pasado, realiza el presente y extiende el futuro. Me arrodillo en esta campa de Larrasoaña, yo, tu sorgiña, levantando hacia ti mis entecos brazos de cuarenta inviernos, y ahueco mi voz para que traspase la inmensidad espacial que nos separa y une al tiempo.

Eres deidad que regula el ciclo vital de las mujeres, propicio para la procreación y propagación de la especie, pero escúchame porque hoy no hablo de la vida sino de la muerte de los hombres que concebimos, parimos, amantamos y criado, a los que incitamos a sonreír e impelimos a caminar, a los que amamos con el asombro añadido de haber creado dentro de nuestros cuerpos algo tan distinto a nuestra naturaleza femenina, pues nos ganan en altura al ser adolescentes, en voz y fuerza al ser hombres. A los que queremos con la misma ternura que a nuestras hijas y cuyo destino velamos con la misma inquietud.

Que no criamos hijos para que resulten muertos en campos de batallas ajenos a nuestras fronteras, ni forjamos guerreros atorrantes que arrasen territorios ajenos, aunque hoy nos toca ese oficio deleznable, Illargi Amandre. Mientras tú rondabas mas allá de nuestro cielo, profanaron tierra baskona/ Ama Lur, los ejércitos de un hombre poderoso, denominado Carlos, quien mantiene la ambición de crear un imperio, proclamándose a sí mismo emperador, arrasando a su paso a los pueblos que se oponen a su ambición, entre ellos, nosotros. Carlos necesita desmantelar todo oponente, exhibiendo para su cruzada militar el pendón falso de su Cristiandad.

Roma, la de las potentes legiones, destruyó Iruña, nuestra ciudad. Carlos acaba de incendiarla. Tu luz de plata no logra rebajar el escarlata de las lenguas de fuego que consumen nuestra muralla. Nos hemos quedado sin Iruña una vez más. Sin la ciudad a la que concurrían los comerciantes para vender la miel de nuestras colmenas, el pan y el vino de nuestras riberas, el pescado nutritivo de nuestros mares y la grasa de las ballenas para iluminar las noches tenebrosas en que desapareces del firmamento y en las que meditamos sobre nuestra mortalidad e inmortalidad. Entre ser luz o ser oscuridad. Ese pesar insondable de no saber por qué vivimos en esta tierra ni qué espacio del cielo alcanzaremos cuando el aliento se nos agote en el pecho.

El padecimiento que nos amortaja tu ausencia nos deriva en un apego místico por la tierra que pisamos, por el viento del norte que nos castiga los huesos maltratados por los inviernos o el del sur que nos entibia las carnes en el verano y nos confiere vitalidad para el festín del akelarre. Por eso amamos los encinos, bojes, fresnos y robles que nos protegen y cuyas maderas sirven para confeccionar las cunas de nuestros hijos. Los mecemos con nuestros cantares, derivados de la primera noche de los tiempos, alentándoles por una vida fecunda y feliz, en esta tierra que tú haces fértil y hermosa, Illargi Amandre.

Mañana es la batalla crucial, cuya estrategia hemos mantenido secreta. Convocados están por irrintzi, nuestro grito de alerta ancestral, los hombres de las llanuras y de los bosques y de los mares, porque los incendiarios, los asesinos de Farragut, los violadores de nuestras mujeres, los sembradores del terror en nuestros poblados, los que nos quieren borrar de la faz de la tierra, merecen una respuesta digna de su infamia.

Illargi Amandre que enseñoreas los cielos de Baskonia... ¿es lícito clamar desde la tierra por recurrir en plan de venganza, a una guerra sin tregua? ¿Pedir a los jóvenes que hemos criado en la ciencia de las layas, que manejen sus azkonas para asesinar al enemigo que, como ellos, son hombres con deseos de vivir? Es demasiado pretender pues solo una vez permanecemos en esta sendero de la vida, tan solo una vez. Tú completas tu círculo en el cielo por veintiocho días, nosotros apenas tenemos unas decenas de años. No es justo que se liquide esa aliento vital porque Carlos y Roldan, su paladín, interfieran en nuestra ciudad, trastoquen nuestras costumbres. Que traten de hacer de nosotros algo que no queremos ser.

Illargi Amandre, dueña de la noche con tu esplendor de plata diáfana que sin embargo tiene el dinamismo dorado de la luz solar, senos propicia en esta hora de convocatoria sagrada. Después de la victoria no haremos pillaje. Renegamos de antemano del casco refulgente de Carlos y de la espada mágica de Roldán, dejándolos enterrados en el fondo del desfiladero de nuestra victoria.

Y bajo tu luz, la que nos viene iluminando desde nuestro principio como especie, Illargi Amandre, convocaremos un batzarre para crear un reino sin fronteras pese a nuestros montes, en el que hombres y mujeres discurran sin temor con sus mercancías, donde al alzar a un rey sobre un pavés, le señalaremos que cada uno de nosotros es su igual, advirtiéndole que todos juntos somos más, en que los pueblos de nuestra accidentada geografía estén representados en unas Cortes que legislen según nuestra vieja ley, para que los hombres y mujeres baskones puedan decir que son libres en patria libre.

La autora es bibliotecaria y escritora