Faros de futuro

Por Ilia Galán - Jueves, 16 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:01h

iluminaban la noche más negra con fuerza mis caminos de piedra, asfalto o quimeras, llevándome por doquiera con la poderosa fuerza de mis ruedas, atravesando carreteras y fronteras, devorando con mirada escrutadora ora montañas y selvas, ora praderas y dehesas, hasta que un infausto golpe dañó uno de mis mecánicos ojos y tuve que acudir, tuerto, al hospital de automóviles, para que los doctores decidieran o, mejor, los ordenadores dijeran, considerando entre números su diagnóstico de lógicas sin letras, pues aunque otros males no sufriera mi hermosa maquineta, mi gran acompañante de aventuras y labores, mi yegua de metales, más preciosa que manada de cien caballos pura sangre, más veloz que mis pensamientos, había que revisarlo todo y cada pieza en su sitio mirar debieran. Era menester cambiar solo una mísera carcasa de cristal que mostraba, cual vieja pelleja, algunas grietas. Ya no se usaba eso de cambiar lo dañado o curar la herida, nada de sanarla, sino que era mejor -o no era- la única solución: extirpar el ojo y colocar en su lugar otro nuevo. Si mis protestas de nada sirvieran, menos todavía mis pataletas;así todas las escuderías lo hicieron y no hubo cuadra que no se librara de tal ilustre queja. Poco importaba que la ecología sufriera, que se tirara abajo un edificio porque funcionar no pudiera una puerta, así ellos se ganaban no solo el sustituto sino también los tesoros que con torcida mano iban acumulando, los muy fieras. Mi pelea no era bravata hueca pues, aunque la casa aseguradora se hiciera cargo de las penas, muchos esfuerzos e industrias sumidos se vieron en triste vertedero, esto es lo verdadero. El coste de un faro, de una candela de mi carro, de una pupila que la noche ver pudiera, era el mismo que el sueldo de un obrero, de muchos empleados que se afanan por el ahorro de una ciruela o incluso de una cereza, de las migas que caen de la mesa opulenta, pero ya de Epulón ni siquiera se acuerdan y los nuevos ricos rostros ya no llevan pues se esconden bajo las letras de nombres que como máscaras escogen las grandes empresas, las mismas que reúnen sus intereses más allá de las fronteras y mejor que la bolsa de monedas o el cofre de las joyas escondidas en la cueva manejan.

No hubo rebelión que en sus murallas de leyes cupiera... Solo podía acudir al rey, a la corona, pues ese feudo tiránico obligaba a grandes y pequeños a ceñir sus cadenas para extraerles las monedas, de plata, bronce o lo que fuera. O los gobernantes ponían freno a los fabricantes para que permitieran cambiar las pequeñas piezas y tiranos no fueran o los nuevos señores feudales nos impondrían yugos más pesados y tristes, mientras la justicia, gravemente herida de nuevo, tal vez desaparecida queda.

Mis amigos traían gimientes las mismas quejas pues comunicar conmigo no pudieran si las baterías de sus teléfonos se extinguieran, unas que extenuadas quedaban secas y con el aparato sin poder mutar ni un ápice. Todo al vertedero entonces y..., a comprar uno nuevo, pues eso es lo que las grandes compañías -y no de amistades- bien quisieran, que compremos o, mejor, que, de un modo u otro, al margen del bien del planeta o de lo que la caridad y la justicia designan entre las estrellas, nuestras cuentas aparezcan entre sus letras. Ya ni billetes ni pagarés ni doblones cuentan, pero sí los números que la banca entre sus cartillas cuenta y recuenta, eso es lo que desean. Si la corona contra ellos defendernos no pudiera, sean las mesnadas de nuestros letrados o cambiando las legislaciones y forzando quienes tales maleficios engendran... Viva entonces la revuelta, mientras las ruedas de mi bólido no cesan de dar vueltas.