la carta del día

Usual, cotidiano

Por Ramón Larrañaga Torrontegui - Viernes, 17 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:01h

escribir lo cotidiano es la necesidad que sale de uno mismo unificando necesidades, desesperación, conocimientos. Ideas que posiblemente sirvan para enmendar caminos. Es cabalgar sin silla con el rostro embriagado mirando atrás. Muchas veces me levanto emocionalmente exhausto con una sensación de libertad y me paro frente al espejo a contemplarme. No lo comprendo, envejecí, la cara pasó a ser fea, me hago muecas, saco los dientes, veo la piel arrugada.

Nada aclara mis dudas. Un número demasiado redondo en años, tan largo y tan corto al fin y al cabo. Noto que no es sencillo seguir observando mientras el mundo camina, necesito escuchar sus voces, alegrías, pensar, ir juntos en las ideas, reconocer satisfacciones. Tengo ganas de soledad, intimidad con la conciencia, pero la calle, su ruido es el éxtasis indispensable, es un existir en complicidad social, en ese aullido en lamentos entendiéndonos. Acabe en la acera caminando.

Agencié calles a recorrer. Caminar por el centro de la ciudad, por sus calles destrozadas. Tres horas. Más que suficientes para observar lo que quería. Lo había leído en un diario local que todo aquello sucedía ¿…y qué? se estaba haciendo para rescatar los espacios. El sol estaba intratable, no daba un respiro, su intensa luz me provocaba dolor de cabeza. Sudaba a cántaros. Los caminos eran estrechos, vacíos, con zanjas. Bueno, no hay nadie esperándome así que caminare a mi ritmo.

Miré la calle sola, aburrida, aborrecible, en silencio, sumida como si esperara despertar de un largo sueño atrasado. Antes de salir, había hecho un itinerario no obstante tuve que cambiarlo ante la impotencia en poder transitar por alguna de ella. Se podían ver lugares enmoquetados con torres de tierra, montones de basura o chapopote (asfalto) quebrado. Se debía caminar de puntitas en cierto lugar para pasar. Uno terminaba por confundirse por los estancos indescifrables.

Apareció una joven mujer con paso indeciso, luciendo excelentes formas, levantaba la tez por encima de los lentes oscuros para observar a donde daría su siguiente paso. Caminaba sobre sus altos tacones, echando vistazos a su alrededor en busca del mejor lugar para cruzar, desconcertada trataba en encontrar el camino en aquel laberinto de fosas. Empujaba su cuerpo lo más posible y, que su esfuerzo le permitía tratando de cuidar las formas, sin perder el glamour.

A lo lejos apareció un anciano con su vetusto bastón en medio de las grandes zanjas quien con el ritmo de sus golpes trataba encontrar el lugar duro antes de poner un pie. La ciudad entre laberintos y calles intransitables en donde nadie se mira por llevar la vista en el suelo, nadie se detiene y, se camina, tenso, aburrido. Llegué a la plaza, sentándome en una banca bajo un buen árbol, lleno de sed, de dudas, recordando el mundo de promesas hechas por quien gobierna.

Me despejé un poco y regresé a casa por la acera destrozada. Antes de entrar escuché tacones a mis espaldas, pude observar una bella joven, cruzamos miradas, olí su aroma, pensé que estábamos hechos el uno para el otro, lo sabía, pero nací 30 años antes que ella, así que continué mi camino. Pudimos estar destinados a unirnos pero por desgracia yo había vivido y ella empezaba, eso impedía cualquier acercamiento. Ella sintió el mismo impulso en hablarme, no lo hizo al comprender que nos habíamos extraviado en el paraíso espiritual naciendo uno mucho antes que otro. ¡Qué cosas!

El autor es filósofo y escritor, colaborador de DIARIO DE NOTICIAS en México