Naipaul, terrible intelecto

Por Ilia Galán - Sábado, 18 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:02h

aquel varón acudió con literaria devoción, sacralizada, y los libros que había leído o más bien devorado hacia el premio Nobel a quien tanto admiraba. Nos encontrábamos en un acto donde Naipaul leía un capítulo de su último trabajo y esperábamos que nos dedicara los textos que llevábamos en la mano. Con su barbita blanca destacando sobre su piel morena, iba arrojando garabatos a quienes se lo demandábamos. Pero mi acompañante llevaba un volumen muchas veces trabajado, usado, las páginas tenían el paso de los dedos, muchos, muchas veces dejados sobre sus esquinas dobladas, con anotaciones. El estudioso y adorador del afamado escritor extendió los libros que había amado ante su fastuosa presencia, ¡oh, personaje idolatrado!

Entonces Naipaul miró con desdén el libro, no tan lindo como los nuevos que otros en las manos llevábamos, y se negó a dejar ahí su rúbrica. El devoto se excusó: “es que lo he leído varias veces y están mis anotaciones”. Pero no hubo cambio. Distante, reclinándose hacia atrás, lo rechazaba: “no puedo escribir sobre un libro en esas condiciones”. Lo repitió luego con desprecio ante las devocionales protestas, llevadas junto con otras trabajadas ediciones como ofrenda.

El cambio fue repentino. Primero no podía creerlo, luego protestó dulcemente, entonces insistió, se vio rechazado y salió bufando, herido en su orgullo;“será imbécil”, dijo, y se convirtió en su enemigo. De amigo devoto a enemigo apasionado. Fueron unos segundos.

A menudo aprendemos más de los yerros que de los aciertos, por eso hemos de ser comprensivos y bondadosos con las torpezas de nuestros prójimos. “Perdona nuestras ofensas, así como perdonamos a quienes nos ofenden...”. Aprendí de la fácil mutación de la humana opinión, de los volubles afectos y sus devociones. Aprendí que la frustración de quien espera algo del personaje le convierte en réprobo en cuanto no se cumplen sus expectativas, aprendí lo poco que vale la admiración en estos tiempos que sustituyeron las reliquias de mártires o santos cristianos por las de revolucionarios, artistas o escritores. La sacralización se ha desplazado en las mentes de muchos hacia los hitos culturales convirtiendo a no pocos personajes en mitos y a sus objetos en joyas fascinantes por las que se pagan cuando fallecen incluso millones.

Acaba de morir este premio Nobel de Literatura, Vidiadhar Surajprasad Naipaul, controvertido británico de origen indio, muy crítico con el colonialismo y de opiniones políticas rotundas y ajenas a las modas. Nacido en la comunidad hindú de emigrantes en Trinidad y Tobago, ha apagado sus días en Londres a los ochenta y cinco años. Salman Rushdie, pese a sus políticas y literarias diferencias dijo que se sentía “tan triste como si hubiera perdido a mi hermano mayor.” Tal vez una exageración, pero dice mucho de lo que entre ellos pasó.

Sus publicaciones sobre viajes, ensayos, novelas le llevaron a ser implacable con lo que denominó “luchas románticas de liberación” y “demagogia tercermundista”, comparando el islam y su fanatismo con el colonialismo por su imperialismo. Estridentes fueron sus comentarios despectivos sobre las mujeres, incluyendo a escritoras como Jane Austen, por su exceso sentimental y estrecha visión del mundo. Condecorado por la reina Isabel II, Sir Vidia despreciaba las islas caribeñas que le habían educado la infancia y su juventud para luego ir a estudiar a Oxford.

De este personaje de tan alta autoestima muchas cosas me distancian, pero en mi biblioteca yace, con notas y su rúbrica, su título: India, escrito con la impregnación caribeña, mas sin mi devoción, aunque aprendí de sus críticas, de su acidez, de su condición fiera. Más tarde leería algo sobre su carácter sádico. Yo, siendo escritor, prefiero el amor y la clemencia al ruido de las letras.