Una mañana perdida

Bares y locales de Navarrería no pudieron abrir hasta las dos de la tarde. Pero al perjuicio material se sumó la sensación, en los colectivos vecinales, de que también se esfumó la oportunidad de alcanzar otra salida al conflicto

Un reportaje de A. Irisarri. Fotografía Javier Bergasa - Sábado, 18 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:02h

Un policía habla con un peregrino en el albergue de la Catedral.

Un policía habla con un peregrino en el albergue de la Catedral. (Javier Bergasa)

Galería Noticia

Un policía habla con un peregrino en el albergue de la Catedral.Un repartidor atraviesa el cordón de la Policía Nacional en la calle Mercaderes, a las diez de la mañana.

Estrictamente, fue una mañana perdida en la calle Navarrería. En esa, y también en Aldapa, parte de Mercaderes y algún tramo de la calle del Carmen, allí donde entre las cinco de la madrugada del viernes y hasta las dos y diez de la tarde de ayer se desplegó gran parte del operativo policial para desalojar el gaztetxe Maravillas.

La intervención en el Palacio Marqués de Rozalejo acabó a eso de las diez. Pero al desalojo sucedió una serie de trabajos policiales (inspección, sellado de accesos) que transcurrieron con el ramillete de calles en torno a la fuente de Navarrería cortadas al tráfico, viandantes y trabajadores. Eso provocó que muchos comerciantes, propietarios de bares y dueños de locales se quedaran sin poder abrir sus negocios. Y otros tantos turistas -en la zona hay dos albergues y ahora proliferan los peregrinos- estuvieron bloqueados sin poder transitar con normalidad, confundidos ante un despliegue de 60 antidisturbios del cuerpo autonómico y decenas de agentes del Cuerpo Nacional de Policía que desde primera hora custodiaban un barrio desierto.

Pero a la pérdida más cuantificable -la de bares que no sirven cafés, la de peluquerías que no pueden cortar el pelo, la de tiendas que no venden prensa- se sumó la sensación de muchos vecinos del barrio de que en la mañana de ayer se perdió, también, una oportunidad para demostrar que “una salida dialogada” al conflicto Maravillas era posible y que las escenas de hace “14 años” -en referencia a las del Euskal Jai- eran cosa del pasado, como lamentó ayer tras los sucesos Toni Iragi, portavoz de la plataforma vecinal que aúna a unas doce asociaciones del barrio.

pérdidas cuantificablesLas escenas se repetían desde bien temprano. Trabajadores que se acreditaban con su DNI ante la Policía Nacional -la que se encargó del control en el perímetro-;atravesaban uno, dos, tres checkpoints;llegaban hasta la persiana de su negocio escoltados por los agentes y una vez que levantaban la persiana se quedaban ahí, esperando a unos clientes que no llegaron en toda la mañana. Uno de los comercios con más afección fue la panadería Taberna, unos metros por detrás del cordón que se levantó entre las calles Navarrería y Mercaderes. “Nosotros sí hemos notado pérdida, y además importante”, reflexionaba Valeria Salgado, quien regenta junto con su madre el local desde hace año y medio. “He hecho lo justo de pan y bollería en vistas que no iba a tener mucho trabajo”, puntualizaba, pero aún así la afección a su negocio tuvo cifras concretas. “Si de normal en una mañana vendo cien cafés, hoy he vendido cero”, ilustraba.

Cifras concretas también echó Amaiur Feliú, uno de los siete socios del Mesón de la Navarrería, muy cerca del Palacio Marqués de Rozalejo. “La mañana con el cordón policial y sin clientela nos ha costado 600 €”, precisaba, al tiempo que destacaba el “nerviosismo” que la situación produjo en los alrededor de trece bares y seis locales de la zona. “Los trabajadores han tenido que entrar con el DNI y escoltados”, superando un corte de calles que Feliú ha vivido al menos en seis ocasiones más, con motivo de otras operaciones policiales en el barrio en los últimos años. Sólo la hora del vermú compensó al menos en parte las pérdidas en venta que provocó el dispositivo de nueve horas.

El corte también afectó a pequeños comercios de toda la vida, de clientela fija. Es el caso de la peluquería de Alberto Erce, situada pared con pared con el gaztetxe. Erce, que lleva 30 años en el negocio, tuvo que cerrar tras ver el panorama. “Tenía la mañana completa, y sólo he podido hacer a dos personas”, detalla. Le pasó lo mismo que a Carlos Andueza, nacido en la calle Navarrería y propietario de Gauzak, un local que sobre todo vive de la venta de prensa. “Para mí es un desastre. Las ventas han sido de risa: ahí tengo una tonelada de periódicos para devolver”, se lamentaba, con cierta resignación. “Llevo desde 1978 aquí y como estas he visto muchas, y peores”.

Una vecina que también vivió el desalojo primero desde su balcón, y luego desde su trabajo en la calle del Carmen, fue Anabel de Carlos. Levantado el dispositivo que la Policía Nacional colocó justo a las puertas del albergue que regenta, De Carlos entraba y salía rememorando lo sucedido unas horas antes. “La intervención policial me ha parecido muy heavy, nos ha despertado a mi hija y a mí”, confesaba. Ni le gustaron las formas ni el fondo de la acción: “Haces mala leche, porque lo que estaban haciendo en el gaztetxe era ejemplar, con actividades, banco de alimentos, adecentando el lugar...”. Cosas que, a su juicio, “no se veían por el barrio”, y que son necesarias también para Toni Iragi, portavoz de varios colectivos vecinales dentro de Auzoenea. Por eso cree que la situación vivida ha sido “mala para todos. Para los jóvenes, para el barrio y para el Gobierno de Geroa Bai”, a quien responsabilizó de “repetir las escenas de hace 14 años” que Iragi pensaba “olvidadas. No queríamos heridos, ni calles cortadas. Los colectivos vecinales pedíamos una salida dialogada y no lo hemos conseguido”, se lamentaba, con tono de oportunidad perdida. “Pero el barrio tiene una juventud con inquietudes y el del gaztetxe sigue siendo un proyecto necesario”.