Carlos Itoiz: “Estoy muy bien en casa, no me atrae nada la fama”

Carlos Itoiz, a sus 86 años, sigue tocando todos los días la guitarra: “Es con lo que mejor me lo paso”. Su vida es la historia de un genio pegado a las seis cuerdas

Fernando F. Garayoa - Martes, 21 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:02h

Carlos Itoiz, leyenda viva de la guitarra.

Carlos Itoiz, leyenda viva de la guitarra. (Cedida)

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Carlos Itoiz, leyenda viva de la guitarra.

Pamplona- ¿Cómo un joven navarro, todavía adolescente, decidió centrar su vida y su pasión en la guitarra flamenca, un instrumento que no era precisamente común en Pamplona?

-Todo empezó con una guitarra que mi padre tenía por casa. Él solía tocar algunas piezas folklóricas cuando había algún festejo en Uli Alto, de donde provenía. Se trajo la guitarra a Pamplona y la cogí, sin más. Mi padre me puso algunos acordes básicos y después, un maestro, Andrés Castaneda, me enseñó las bases del instrumento. Pero hasta ahí. El resto de mi formación fue autodidacta. El flamenco llegó un poco más tarde de la mano de Francisco Moreno Galván, que siendo yo crío solía hospedarse al lado de casa cuando venía a Pamplona. Era muy aficionado al flamenco y un día, durante una actuación medio improvisada a la que él asistió, me vio dando palmas y se fijó en que llevaba muy bien el ritmo. Entablamos amistad y a través de él me introduje en el mundo del flamenco. En los años siguientes, me presentó a mucha gente muy influyente relacionada con la cultura, las artes, las letras… Entablé amistad también con Eduardo Carretero y su mujer Isabel García Lorca. Recuerdo en Madrid ir empujando su silla de ruedas para llevarla a los tablaos. Allí yo solía tocar con el cantaor José Menese. Fue una época culturalmente muy enriquecedora. Tuve también la suerte de conocer a mi paisano Sabicas con el que me carteaba y al cual admiraba mucho. Él y Mario Escudero, también pamplonés me influenciaron a la hora de componer con el instrumento y querer darle la importancia que Sabicas le dio, como instrumento solista.

Japón ha sido y es su segunda patria, de hecho cuenta con pasaporte del país nipón. ¿Qué principales recuerdos guarda de los conciertos que allí ofreció?

-Sí, en Japón estuvimos bastante tiempo y tuve la suerte de sacarme el pasaporte nipón. Todavía conservo aquel documento. Recuerdo que los japoneses tenían dificultades para decir mi nombre y al final acababan diciendo Caldo. Había y hay mucha afición al flamenco en aquel país, imagino que gracias también a la labor que hicimos por aquellos comienzos. Hoy en día encuentras allí muchas academias de baile flamenco pero incluso por aquel entonces había ya una bailaora japonesa con la que solía actuar y que ahora es una de las míticas en Japón. Recuerdo lo avanzados que estaban en tecnología y lo bien que me vino a mí, pues sus trenes de alta velocidad me ahorraron tener que coger el avión cada dos por tres, cosa que como ya sabéis, me produce fobia. También recuerdo que al sacarme el pasaporte me fijé que el anterior ciudadano extranjero al que se lo habían concedido era el famoso jesuita Arrupe, que por aquel entonces estaba en Hiroshima y que por casualidades de la vida, lo llegué a conocer allí también. Tengo una foto delante de la única casa que quedó en pie después de la bomba atómica y es sobrecogedor. También recuerdo los continuos terremotos, despertarme con la cama moviéndose por la habitación del hotel, asomarme a la ventana corriendo y ver a los japoneses reparando los daños rápidamente. Una de las cosas a la que no pude adaptarme fue a la comida de allí. El pescado crudo no es lo mío.

Fue el fiel guitarrista de Mikel Laboa, curiosamente, siendo Carlos Itoiz un guitarrista flamenco. ¿Cómo se fraguó esa amistad y qué es lo que más destacaría del que ha sido el principal cantautor vasco?

-Conocí a Mikel en el bar Ganuza de Pamplona, ubicado en la Calle San Gregorio. El bar lo llevaba toda la familia Ganuza y recuerdo que la mujer hacía unos pinchos excelentes, por lo que era muy exitoso, siempre estaba lleno. Pero no solo por eso: era el único bar de Pamplona que poseía una colección de discos prácticamente imposibles de encontrar. No se cómo se las arreglaban para conseguirlos. Tenían discos de Carmen Amaya con Sabicas, que ni yo había podido conseguir. La familia Ganuza era muy entusiasta de la buena música y el local se llenaba de gente muy interesante. Fue allí donde conocí a Mikel Laboa siendo aún muy joven. Me llamaba la atención en él su interés por todo tipo de cante y por supuesto, su personalidad. Allí en aquel bar tan cultural tuvimos la oportunidad de escucharle cantar en aquellos tiempos y enseguida fraguamos esa amistad, que perduró hasta el final. No tardamos en colaborar juntos, primero en sus discos, y después en directo, en sus giras. Yo aportaba mi toque flamenco donde él me lo pedía y él cantaba en euskera con toda su peculiaridad. Era único. Recuerdo sus puestas en escena, su saltito a la hora de esquivar un cable (que acabó volviéndose mítico y hasta lo aplaudían) su timidez, cosa en la que los dos nos parecíamos bastante. Recuerdo a todo un frontón aplaudiendo pidiendo bises y Mikel escondido detrás de un bafle en el escenario. También los nervios de Mari Sol, su mujer, antes de las actuaciones, siempre pendiente de que todo saliera bien. A veces, en algunos conciertos en la Euskadi profunda no las tenía todas conmigo cuando salía al escenario con mi guitarra de flamenco, pero para mi sorpresa, la gente me acogía a lo grande. Fue una época muy bonita e interesante.

Ha sido maestro de varias generaciones de guitarristas, no solo flamencos, también rockeros. ¿La enseñanza fue consecuencia inevitable de no querer seguir girando por todo el mundo o, al contrario, fue algo que busco premeditadamente?

-Por suerte siempre me ha gustado impartir clases. Cuando tuve que dejar las giras mundiales debido a mi terrible fobia a los aviones, no me costó nada poner en práctica mi faceta de maestro. De vez en cuando salían alumnos muy aventajados, cosa que me animaba todavía más. Acabé montando programas enteros de conciertos con varios de ellos, como Miguel Ros, Javier Ruz, Javier Colina… Con estos dos últimos tengo discos grabados. También mi hija Maite tocaba conmigo a dúo, incluso una vez la llevé a actuar Alemania en televisión, en el 95.

Siempre ha huido de la fama, manteniéndose en un segundo plano cuando su trayectoria y sus éxitos le podían haber colocado en primera línea, ¿por qué?

-Porque estoy muy bien en casa, para resumir. No me atrae nada la fama. Lo que me gusta es estar a gusto con gente que conozco, tocar con ellos en casa, componer, sacar armonías curiosas y diferentes cada día, improvisar, disfrutar con el instrumento. Aparte de pasear, ir a la piscina, leer, disfrutar de lo que cocina mi mujer Tere, que me cuida de maravilla… La verdad es que aunque me he movido muchísimo a nivel mundial, yo nunca he sido de llamar a las puertas.

¿Qué significa para usted el homenaje que ahora le rinde el festival Flamenco On Fire?

-Una grata sorpresa que agradezco. Los que me conocen ya saben que no soy nada dado a la vida social, soy tímido y me cuesta ponerme delante de la gente si no es con una guitarra como parapeto. Pero mi hija ha insistido tanto que allí estaré, escuchando con gusto a Pepe Habichuela y Marta Robles.

Un festival dedicado a Sabicas, una de sus principales influencias, ¿cómo definiría el papel que jugó el maestro de la Mañueta en la evolución del flamenco?

-Sabicas fue todo un pionero a la hora de darle protagonismo a la guitarra flamenca en cuanto a instrumento solista se refiere. Creo que fue esencial y esto se ha visto con el paso del tiempo conforme ha ido evolucionando la guitarra con maestros como Paco de Lucía, por ejemplo. Alguien tiene que dar el primer paso y Sabicas lo hizo en ese sentido, labrando lo que vendría después. Estuvimos manteniendo correspondencia, pues con nuestros continuos viajes nos era complicado coincidir en el mismo sitio. Recuerdo que Sabicas tocaba también con Mario Escudero, pamplonés creo que de la calle Estafeta, haciendo unos dúos guitarrísticos preciosos.

Otra de sus grandes amistades musicales fue Daniel Kelly, ¿cómo fue el primer contacto de Carlos Itoiz con la Kelly Family? ¿Cómo fue el impacto de una familia como esa las calles de la anquilosada Navarra de los 70?

-Lo conocí en el bar Viana de la calle Jarauta, el cual regentó durante unos meses. Nada más llegar allí me llamó la atención que era un hombre muy entretenido y que su local

siempre estaba lleno de gente. Se veía que el éxito del bar lo superaba y el pobre hacía lo que podía. A veces tenía que llevarlo al pueblo en coche. Se montó un ambiente muy bueno en aquel lugar. Daniel juntaba a su familia y actuaban allí mismo, convirtiéndose en muy poco tiempo en un lugar de referencia en Pamplona a nivel cultural y musical. No solo se hacía música, también recuerdo que la gente jugaba a juegos en los que había que averiguar países, capitales, personajes… Era un lugar muy entretenido. Allí nos juntábamos músicos y artistas de muchos ámbitos y yo, que solía llevarme la guitarra para tocar, a menudo me quedaba hasta que cerraban. Por supuesto entablamos amistad y en seguida llevé a mi mujer para que los conociera. También estuve dando clases a varios de los hermanos, a Kathy, Patricia, John… Años después, cuando volvieron, solíamos ir mucho a Belascoain, que es donde tenían su casa en Navarra y mi hija jugaba con los críos. Allí recuerdo que toqué la guitarra para un documental que Daniel dirigió. Era una forma de vida muy diferente. Muchos tachaban de loco al patriarca, pero después de todo lo que llegó a conseguir, cerró todas esas bocas. Hace apenas un mes revivimos un poco los tiempos en el Viana con un equipo de televisión alemán que vino a hacer un reportaje rememorando aquella época.

¿Sigue componiendo y tocando?

-Todos los días. Me pego horas con la guitarra. Siempre estoy componiendo nuevas falsetas, sacando armonías diferentes para construir giros armónicos sobre los cuales improvisar… Es con lo que mejor me lo paso.