Danza

Los cisnes calzan zancos

Por Teobaldos - Jueves, 23 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:02h

En una de esas tardes de climatología perfecta -pocas en Pamplona-, sin que el bochorno agobie ni el cierzo encoja, cinco cisnes negros tornan sus vaporosos tules por ceñidas ropas negras de amas de casade mediados del siglo pasado -indoor es el subtítulo del espectáculo-, y sus zapatillas de puntas, en robustos zancos;y frente a los paños -duros también- de piedra de sillería de la ciudadela, nos ofrecen un fascinante espectáculo de danza, bailado hasta la extenuación -ya era hora, y no tanta danza teatro- con una magnífica simetría, -con sus roturas de libertad individual, y zancos al aire- cuadrada al milímetro cuando se los proponían las cinco bailarinas, francamente arriesgado en su planteamiento motriz -los zancos-, y lleno de poesía y bellísimas imágenes. La compañía Maduixa (fresa) ofrece la obra Mulïer, una rotunda narración sobre la liberación de la mujer de sus trabajos cotidianos y de su apertura al mundo exterior de la fiesta y vida. Las cinco bailarinas hacen gala de un dominio excelente del medio que usan para expresarse -los zancos-, pero lo mejor de ese virtuosismo es que, pasados los cinco primeros minutos, nos olvidamos de el, y son los brazos, la expresión de sus caras, la conjunción de sus posiciones, la fuerza expresiva y clara de los movimientos que nos cuentan sus vidas, el cuerpo en su totalidad, lo que nos atrapa. Un acierto coreográfico sin reservas. El otro acierto es la música, que, basada en la percusión, contrasta con unos hermosísimos temas en el violonchelo, y que se va dosificando desde un límpido piano minimalista, hasta violentos golpes percutidos. El crescendo final con la percusión como bajo continuo y el violonchelo, es admirable. Y todo pensado para y al servicio de la danza. La sensación de perpetuum mobilede las bailarinas tiene en vilo al espectador. No hay descanso. Y así, se van componiendo figuras de situaciones un tanto dolorosas, como el lavar a mano, o las múltiples ataduras de las tareas domésticas, para luego pasar -en unas transiciones que se hacen con naturalidad- a la danza de temas populares, que pasan por distintos paisajes y regiones, según la música que suena. Hay ruedas y corros muy explícitos, como por ejemplo el de lagallina ciegaque mezcla el cuadro de Goya con sus pinturas negras, ofreciendo un peculiar impacto visual. Hay también, enfado y cierta violencia en el golpeteo de la tierra con los zancos;todo para, al final, soltar las ataduras. Emocionante el momento final en el que caen exhaustas.

Al acierto coréutico -o sea la excelente ocupación del espacio, no sólo el movimiento- de J. Santacreu y M. García;y musical de D. Sánchez, se une el del vestuario -y figura- de J.M. Reig. Un espectáculo redondo. Y un detalle para la organización: si es posible, hay que orientar la grada teniendo en cuenta el sol de poniente;muchos espectadores estuvieron con una mano de visera.