Una nota discordante

Por Javier Escorzo - Domingo, 26 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:02h

CONCIERTO DE LA TREMENDITA

Fecha: 25/08/2018. Lugar: Hotel Tres Reyes. Incidencias: Buena entrada, aunque sin llegar a llenarse. Público variopinto, de toda edad y condición. El espectáculo era impactante y alejado de los cánones, pero contó con el beneplácito de la audiencia, que disfrutó e interactuó con la artista. Además de La Tremendita, que cantó, toco la guitarra, el bajo y el sintetizador, también estaban Pablo Martín Jones en la batería y Pablo Martín Caminero en el bajo y el contrabajo.

A Rosario Guerrero, más conocida como La Tremendita, le precede su fama de artista inquieta y vanguardista. Y, efectivamente, uno intuye que no va a asistir a un espectáculo ortodoxo cuando, antes de comenzar, descubre que sobre el escenario descansan sintetizadores, batería,

contrabajo y bajos eléctricos, instrumentos más asociados al rock que al flamenco. Los presagios se confirman cuando aparece ella, con su camiseta de Mick Jagger, su americana de lentejuelas, su piercing en la boca, su media cabeza afeitada y la otra media con melena asilvestrada, como una cantaora punk, más cerca de la estética de Marilyn Manson que de la de la Niña de los Peines.

Por si quedaba alguna duda, cuando los músicos comienzan a tocar Delirio degradante, el tema que abre su último trabajo (Delirium tremens), abandonaron los ramalazos jazzísticos que aparecen en el disco para tejer en una suerte de krautrock y ruidista sobre la que La Tremendita cantó con inconfundible deje flamenco y extendiendo sus brazos abiertos hacia el cielo.

Con la hermosaHuyo hacia el amo cambiaron de registro, utilizando unas bases de trip hop y una sutil y hermosa línea de contrabajo que invitaba a la ensoñación, aunque ciertos versos desgarrados sacaban al público del trance (“y no me quiero acordar, yo vi a mi madre morir, y no me quiero acordar, fue tanto lo que sufrí…”). El desarrollo de este tema acogió diferentes ambientes, manteniendo el tempo lento pero con sonidos más desasogantes antes de llegar a un final oscuro y claustrofóbico, con dos bajos eléctricos y una batería. Al final, enmudecieron los instrumentos y Rosario se quedó sola cantando sobre lúgubres sonidos de sintetizador. Se alcanzó entonces un punto de mucho dramatismo;entre el público, mayoritariamente sobrecogido, se escucharon algunos olés.

Un ritmo tribal fue el preludio de una intensa Para cantar, la capa quitá, en la que La Tremendita terminó dando palmas sobre el contrabajo que seguía tocando Pablo Martín Caminero, momento que fue muy aplaudido. Y es que, además de la música, los aspectos visual y escénico fueron también muy importantes: la estética de Rosario, las luces, pocas y de colores estridentes, sumiendo el escenario en una psicodélica oscuridad… Sin duda, puede decirse que el espectáculo por momentos fue más una performance que un mero concierto.

Rosario siguió cantando sobre bases sorprendentes, paseando sobre el escenario, gesticulando, chasqueando los dedos y fusionando géneros, como el dream pop en Danza de Manila o el dance de Enemigo que huye, cuyos sintetizadores consiguieron que parte de la audiencia se levantase para bailar. Muy conseguida la mutación de estas dos canciones, que en el disco presentan arreglos de trompeta y piano, casi como de jazz latino.

“Vámonos por tangos”, anunció. Pero estaba claro que no iban a ser unos tangos normales, sino a su manera: el bajo hizo las veces de guitarra flamenca, acompañando la voz de La Tremendita por esa “escalera de vidrio por donde suben las penas”. Después, una bulería con letra de trabalenguas al ritmo trepidante que imprimía la batería y los dos bajos eléctricos.

Presentando sus respetos a insignes guitarristas como Tomatito, que acababa de dar una exhibición en Baluarte junto a la Orquesta Sinfónica de Navarra, Rosario cogió su guitarra para interpretar con voz dulce y sentida Mi infierno es tu gloria. De pronto, la batería entró de manera inesperada, atávica y brutal, provocando el susto de parte del público. La sorpresa no duró mucho: a los pocos segundos, la mayoría aplaudía y bailaba el Romance del silencio, con la que se despidieron. La Tremendita dice en una de sus letras que es una nota discordante, y no le falta razón. Pero qué bien suena…