Sionismo y nada más...

Por Igor. Barrenetxea Marañón - Sábado, 1 de Septiembre de 2018 - Actualizado a las 06:01h

Hay que reconocer que el Estado de Israel surgió en unas circunstancias muy especiales, en un marco histórico sacudido por la terrible violencia provocada por la guerra mundial y, fundamentalmente, por la afección del Holocausto. Sin embargo, los judíos son los integrantes de una religión y, al mismo tiempo, los hay sionistas, nacionalistas que creen que su patria es Israel, lo que se conoce como Palestina. Esa especie de doble identidad religiosa-nacionalista ha articulado la realidad y cosmovisión, intrínsecamente unida a lo que ha sido su pugna por consolidarse como Estado desde 1948… Los israelíes han sido una sociedad que ha tenido que luchar con bravura en un entorno hostil contra los países árabes de su entorno. Tras varias confrontaciones, todas ellas exitosas, se ha convertido en uno de los estados más estables, ricos y desarrollados de la región. Pero su problema ya no es externo sino interno. Sus antiguos enemigos no plantean ninguna amenaza a la seguridad hebrea. Nadie puede enfrentarse a su moderno y pequeño, pero tremendamente eficaz y bien preparado, ejército.

Las relaciones con EEUU le permiten contar con el apoyo tecnológico y militar de la industria más poderosa del mundo. No obstante, Israel no es un país cohesionado, el 20% de la población es árabe, una minoría que vive discriminada. Son israelíes solo de nombre, pero no cuentan con los mismos derechos ni, por supuesto, libertades. Son muy críticos con la versión sionista más ultramontana que les niega la posibilidad de vivir con plenitud. Porque la discriminación no solo les impide formar parte del Ejército, como el resto de israelíes, sino tener acceso a los derechos posteriores que ello conlleva, amén de otras restricciones que les limitan su existencia. Pero lo que ha empezado a preocupar y mucho es que esta población es muy dinámica. Y eso implica que cada vez ha adquirido un mayor peso demográfico y, a la larga, se ve como una amenaza por parte de los sectores sionistas.

El otro elemento problemático son los territorios ocupados o bajo control de la Autoridad Palestina, pues su anhelo es fusionarlos con Israel. El Gobierno liderado por Netanyahu y sus aliados se ha empeñado en darle un giro totalmente sionista al país, no solo negándose a cualquier acuerdo con los palestinos, sino impulsando el gran proyecto de reforzar Israel destruyendo con ello al pueblo palestino. Su primer paso es, sin duda, convertir a Jerusalén en la capital indiscutible del país, y Trump le ha ayudado en esto. Pero se está yendo más lejos reforzando la intransigencia, frente a la pluralidad del Estado, con una ley básica (muy difícil de derogar) que acaba de ser aprobada: aquella que define a Israel como el Estado nación del pueblo judío. Así, los judíos son el único colectivo que puede autodeterminarse y se establece el hebreo como la única lengua oficial, relegando el árabe.

El texto ha sido secundado por 66 frente a 55 votos en el Parlamento (Knesset). Aunque una mayoría ha sido suficiente para ratificarla, la estrecha diferencia de votos desvela la paridad de opiniones existentes, y que los conservadores están aprovechando su mínima ventaja para pervertir los equilibrios del país. De hecho, confirmada la ley, la minoría árabe abandonó sus escaños a modo de protesta porque esta relegaba más su existencia y la tildaban, no sin razón, de apartheid. Para algunos era la defunción de la democracia.

En cambio, para el político que la propuso, Avi Dichter, es “la respuesta a quienes piensan que la presencia judía en Israel es temporal”. Pero su obsesión con prevalecer, cuando nadie les amenaza, trae consigo el ensanchar la brecha que separa a ambas comunidades y, francamente, a menospreciar a la minoría árabe en Israel. La única modificación importante de dicha ley fue la que se refería a crear comunidades separadas, reformulándola por otra que prioriza el “establecimiento de los judíos como un valor nacional”.

Las duras críticas no se han hecho esperar, y reprochan que le ley no aluda ni a la democracia ni a la igualdad. Aparte de esta legislación, se han adoptado nuevas medidas que favorecen un mayor control contra cualquier reclamación territorial palestina, trasladando las competencias en esta materia del Tribunal Supremo a la Corte de Jerusalén, lo que dificulta el proceso para quien apele a la justicia y se ha aprobado también la ley Rompiendo el silencio (Breaking the Silence), que impide a las ONG que ofrezcan charlas que den una visión negativa del Ejército o criticar la ocupación. Y, en pleno proceso parlamentario, se halla otra que penaliza con 10 años de cárcel a quien grabe o fotografíe imágenes de soldados de servicio…

La política de Netanyahu es clara: fortalecer la base ideológica e impedir que se pueda ofrecer una imagen negativa del país, mientras actúan como si la población árabe no existiera o, más bien, fuera una amenaza para la propia integridad del país. Sin embargo, aunque sobre el papel Israel es una democracia, está claro que se ha convertido en un Estado ultramontano que se niega a reconocer todo aquello que va en contra de una visión de un rígido sionismo. Desde luego, los israelíes pueden tomar como referencia los horrores del pasado y rendir homenaje a todas las víctimas del nazismo o de las persecuciones que han sufrido, pero también deben ver que no han aprendido nada, actuando de una forma perversa, mostrando no solo una notoria incapacidad por sensibilizarse con otros seres humanos, sino enfatizando que los únicos que les importan son los judíos. Este nacionalismo religioso no es más que una peligrosa deriva que, sin ser igual que las políticas del nazismo, se asemeja en su negación de los árabes como personas con derechos plenos. No solo eso, ese control coercitivo de la información para evitar que se denuncien abusos militares o gubernamentales solo tiene un nombre: fascismo. Israel no avanza con los tiempos, al contrario, parece que no ha aprendido nada de su propia Historia.

El autor es doctor en Historia Contemporánea