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Catalunya, segundo curso

La cuestión catalana (o española, según se mire) vuelve a marcar la agenda este mes, tras un año de altísimo voltaje en el que el estado y el independentismo han mostrado sus límites.

Domingo, 2 de Septiembre de 2018 - Actualizado a las 06:01h

Sánchez y Torra posan antes de reunirse por primera vez en la Moncloa, el pasado julio.

Sánchez y Torra posan antes de reunirse por primera vez en la Moncloa, el pasado julio. (Foto: Efe)

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Sánchez y Torra posan antes de reunirse por primera vez en la Moncloa, el pasado julio.

un conflicto entre impotencias, ahora con dos nuevos protagonistas. Quim Torra no tiene la fuerza política para la pregonada ruptura. Pedro Sánchez parece carecer de voluntad o capacidad de pactar una solución creíble. Uno y otro pueden apretar el botón de elecciones anticipadas. Sánchez, también el del 155. Pero los riesgos se reparten a ambos lados si se rompe la baraja. Torra y Sánchez son presidentes con debilidades. Torra, suplente de suplentes, está a años luz del liderazgo de Puigdemont, y gobierna en coalición. Sánchez carece del mando en plaza que Rajoy tenía en su partido, y está acogotado por la derecha. Así las cosas, la situación ha variado algo en su superficie, pero corre el riesgo degradarse. En el fondo, el Estado español ha perdido el miedo al 155. La derecha, tras verse fuera del poder, se está envalentonando. Y las divisiones latentes siguen atenazando al PSOE.

En este arranque de curso, resulta imposible no echar la vista atrás. Comenzando por el mes de septiembre del año pasado, preludio de lo que ha venido después. Las denominadas leyes de desconexión quedaron aprobadas en el Parlament mediante una polémica reforma exprés del reglamento, cuya legalidad avalaría el Tribunal Constitucional en noviembre. Pronto se cumplirá un año también de aquella concentración masiva delante de la sede de Economía en protesta por la detención de altos cargos del Govern que estaba practicando la Guardia Civil. Fue un 20 de septiembre. Tras aquella manifestación, Jordi Sànchez y Jordi Cuixart, líderes de la ANC y Òmnium ingresaron el 16 de octubre en prisión preventiva acusados de sedición. Y en esta situación continúan. Pero de todo el nutrido cronograma de sucesos claves de este año, la fecha que dejará una huella intergeneracional fue la del 1-O. El día de la resistencia pasiva a las porras. Del empoderamiento colaborativo soberanista y de la torpeza autoritaria del Gobierno de Rajoy, con una represión policial bochornosa avalada por un jefe de Estado cuando menos imprudente, mal asesorado o ambas cosas a la vez.

“Majestat, així no” La respuesta de Puigdemont ante el discurso del rey no se hizo esperar. Y fue muy celebrada por el soberanismo. A partir de ese momento, el president entró en un limbo político para tratar de ganar tiempo en busca de una mediación, y dudó hasta última hora sobre qué convenía hacer tras el 1-O. Sin apoyos en la UE, comenzó a arriar vela y echó mano de la mediación del lehendakari Urkullu para regatear el 155 convocando elecciones anticipadas. Finalmente, ante la posición de Rajoy, el 26 de octubre, casi en el tiempo de descuento, optó por llevar al Parlament el simbolismo de una declaración de independencia hueca, aprobada un día después, horas antes de la aplicación de un 155, y el cese del Govern por parte del Gobierno español, lo que le condujo al exilio, junto con cuatro de sus consellers. El día 30, la Fiscalía se querelló contra Puigdemont y el resto del Govern por rebelión, sedición y malversación en la Audiencia Nacional y dirigió una segunda querella al Tribunal Supremo contra la ex presidenta del Parlament Carme Forcadell y los miembros de la Mesa que tramitaron la declaración de independencia. El 2 de noviembre la juez Lamela decretó prisión incondicional sin fianza para el exvicepresident Junqueras y siete exconsellers, mientras que impuso al exconseller Santi Vila una fianza de 50.000 euros. Tres días después, Puigdemont y los cuatro exconsellers que habían marchado a Bélgica, se presentaron ante la Policía belga y quedaron en libertad con medidas cautelares. Ya en diciembre, el Tribunal Supremo mantuvo en prisión a Junqueras, Forn y los líderes de ANC y Òmnium Cultural, mientras dejó en libertad bajo fianza a otros seis exconsellers.

El 155 Bajo toda esta conmoción política, la política catalana transitó a unas nuevas elecciones convocadas por Rajoy. Comicios en los que la primera fuerza fue Ciudadanos, el gran derrotado el PP y el bloque triunfador el independentismo, con Puigdemont como primer activo. Conjunción endiablada de elementos que terminaron por judicializar más la situación, lo que interfirió en la voluntad recién expresada en las urnas. Dos nombres se sumaron al exilio. Anna Gabriel (CUP) y Marta Rovira (ERC), se fueron a Suiza. En marzo Llarena decretó prisión incondicional para Turull, Romeva, Bassa y la Forcadell. Puigdemont, que por momentos pareció casi hundido, fue detenido en Alemania, y también pasó por la cárcel. La denegación de su extradición por rebelión y la negativa de Bélgica a extraditar a los ex consellers Comín, Serret y Puig dejaron muy tocada la imagen de Llarena y la del Estado español. En cambio, fortalecieron las prestaciones de Puigdemont, por su capacidad de resistir e internacionalizar el asunto.

Moción al PP y llegada del PSOE “Esta es una batalla de larga duración que ganará quien cometa menos errores y haga cometer más al otro”, escribió en octubre del año pasado Antoni Castells, conseller de Economía en tiempos de Pasqual Maragall. Tras la llegada de Sánchez a la Moncloa con el apoyo incluido del independentismo, este verano parecía propicio para un acercamiento, aunque fuera discreto, y que de una asunción mutua de autocrítica se tejiese alguna complicidad. Sin embargo, la distancia sigue siendo enorme. Ferraz sabe que para ganar unas Generales no debe dar demasiadas alas a la derecha y que las Autonómicas y Municipales están a la vuelta de la esquina. El problema es que esta derecha es cada vez más dura;Casado quiere comer terreno a Rivera pisando el acelerador populista. Y al revés. Este miércoles, por ejemplo, la ultraderecha de Vox presumía de marcar la agenda a Ciudadanos. Dos días después Cs acusaba a los populares de “asumir el discurso separatista” mientras el PP anunciaba su pretensión de prohibir por ley los lazos amarillos. Ya ven, entre arrancalazos y prohíbelazos anda el juego.

El laberinto que no cesa “No habrá apariencia de normalidad política y social en Catalunya con presos políticos. Conviene que lo sepan los que decidirán”, escribió el 29 de octubre Andreu Mas-Collel, exconceller de Economía del Govern Mas. Conecten esta frase con un titular que dejó el viernes en Onda Vasca Ernest Maragall, actual conceller de Relaciones Institucionales: “No habrá diálogo si no vuelven nuestros exiliados”. Nominalismos aparte, por higiene democrática y apego a la verdad, conviene recordar y subrayar que no hubo violencia alguna inspirada o auspiciada por los presos o exiliados. Al contrario. Ante el inminente juicio que se avecina, una excarcelación inmediata, y una sentencia justa o una posterior amnistía podrían reconducir la situación. Es de temer una reacción furibunda de la derecha política y mediática siempre que no haya un castigo ejemplar. Pero esto ya no debería sorprender a nadie. Si algo ha dejado claro el conflicto político en Catalunya es que la mayoría de medios radicados en Madrid siguen condicionando y de qué manera la agenda de la construcción nacional española.

Amnistía y Estatut de autonomía¿Será esta finalmente la hoja de ruta de Moncloa? ¿Será suficiente? ¿Será posible? Al inicio de este nuevo curso político nadie tiene el control total de la agenda. El PNV, que quiere al PSOE en Moncloa al menos hasta 2020, sigue siendo un posible mediador, y no deja de emitir mensajes diáfanos al respecto. El viernes los jeltzales arrancaron el curso político en Zarautz con la presencia de David Bonvehí, presidente del PDeCAT y de la vicepresidenta Miriam Nogueras, tras la visita de hace unas semanas de Íñigo Urkullu a Oriol Junqueras en prisión. En esta entente pro excarcelación que suman PDeCAT y ERC con el PNV también hay que incluir a Unidos Podemos. Iglesias, que regresa tras dos meses de coyuntura personal, ya visitó en junio a Jordi Cuixart y Jordi Sànchez, y ha sido muy claro al respecto. Habrá que estar por tanto atentos a cada movimiento en este sentido. Puede que los relojes vasco y catalán se puedan sincronizar en los próximos meses, como ha reclamado Arnaldo Otegi. Pero tal vez en un sentido distinto al que desearía el líder de EH Bildu. Como escribió hace 10 meses el periodista de Ara Ignasi Aragay, “la república no tendría sentido si naciese acompañada de una fractura”.

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