Egregia vacuidad

Por Julio Urdin Elizaga - Martes, 4 de Septiembre de 2018 - Actualizado a las 06:01h

Ahora bien, ¿qué es lo que ocurre cuando ese algo dentro de la nada es el propio vacío sígnicamente generado con un propósito estructurante del espacio, contenido y continente? El sentido común parece indicar el que de ninguna de las maneras se debería actuar en él, puesto que esa misma intervención plantearía un inconveniente aún mayor que el problema a solucionar. Para entender lo que aquí pretendo afirmar habré de remitir al lector a una de esas once lecciones para una sola ecuación poética con la que nos ilustra el arquitecto Antonio Miranda en su ensayo Arquitectura y verdad. En especial a la que en el capítulo sexto, hablándonos de estructura y lenguaje ausente, hace referencia al vacío estructural. Y si anteriormente comentábamos la dificultad a la que somete la conservación de la pintura mural de Stolz para una resemantización del complejo, ésta de la no conveniencia de intervención en su consustancial vacío no viene a ser menor. Es como si en la exposición dada por este autor tomáramos el ejemplo que aporta del poeta José Ángel Valente cuando afirma el que la nada pesa en una buena obra más que ninguna otra cosa. O, asimismo, cuando nos habla de la obra del vacío, siguiendo las prácticas enseñanzas del taoísmo, determinando el que: “sombra, serenidad y silencio en cuya ley lo que no es vale más que lo que es;el vacío central de la rueda es lo importante de la rueda. Tao-Verdad-Bondad-Justicia-Rito, tal es la escala de exigencia para la arquitectura”.

Y así viene a ser entresacado de la memoria del propio edificio a los Caídos por el crítico y museólogo Francisco Javier Zubiaur, en monografía sobre el pintor Stolz, resaltando la circularidad de su espacio interior: “A la Iglesia Votiva la hemos dado la forma circular por ser la más apropiada, a nuestro juicio, a su destino, que es servir de panteón[...]La parte principal de la iglesia panteón la constituye, por sus dimensiones y capacidad, el gran espacio circular central coronado con la gran cúpula”. Esta tipología del panteón, originada en el romano, es argumentada por el arquitecto Fernando Espuelas como la idónea para la representación sacra debido a la “centralidad espacial, la plenitud de la cúpula y la monumentalidad del espacio interior [...]metáfora del universo”. Más adelante comentará: “El espacio interior del panteón se entiende como un teatro cósmico cuyo escenario es su compacto volumen vacío[...] El edifico del panteón condensa los contenidos de estas teorías al ser una imago mundi [...] Nos encontramos, por tanto, con un organismo que pretendió, como símbolo, ser un mundo completo y que lo consiguió como edificio. Mundos dentro del mundo”. Y todo ello debido, en buena medida, a la ponderación del círculo en su movimiento ordenador ya presente en la filosofía de Platón y al aprovechamiento de la imagen del cielo como bóveda cuyo origen fuera mesopotámico;constituyendo, finalmente, en el caso que nos trae del Monumento a los Caídos, un claro anacronismo enmarcado en la monumentalidad autoritaria del fascismo imperante tras la recién concluida incívica guerra.

En un tiempo dominado por el complejo retorno del mito inaugural devorador de sus hijos presidido por Cronos-Saturno, cuando aún el hombre no devenía existente, en la alegórica visión dada por el filósofo Fernández Liria, esta muestra que aspira a la permanencia tal vez debiera pasar a formar parte del orden de lo efímero. Prueba de ello es el hecho de que si este lugar y edificio hubiera sido ideado simplemente desde la mentalidad burguesa dominante, reivindicada por el Iluminismo y la Ilustración, la simple resemantización blanda operada a través de la conversión en espacio expositivo, como así ha ocurrido ya en otros lugares, hubiera resultado suficiente. No siendo, sin embargo, así, puesto que el anecdótico uso dado tan sólo ha servido para devaluar las muestras de arte exhibidas, más aún si lo eran del contemporáneo, pareciéndole rendir pleitesía, al no tomar en consideración algo tan sencillo como es la centralidad simbólica del vacío. La experiencia dada en cualquiera de las visitas realizadas, anterior y posteriormente a sus diferentes usos, demuestra que independientemente de lo que se encuentre a nivel de suelo, la mirada siempre se nos va hacia la altura por donde se cuela la luz estando presidida por la heroica gesta de los hitos más destacados del españolismo navarrista, aunque, vergonzantemente, se pretenda ocultar con artificiales nubarrones a modo de circense lona.

Una propuesta, en caso de no derribo, no solo del edificio propiamente dicho sino del complejo urbanístico y residencial, lo que prácticamente invalidaría a día de hoy su ejecución, sería la que aquí propongo de dar una nueva oportunidad al arte en el sentido proporcionado por Kandinsky cuando afirmara: “...el arte en total no es nunca creación inútil de objetos que se deshacen en el vacío sino una fuerza útil que sirve al desarrollo y a la sensibilización del alma humana [...] Cuando el arte se sustrae a esta obligación queda un hueco vacío, ya que no existe ningún poder que sustituya arte”. Por lo que encuentro ser esta la vía más acertada para el objeto de una reflexión que tome al elemento central del vacío desde la óptica de la más radical contemporaneidad del momento implicado así como de la experiencia vivencial pasada y presente. Pues el artista, al menos en la visión de Kandinsky cuando afirma del mismo estar como el resto de ciudadanos sujeto a una serie de obligaciones con la comunidad, ha de saber demostrar su compromiso y competencia a través del correcto ejercicio de sus responsabilidades consistente en:

“ 1.º ha de restituir el talento que le ha sido dado;2.º [desde la consciencia de que] sus actos, pensamientos y sentimientos, como los de todos los hombres, forman la atmósfera espiritual que aclaran o envenenan;3.º [y de que] sus actos, pensamientos y sentimientos son el material de sus creaciones que contribuyen a su vez a la atmósfera espiritual”.

Esta última, en definitiva, habrá de constituir su máximo desafío individual o colectivo y el debate abierto sobre el mencionado monumento una buena oportunidad para su demostración.

El autor es escritor