la carta del día

Intimidación tipo ‘bullying’

Por Alberto Ibarrola Oyón - Domingo, 9 de Septiembre de 2018 - Actualizado a las 06:01h

una chica recién salida de la adolescencia, que se ha quedado sola en Iruñea durante los Sanfermines, que se junta con una banda de fulanos que le ofrecen su compañía, pero cuyas intenciones dolosas incluyen un plan premeditado de abusar de una joven desvalida y forzarla, naturalmente que se siente intimidada. Un grupo de maromos, con profesiones cualificadas algunos de ellos, con sueldos elevados, barbudos, tripudos, de habla soez, burda, grosera, procaz, claro que intimidan a una joven que tal vez ha escuchado que los Sanfermines se prestan a determinado tipo de abusos a las mujeres como algo normal, implícito en la fiesta, asumible inclusive. Por otro lado, ¿quién no se sentiría intimidado? ¿Acaso todos nosotros si fuésemos rodeados a solas por una cuadrilla de machos ibéricos, nos pondríamos a gritar, a pelear, a defendernos con uñas y dientes de una posible agresión? ¿O muchos pensaríamos, como esta muchacha indefensa, que más nos valdría aguantar, callar y ceder antes que perder nuestra integridad física o incluso la vida?

Esta agresión sexual grupal (¿por qué se retiró el término violación del código penal?) guarda similitudes evidentes y notorias con respecto al bullying. Las víctimas muchas veces piensan que deben soportar esos malos tratos como una forma de conseguir pertenecer al grupo de amistades, como un peaje por el que lograr ser aceptadas. Temen, además, que de rebelarse frente al bullying, las agresiones vayan in crescendo. El miedo a la no integración permite que consientan esas humillaciones, ultrajes y vejaciones, en una dinámica de relaciones perversas en que tanto víctimas como agresores dejan por el camino su integridad moral. Los miembros de La Manada, además de satisfacer su deseo sexual depravado y pervertido, sintieron el placer abyecto del dominio, de la supremacía sobre otro ser humano y, además, pensaron que su crueldad se quedaría impune. Que le robaran el móvil manifiesta que eran conscientes de su delito, puesto que se deben descartar los motivos económicos;evidentemente creyeron que así la víctima no podría denunciar la agresión. Que esta chica haya interpuesto la correspondiente demanda contiene un enorme mérito, pero cuando pase el tiempo, ¿se arrepentirá de haber recurrido a los tribunales?;las víctimas de agresiones sexuales futuras ¿la tendrán como ejemplo de lo que hay que hacer o de lo que no? Solo la Justicia puede contestar a estos inquietantes interrogantes.

La sentencia engloba tres factores de valoración enrevesada: la apreciación de abuso sexual en vez de agresión sexual, la pena de cárcel impuesta y la indemnización fijada. A mi juicio, la primera no se sostiene, ya que la intimidación está más que clara, por lo que estaríamos ante un caso de agresión sexual grupal. La segunda parece la más acorde con el delito perpetrado;ciertamente, nueve años de prisión constituyen una pena considerable;debe de ser muy duro estar privado de libertad durante tanto tiempo, en un ambiente hostil además. En cuanto a la indemnización, cincuenta mil euros por daño moral, hay que decir alto y claro que se trata de una cifra más bien deleznable. Esta pobre chica, con esa sentencia ambigua que incluye una consideración disidente de un juez que trata de orgía consentida lo ocurrido, queda muy marcada, máxime que la ilegal filtración de sus datos personales la ha convertido en una ciudadana famosa y le va a resultar muy duro, extremadamente difícil superar ese trauma y el estigma social consiguiente. Dicho esto, cabe añadir que los linchamientos de ningún tipo no son legítimos y que los miembros de La Manada han pasado ya una buena temporada entre rejas, lo que no parece en ningún caso baladí;pero lamentablemente sigue existiendo el riesgo de que se les exima del cumplimiento del resto de su condena, lo que dejaría la calificación de su delito en la mínima expresión.

El autor es escritor