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Republicanismo

Davalor

Por Santiago Cervera - Domingo, 9 de Septiembre de 2018 - Actualizado a las 06:01h

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la gestión en los departamentos de Desarrollo Económico y Hacienda nos ha devuelto una cierta manera de hacer las cosas basada en tomarse en serio los asuntos y huir de las bravuconadas y las angustias. Algo sencillo, pero algo que se había perdido en recientes legislaturas. Baste recordar aquel consejero que reclamaba para sí el derecho a cobrar sobresueldos de la moribunda Caja de Goñi en cuantía superior a la que el contribuyente le asignaba en nómina oficial, el mismo que cada vez que hacía una entrevista recordaba que nos hacía un favor a los navarros porque tenía muchas ofertas del sector privado, el mismo que cuando cesó volvió a su oscura mesa de funcionario. O aquella otra que le sucedió, cuya principal preocupación era poder pagar la nómina a finales de mes, tiempos en los que un oneroso crédito de don Emilio se abonaba en forma de intereses y de foto oficial en Palacio con su ilusionada inquilina. Hoy, con mayor o menor acierto, ya no se hace otra cosa que lo que siempre se pidió al Gobierno de Navarra como agente económico: que lleve bien sus propias cuentas y que promueva oportunidades razonables de crecimiento económico para la Comunidad. Sobre lo primero, lo más duro es el purgatorio fiscal en el que se ha convertido Navarra, y es purgatorio porque lo que estamos pagando son los pecados del crecimiento magmático del gasto público, inercial y a toda luces excesivo, al que hemos contribuido todos cuantos nos hemos sentado en la mesa del Consejo de Gobierno. Y sobre lo segundo, los datos hablan elocuentes, con una significativa línea de mejora en dimensiones objetivables como el empleo o la producción industrial.

Pero en toda esta correcta manera de hacer hay una mácula, algo discordante y a todas luces incomprensible, que es la inversión de Sodena en Davalor. Apenas tengo más datos que los que se han ido publicando, y afortunadamente no conozco a ningún personaje de los que han intervenido en el asunto. Pero justo por eso creo que es bastante fácil imaginar lo ocurrido. Las ideas de negocio en el campo de la salud muchas veces son un reclamo para ingenuos, cuando no puras estafas. Siendo el que suscribe consejero de Salud tuve que acudir un día a una reunión con el entonces presidente y varios otros consejeros para atender a unos listos que se presentaron en la planta noble de Diputación con unas piedras de sal -ellos decían que del Tibet- reclamando dinero para poner en Navarra una clínica que emplearía tal mineral en sanar cualquier padecimiento. Mi cara de asco creo que zanjó bastante bien aquel tocomocho. Hoy se ofrecen remedios para muchas cosas basados en las tecnologías, y cuanto más complejas y más oscuro el arcano de su patente, mejor. Para algunos es fácil vender la idea de que todo lo sanitario ha de ser considerado con especial atención, y merece el mayor apoyo posible. Tengo para mi que Ayerdi debió encontrar, nada más llegar al despacho, una situación urgente en relación con Davalor. Le hablarían de que había miles de pequeños inversores que de la noche a la mañana iban a perder su dinero si el Gobierno no prestaba un soporte vital a la empresa. Eso, y la tópica idea de que hay que promover un desarrollo industrial orientado a sectores, como el sanitario, que nadie discute que tienen magro futuro. Tras ese análisis tan superficial llegó el dinero de Sodena, apenas una cataplasma, que no ha evitado que la fatuidad de unos listos haya devenido en un concurso de acreedores, inevitable cuando no se tiene nada valioso que ofrecer al mercado. Fin de la película, fin de los sablazos.

Sodena, desde que fuera fundada por Julián Balduz, ha generado muchas cosas buenas para Navarra. Y también algunas otras abiertamente lesivas para el contribuyente, porque lo de Davalor tiene notorios antecedentes. Por ejemplo, la paleta y delictuosa inversión en Iberdrola (alguien se veía ya sentado en el consejo de administración de la eléctrica), la de Sendaviva (de la mano de la editora del periódico guardián de nuestras esencias), o aquella compra de una colección polvorienta de coches de época (bajo la peregrina argumentación de que eso servía para apoyar la actividad de Volkswagen). Esta nueva cagada, seguramente la más ingenua, debería ser ya la última.