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Con acento europeo

Europa y el síndrome de Peter Pan

Por Jesús González Mateos - Domingo, 9 de Septiembre de 2018 - Actualizado a las 06:01h

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vive la Unión Europea una preocupante ola de xenofobia que hunde sus raíces en el miedo al extraño. Un pánico infantil que reúne todos y cada uno de los síntomas clásicos del síndrome de Peter Pan, aquel en que los miembros de una sociedad deciden no hacerse mayores nunca. En vez de asumir los problemas con la responsabilidad que a cada uno de nosotros nos corresponde, una buena parte de los europeos ha decidido optar por el camino fácil y apoyar opciones populistas como solución simplona de los grandes problemas que Europa debe afrontar. Una epidemia de inmadurez que nos llega en el peor momento histórico de nuestra construcción común europea: en pleno momento de la primera salida de un socio, el Reino Unido.

la hiperexigencia y la falta de compromiso El temor a la incertidumbre se ha instalado en las sociedades de nuestros Estados miembros desde hace ya una década, cuando la crisis económica se llevó por delante buena parte del edificio de bienestar que habíamos construido. Pero en vez de buscar fórmulas de unión más sólidas y de colaboración entre todos, algunos han optado por la medicina de curanderos baratos de rasgos fascistas. Instalados en la sociedad de la información, Internet ha convertido a muchos ciudadanos en una especie de sabelotodos hiperexigentes, que han mutado los derechos, no en el destino irrenunciable por lo que luchar, sino en una suerte de regalo de los dioses inalienable. A la vez, el grado de compromiso social se reduce día a día, acrecentándose los tics individualistas y los gestos autistas alimentados por la desinformación generada en las redes sociales, caldo de cultivo de lasfake news.

Reforzar la responsabilidad democrática

Las armas para defendernos de esta verdadera pandemia no son nuevas, aunque estén entrando en desuso. Se llama democracia desde la responsabilidad cívica. Recuperar la madurez ciudadana significa, en primer lugar, reconocer que no existe revolución utópica que nos saque de esta, sino el trabajo inteligente y eficaz en un mundo cada día más complejo. La cultura del deber y del sacrificio lejos de ser una cortapisa para la conquista de progreso, es más bien la garantía de construir una sociedad solidaria. Debemos desconfiar de los discursos políticos simplistas y dogmáticos, basados en estereotipos y meras consignas. Cierto es que los grandes partidos europeos, desde el centroderecha a la socialdemocracia, pasando por los liberales, han sido incapaces de argumentar y proponer ideas y acción para seguir ofreciendo a los europeos un espacio de concordia y justicia social. De su quiebra nacen estos populismos que reverdecen viejas pesadillas continentales.

Un movimiento por el europeísmo desde la diversidad

El reto es mayo de 2019 y las elecciones europeas que definirán la Eurocámara el próximo quinquenio. Parece evidente que la gran coalición del Partido Popular Europeo y de los Socialistas Europeos, puede resultar insuficiente en eurodiputados para frenar la cuña de ruptura que pretenden abrir los ultras. Dependerá mucho de Macron y la lista en la se incluya su opción, que los liberales de ALDE sumen suficiente para defender el europeísmo constructivo. Por eso no estaría de más lanzar un movimiento de gran transversalidad territorial, que reúna la identidad de regiones europeas alejadas, hoy por hoy, de nacionalismos excluyentes, que bien podrían sumar un número de escaños decisivo para contraponer a los radicales. Una suerte de nacionalistas europeístas puede ser un antídoto ideal contra los nacionalistas eurófobos. Europa necesita patriotas de la diversidad.