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40 años

Verdad, justicia y reparación

En 1977 Navarra fue pionera en la exhumación de víctimas del 36 gracias a sus familias, a José Mª Jimeno Jurio y a algunos de los párrocos

Un reportaje de Lola Cabasés Hita. Fotografías: cedidas. por Josefina Campos (Peralta) y Lucía Moreno (Sartaguda) - Domingo, 9 de Septiembre de 2018 - Actualizado a las 06:01h

Excavaciones populares realizadas en Ausejo en 1979 para rescatar a víctimas del 36.

Excavaciones populares realizadas en Ausejo en 1979 para rescatar a víctimas del 36.

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Excavaciones populares realizadas en Ausejo en 1979 para rescatar a víctimas del 36.
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se cumplen 40 años del primer movimiento que cimentó el derecho a la verdad, la justicia y reparación de las personas represaliadas, y de sus familias, durante el alzamiento franquista de 1936-39 y la Dictadura, un derecho que hoy parece estar acuñado e interiorizado al menos entre la población más progresista de Navarra. Se cumplen 40 años de las primeras exhumaciones “masivas” en campos y cunetas de los cuerpos de personas asesinadas por los falangistas y carlistas afectos al régimen dictatorial que impuso Franco con el poder de las armas. Son las exhumaciones llamadas tempranas, son las que, sin medios pero con mucho anhelo, esperanza y sed de justicia, emprendieron los familiares más directos y que sufrieron las consecuencias de ser los perdedores, los desheredados, los huérfanos, las viudas, los reos y los sirvientes, en suma, de los vencedores de la Guerra Civil.

Estas exhumaciones tempranas han proseguido luego con dos oleadas. Arranca en los años 2000, tras un largo y doloroso parón que supuso la pérdida de testimonios directos, la segunda gran oleada gracias a la implicación de asociaciones de familiares, de memorialistas, de formaciones políticas y de la ciencia forense. La tercera etapa, en el tiempo actual, se refuerza con el impulso directo del Gobierno de Navarra que ha creado, para ello también, el Instituto de la Memoria Histórica.

Precisamente para el próximo 15 de septiembre, el Gobierno de Navarra ha organizado un acto de reconocimiento y reparación a las víctimas del golpe militar de 1936. El acto, que tendrá lugar en el Parque de la Memoria de Sartaguda, estará presidido por la presidenta Uxue Barkos y pretende ser inclusivo para aquellas personas, familias y asociaciones que han trabajado en la preservación y recuperación de la memoria de las víctimas de la violencia desatada tras el 36. En dicho acto, se tendrá un recuerdo especial a las familias y personas que hicieron posibles las exhumaciones, en especial las tempranas.

navarra, pionera en 1977Navarra, tierra sin frente de guerra pero con más de 4.200 asesinados in situ, en su mayoría afines al régimen de la República aunque también los hubo fruto de envidias y venganzas vecinales, fue pionera en rescatar a los muertos gracias al tesón, la memoria y sensibilidad de muchas personas que, pese al miedo y la persecución, habían retenido en sus memorias esos lugares intocables y escondidos donde los matarifes ocultaron los cuerpos de sus reos para la desaparición eterna.

Recuerda el historiador Roldán Jimeno -hijo del también insigne historiador José María Jimeno Jurio, investigador pionero y principal de los efectos del alzamiento en Navarra- que fue en el Curso de Teología para Sacerdotes, celebrado en Pamplona en 1974, donde por primera vez, y en un ambiente embuido por las corrientes renovadoras pero incipientes en Navarra del Concilio Vaticano II, se abordó la cuestión de la restitución de la memoria de los asesinados del bando republicano. Para ello -añade- había que partir de la confección de las listas de fusilados en Navarra con la información que se pudiera recoger relativa a cada uno. Se encomendó la labor a dos historiadores, Víctor Manuel Arbeloa y José María Jimeno Jurio, pero la encomienda tuvo corto recorrido porque en febrero de 1975 el Consejo del Presbiterio Diocesano frenó la iniciativa. “Mi padre, sin embargo, no cejó en el empeño y siguió investigando”, recuerda su hijo. Pionero en desenterrar aquella verdad histórica, Jimeno Jurio elaboró un prolijo trabajo de campo desplegado en fondos parroquiales, libros de juzgados locales, libros de cárceles y cementerios, periódicos y publicaciones de la etapa republicana, así como en testimonios orales a través de cientos de entrevistas. Así, desgranó las grandes tragedias que se dieron en la retaguardia navarra desde el verano de 1936, recoge Roldán.

José María Jimeno Jurio fue divulgando este gran trabajo en la revista Punto y Hora de Euskal Herria y le supuso incluso una amenaza de muerte por parte de los terroristas de la Triple A. Pero, la publicación de sus investigaciones contribuyó a animar aun más a las víctimas de la represión.

Muerto el dictador -20 noviembre de 1975- y gracias al impulso de las familias se emprendió la ardua tarea de exhumar los cuerpos, miles de cuerpos, que llevaban también al menos 42 años bajo tierra de la peor forma posible. Los fusileros, muchos de ellos vecinos y entonces vivos, les habían condenado 42 años antes a muerte, al anonimato y al olvido. Pero, como afirman las asociaciones de familiares “los mataron, pero no tuvieron en cuenta que los muertos tenían vivos y los vivos memoria”.

de marcilla a peralta Josefina Campos Orduña, de familia represaliada y pionera peraltesa en el movimiento de la Operación Retorno, con la que se logró desenterrar a las víctimas de Peralta y movilizar acciones similares en otros municipios, recoge en su libro Los fusilados de Peralta, la vuelta a casa (1936-1978)los prolegómenos de este movimiento iniciado ya en Marcilla. Leyó en el periódico Deia el 19 de febrero de 1978 que Marcilla iba a homenajear a 38 personas fusiladas en la guerra y rápidamente se lo notificó a su madre Dolores Orduña Asín quien convino que si Marcilla lo hacía Peralta, también.

Un año antes, el 1 de noviembre de 1977, tras celebrar en el cementerio la misa de Todos los Santos, Javier Vesperinas, párroco de Marcilla conversando con un vecino le preguntó por qué varios vecinos, incluido su interlocutor, a pesar de acudir asiduamente a las misas, nunca iban en la festividad de Todos los Santos. Le respondió: “Ese día, Don Javier, nosotros vamos a dejar flores donde están nuestros muertos”. Vesperinas se quedó perplejo. Ese día se enteró, con estupefacción, de que muchas personas del pueblo no habían podido enterrar en el cementerio a sus familiares asesinados por los franquistas en la Guerra Civil. Por ello, cada 1 de noviembre, en lugar de acudir a la misa del cementerio de Marcilla, iban a las fosas comunes en las que yacían los restos de los suyos.

A partir de ese momento, relatan historiadores, se reunió discretamente con los familiares y, aunque el proceso no fue sencillo, logró vencer las resistencias de los afectados. El sacerdote, en sus anotaciones de la época, consigna: “Reuniones a escondidas y en secreto;miedo. Por primera vez se juntan, se cuentan sus sufrimientos comunes”. Afirma en entrevistas que tuvo que convencer al secretario del gobernador civil quien tampoco ocultó sus temores: “¿Pero a qué viene usted? ¿A estropear la recién nacida democracia?”, dicen que le respondió. Solo cuando el párroco le garantizó que se obraría con total discreción, sin politizar la iniciativa, logró el consentimiento.

El secretario le aconsejó hacer el traslado “de noche, un día de trabajo y en silencio”. El Ayuntamiento de Marcilla, sin embargo, se mostró muy colaborador y proporcionó un terreno en el cementerio y dinero para poder construir un mausoleo en el que reposarían los restos de los republicanos dispersos en distintas fosas sin identificar. A pesar del sigilo buscado, el funeral celebrado el 5 de marzo de 1978 fue multitudinario.

se suceden los homenajes Las exhumaciones se prodigaron por numerosas localidades. Navarra y La Rioja fueron punteras en esta movilización iniciada en la transición a la democracia y se prolongó, con intensidad variable, hasta los años noventa, aunque el momento cumbre se produjo en la Comunidad Foral entre 1978 y 1980, con un pico importante en 1979.

A pesar de contar con el apoyo del obispo de Pamplona y Tudela José María Cirarda, no fueron pocos los sinsabores y dificultades que tuvieron que afrontar las familias. El homenaje peraltés, relata el historiador Fernando Mikelarena, “se concretó el 8 de octubre de 1978. Después, vinieron los de Falces (18 de enero de 1979), Andosilla (18 de febrero de 1979), Cárcar (25 de febrero de 1979) y Caparroso (25 de mayo de 1979)”. En 1979 se hicieron homenajes en Funes, Santacara, Larraga, Villafranca, Sesma, Mélida, Valtierra, Sartaguda, Mendavia, Arguedas, Milagro, Fustiñana, Lakuntza, Lodosa, Lerín, Arbizu, Cadreita, Olite, Carcastillo, Cáseda, Monteagudo, Aibar, Murillo el Fruto, Fitero, Ribaforada, Gallipienzo, Cortes y Buñuel. Del año 1980, añade Mikelarena, datan los homenajes de San Adrián, Allo, Corella, Murillo el Cuende, Beire e Ituren y de 1981 los de Lumbier, Los Arcos, Cascante y Puente la Reina. El párroco de Lodosa, Juan Cruz Elorz, alertó a sus feligreses que le querían echar pero que antes quería que todos los vecinos del pueblo asesinados fueran localizados y depositar sus restos en un lugar digno.

El párroco de Marcilla, que desaconsejaba celebrar los homenajes en fechas que pudieran interpretarse como una revancha, aseguró en alguna entrevista que la frase más repetida de aquellas familias era entonces: “Por fin los tenemos en casa”. Vesperinas también anotó el miedo inicial de los familiares a que la derecha pudiera profanar los restos o el lugar de enterramiento, así como la emoción con la que acometieron la búsqueda de las fosas y el extraordinario alivio que sintieron al poder darles una sepultura digna.

Como ellos, en la activa labor y apoyo a las comisiones de familiares fue destacada la participación de una serie de curas navarros, entre ellos, Victorino Aranguren, Eloy Fernández, Dionisio Lesaca, Vicente Ilzarbe... destaca Fernando Mikelarena en su blog. Se dice que, hasta 1981, estas comisiones de familiares y sacerdotes pudieron recuperar 3.501 fusilados en 56 pueblos de Navarra y 10 de La Rioja, elevándose panteones, placas y monumentos de conmemoración y recuerdo tras las posteriores inhumaciones en los cementerios locales. Otras fuentes hablan de unos 2.000 restos humanos exhumados y que quedaría un millar en cunetas.

Las cifras de restos recuperados y de los que quedan por recuperar, no obstante, siguen siendo una incógnita, apunta el director del Instituto de la Memoria Histórica, Josemi Gastón. Incógnita a la que se suma la imposibilidad de identificar la totalidad de los restos exhumados.

exhumaciones y elecciones Mientras en otras regiones, las labores de estas exhumaciones tempranas adquirieron más fuerza tras las primeras elecciones municipales (1979), en Navarra, según recoge el estudio realizado por Paloma Aguilar (UNED) Memoria y transición en España. Exhumaciones de fusilados republicanos y homenajes en su honor, el 42% de las exhumaciones tuvieron lugar antes de estos comicios, lo que se interpreta como “un claro indicio” de que en esta Comunidad los familiares “contaron con más apoyos y también que lograron coordinarse mejor”. De hecho en muchos municipios se crearon comisiones gestoras formadas por familiares y párrocos, se siguió un protocolo común para llevar a cabo estas iniciativas y los familiares de distintos pueblos colaboraron entre sí.

La colaboración entre las diversas comisiones gestoras que se crearon en los pueblos, añade Paloma Aguilar, no solo era necesaria dada la enorme dispersión de los restos (los represaliados de un mismo pueblo solían encontrarse en varios términos municipales diferentes), sino que fue deliberadamente propiciada para mejorar la eficacia de las iniciativas. “Cuanta más gente respaldaba las gestiones más sencillo resultaba afrontar las trabas administrativas, y cuantas más personas participaban en los actos de homenaje -incluso se llegaron a fletar autocares desde varios pueblos-más fácil era vencer el miedo que todos reconocían sentir y, me señalan en sus testimonios, más acompañados se sentían los dolientes”.

La coordinación, añade Aguilar, también contribuyó a la velocidad con la que se difundieron estas iniciativas y explica la cantidad de municipios que se vieron beneficiados por ellas. Las primeras comisiones gestoras navarras decidieron dejar a los partidos y a los sindicatos fuera de los homenajes e intentaron, “al menos al principio, que éstos estuvieran lo menos politizados que fuera posible, aunque siempre hubo familiares que aportaron banderas, sobre todo republicanas, y, con el tiempo, el tono ideológico se fue elevando”.

Una de las consignas que el párroco de Marcilla deja explícitamente reflejada en sus notas mecanografiadas es la de “evitar interferencias de partidos políticos”. Señala Paloma Aguilar que: “PSOE, PNV y PCE anunciaron su no intromisión. Está claro que Vesperinas quería que estos actos tuvieran un contenido netamente religioso y familiar. También es cierto que los parientes que impulsaron las primeras exhumaciones temían que la implicación de los partidos pudiera dar al traste con sus iniciativas, ya que ello podría haber suscitado la suspicacia de las autoridades y la resistencia de los más reaccionarios”. El PSOE y la UGT no mostraron gran interés en reivindicar a sus víctimas, como lo demuestra un documento del Comité Provincial de la Federación Socialista de Navarra del 4 de febrero de 1978, en el que dice a sus agrupaciones la conveniencia de mantenerse al margen de estas exhumaciones y homenajes para evitar ser tildados de revanchistas.

técnica forenseEn las exhumaciones del primer ciclo no se siguió protocolo científico alguno, sino que las llevaron a cabo familiares (con un cierto predominio de las viudas y madres, aunque también estuvieron muy presentes hermanos/as e hijos/as) y amigos. Estas personas no tenían conocimientos anatómicos y utilizaron herramientas de las labores agrícolas para recuperar, con frecuencia solo parcialmente, los restos.

En las exhumaciones actuales, se conjuga la presencia de familiares de republicanos represaliados con profesionales, fundamentalmente antropólogos forenses y arqueólogos, además de voluntarios que ofrecen su colaboración bajo la supervisión de los anteriores. Estos equipos técnicos, destaca el estudio de Paloma Aguilar, trabajan con rigor para demarcar el perímetro de las fosas y cavan la tierra con esmero para no dañar los restos, esforzándose por respetar su individualidad para una posible identificación genética posterior. El arranque de esta nueva etapa también supuso la implicación activa de una parte de la generación de los nietos y los biznietos de quienes vivieron la Guerra Civil, los cuales, hasta ese momento, no habían desempeñado un papel particularmente activo en la reivindicación de las víctimas del franquismo.