la carta del día

Meritocracia

Por Ángel Urtasun Úriz - Jueves, 13 de Septiembre de 2018 - Actualizado a las 06:01h

nunca antes en la historia habíamos podido acceder con unos pocos clicks al curriculum vitae de tantísimas personas.

Como nunca había ocurrido antes, el siglo XXI nos ha traído la sobreformación para lograr acceder a determinados puestos de trabajo.

Me llamarán radical, pero es ahí, en la raíz, donde busco la respuesta a tanto sinsentido.

Siempre cuento que cuando acabé dignamente mis estudios de Bachillerato en el Colegio San Ignacio de Pamplona e inicié mi carrera universitaria de Ciencias Biológicas en la Universidad de Navarra, descubrí dos cosas que han orientado siempre mi vida: 1.- La enorme inteligencia, en particular la emocional, de muchas personas que no tenían estudios. 2.- La excelente preparación académica de quienes procedían de los institutos públicos. Eran los años 70.

Tras una larga carrera profesional en la enseñanza secundaria, bachillerato y Universidad, me retiré de las aulas en mayo de 2013 con una agria sensación. Me asaltaba en los últimos años aquel Editorial Mercado y Escuelade la revista Cuadernos de Pedagogía publicada en diciembre de 1996, en su número 253. Por su alto interés reproduzco sus dos párrafos finales:

“En otro contexto político, hoy se alzan voces que reclaman, en nombre de una abstracta libertad, un mal disimulado Estado subsidiario. Interpretan que es preciso contener el gasto público, denominación que se quiere acuñar equivalente a la de gasto ineficaz. El neoliberalismo que apadrina el Banco Mundial es, en educación, un discurso darwinista, injusto e insolidario. El mercado es incapaz de registrar y responder a la demanda insolvente en ciertos ámbitos. Otra cosa es el análisis crítico, imprescindible, acerca de la calidad y del funcionamiento de tales servicios públicos, su gestión y control.

La tendencia a la baja del presupuesto de educación, y los consiguientes recortes prácticos que se han estrenado ya este curso, obstaculizan la continuidad de la reforma educativa. Y junto a las llamativas confesiones de ultraliberalismo de algunos miembros del Gobierno del PP, hacen que los docentes vean con preocupación tanto el futuro de la escuela pública como el sentido de su misma función educadora. Los recursos económicos son condición necesaria para una escuela pública digna de tal nombre. Pero no son suficientes: deben enmarcarse en un horizonte político capaz de infundir responsabilidad y entusiasmo. Lo del estado subsidiario es, en educación al menos, un proyecto que denota una grave responsabilidad colectiva que puede convertirse en la madre de todos los malestares”.

Insisto en que esto se escribió 9 meses después de que el PP ganara las elecciones generales, 3 de marzo de 1996, y accediera al Gobierno de España. Mucha gente que se temía entonces la deriva que iba a tomar la recién iniciada Reforma educativa del PSOE encuentra ahora, en nuestros días, las pertinentes respuestas.

No suelo explicar más el contenido de mis artículos de opinión, porque mi pretensión es que el lector lo lea, analice, estudie y saque sus conclusiones, pero en esta ocasión me siento forzado a indicar que este escrito está inspirado por los casos relacionados con ciertos Másteres universitarios y con el proyecto liberal de sistema educativo para España que esgrime, desde hace ya un par de años, ese partido de nueva hechura llamado Ciudadanos. Pero también explica buena parte de lo sucedido en las recientes Oposiciones a Profesorado de Secundaria, Bachillerato y FP. También incide en la controversia de lo que debe ser un mérito y/o un requisito para acceder a la función pública. Incide en la acumulación y puntuación de méritos que no son necesarios para ejercer determinadas profesiones. Pone en cuestión, en definitiva, qué son condiciones de igualdad, mérito y capacidad que, con tanto rigor como ligereza en su aplicación, aparecen en los Boletines Oficiales, tanto del Estado como de las CCAA, cuando de ofrecer una OPE se trata.

Deberíamos lavar nuestra conciencia de tantos prejuicios que nos impiden avanzar codo con codo. En una ciudad como Pamplona, en la que la Unión de los 3 burgos fue un Privilegio concedido por un rey, Carlos III, para beneficio de sus ciudadanos y sus descendientes, sería bueno aunar esfuerzos para construir una historia de verdadero progreso. Podemos y debemos hacerlo.

Necesitamos un lugar común para entendernos generaciones diferentes y personas diferentes de la misma generación. No puede ser que hayamos perdido 22 años en el intento.

Pocos días después de la silenciosa muerte de uno de los Mecenas de la Cultura más destacados de nuestra tierra, como fue don Juan Huarte Beaumont, escribo estas ideas In Memoriam.

El autor es profesor jubilado