La Ser cierra ‘Hablar por hablar’ tras 28 años en antena

Carlos Marcos - Miércoles, 3 de Octubre de 2018 - Actualizado a las 06:02h

La Cadena Ser apagó la madrugada del sábado al domingo para siempre los micrófonos de su programa de madrugada Hablar por hablar, un espacio donde los oyentes llamaban para contar sus problemas personales y recibir el consejo de otros que habían pasado por algo similar o que, sin llegar a tanto, querían compartir su punto de vista por si les servía de algo.

Una Elena Francis sin carta ni voces impostadas, también sin red, en la que un micrófono y una voz al otro lado del teléfono fue todo lo necesario para permanecer 28 años en antena y dar pie a un sinfín de espacios que desde otras emisoras intentaron copiar la fórmula mágica, capaz de quitar o retrasar el sueño cada noche a miles de oyentes.

Era un acuerdo tácito entre todos los oyentes. Lo que se dice en la noche queda en la noche. Hasta que llegaron las redes sociales, los podcasts y el pacto inquebrantable comenzó a romperse y entonces cuando uno podía pensar que Hablar por hablar era como uno de esos programas sin recambio que perduran para siempre en la radio, al que solo hay que buscar suplente, una nueva voz, cada vez que la locutora se marcha, renovándose para mantener la esencia.

Gemma Nierga, Fina Rodríguez, Mara Torres, Cristina Lasvignes, Macarena Berlín, Adriana Mourelos. Voces, muchas, que dejaron la oscuridad de la noche seducidas por el brillo de la televisión, aunque casi siempre acabaran regresando a las ondas invisibles. La noticia de la despedida se supo a comienzos de mes y, aunque se conocía de antemano, sorprendió a los oyentes.

hasta el año que vieneSolo un día antes llamaba una señora de voz joven y entusiasta para compartir con los oyentes su 89 cumpleaños desvelando que, tras mucho negarse, se había dejado convencer por su nuera, una de ellas porque hay otra que no le deja ni ver a su nieto desde hace ocho años, para comprarse un Mercedes, que es como han acordado en llamar al “taca-taca”, el andador que se resistía a incorporar a su vida que desde que sufrió un ictus se le hacía necesario.

Además, prometía, pasados 365 días, volver a llamar al programa, “si Dios quiere”, para contar “que he cumplido los 90” y brindar con una copita de cava o una cervecita “que no me la quite nadie”. Silencio al otro lado del micrófono mientras se van recogiendo los trastos. Para qué romper la ilusión.

Llamadas amables, llamadas enfurecidas, llamadas asustadas, etc, ha habido de todo en este tiempo. El hombre que llama para contar que ha empezado a salir con otro hombre, con mujer e hijos, y teme estar enamorándose, como denota que cada vez quiere pasar más tiempo juntos mientras él es reacio a cambiar de vida.

El racista que llama a la radio para decir que no lo es, pero despotrica contra los inmigrantes y hasta rechaza que los llamen “personas”. O las duras historias como la de aquel joven que una noche llamó diciendo que se iba a quitar la vida porque se sentía incomprendido por sus padres y a los pocos días llegó la confirmación, ya con otra voz, de que lo había hecho.

de susurros y silenciosHistorias de noches solitarias, de sueños robados, de malos tratos, de enfermedades, de incomprensión y de mucha soledad de una generación, varias en realidad, que entendían la radio como una voz que hacía compañía y que en programas como este también se escuchaba sin juzgar.

“Solo hemos querido algo tan humano como escuchar y ser escuchados, todo esto sin ser juzgados, como una especie de terapia de grupo sabiendo que solo somos, o que solo fuimos, un programa de radio. Un programa de radio, eso sí, que fue también una ventana al mundo y a otras realidades que tal vez no hubiéramos conocido jamás si usted no hubiera encendido la radio y si usted, que hoy también nos escucha, no hubiera tenido la generosidad de compartir su propia historia. Porque al final esto ha ido siempre de compartir, de ser un catalizador de emociones. Lo que hemos escuchado aquí ha sido un auténtico barómetro, este sí ha sido el verdadero CIS, las preocupaciones, las de aquí, han sido reales. Aquí aprendimos algo que llena artículos y que llena conversaciones y que llena consultas de psicología, y es que aquí aprendimos de empatía, de ponerse en el lugar de otro, de escuchar aquel a ver qué nos dicen los oyentes”, se despedía rozando las dos y media de la madrugada sin decir adiós -porque todo el programa fue en realidad un largo adiós-, Adriana Mourelos.

Hablar por hablar ha sido una radio de voz femenina -solo una noche, a causa de la huelga de mujeres del 8 de marzo lo presentó una voz masculina, la de Roberto Sánchez-, pero también de susurros y silencios, como el que queda ahora en las ondas con el fin de un programa que forma parte del imaginario colectivo, ha dado para tres libros, los escritos por Gemma Nierga, Mara Torres y Macarena Berlín, y hasta una obra de teatro, que en breve inicia gira por España, basada en las historias escuchadas en esta especie de confesionario radiofónico.