omo en Crónica de una muerte anunciada, todo en aquel Montejurra
del 9 de mayo de 1976 invitaba a pensar que algo grave iba a
suceder. Los numerosos llamamientos de los periódicos de derechas
a "Reconquistar Montejurra" preparaban el terreno para que el
Gobierno provisional, que ocupaba el poder tras la reciente muerte
del dictador, dibujara una de las páginas más oscuras de la transición.
La espesa niebla que todo lo cubría y empapaba, en aquella fría
mañana, se convertía en el aliado perfecto para la acción armada
organizada por la ultraderecha española con la colaboración y
beneplácito de Manuel Fraga. "Este año, el ambiente en torno
a Montejurra estaba enrarecido y todos, más o menos, esperábamos
o temíamos un enfrentamiento atizado no por los carlistas, sino
por los intereses que nada tienen que ver con el carlismo. Estaba
en el aire que iban a aprovechar Montejurra para una especie
de pulso nacional que ha resultado irreparable y sangriento.
Lo advertimos en nuestro periódico, previendo unas consecuencias
dolorosas", afirmaba Diario de Navarra el 11 de mayo de 1976.
Desde tres semanas antes del 9 de mayo, en las páginas de El
Alcázar y El Pensamiento Navarro se hacían reiterados llamamientos
para recuperar Montejurra "para el tradicionalismo y el verdadero
carlismo" y alejarlo de la "profanación marxista y separatista"
que, a su juicio "había profanado el monte sagrado". Además el
ministro español de Asuntos Exteriores, José María de Areilza,
entregó un mensaje verbal al embajador de los Países Bajos en
Madrid, para que comunicara al gobierno holandés que si Carlos
Hugo y su mujer, la princesa, Irene (líderes entonces del Partido
Carlista) asistían al acto de Montejurra, no respondían de su
seguridad personal. Las pintadas, en Pamplona, de "Montejurra
rojo, no" o "Moriréis, EKA", sin duda no eran buen presagio.
DÍA 9
Hasta veinte habitaciones fueron reservadas y pagadas por el
que era Gobierno Civil de Navarra, en el hotel Irache, donde
se reunieron un complejo entramado de ultraderechistas compuesto
por: militares descontentos por la reforma democrática, militantes
de Fuerza Nueva y miembros de la autodenominada Comunión Tradicionalista,
activistas violentos de la Triple A, Batallón Vasco Español,
Guerrilleros de Cristo Rey, mercenarios argentinos, italianos
y franceses y miembros de las fuerzas y cuerpos de seguridad
del Estado que, por su ideología, no encajaban las reformas hacia
las que caminaba el país. Semejante cóctel contaba además con
la presencia del hermano de Carlos Hugo, Sixto, que abanderaba
todo el entramado que se había gestado para la Reconquista de
Montejurra.
A los sones de tambores y cornetas, y con uniformes, alrededor
de 250 hombres marcharon en formación militar desde el hotel
en dirección al Monasterio de Irache, desde donde partía el Vía
Crucis que, tradicionalmente, recorría Montejurra en dirección
a la cima. Entre ellos algunos hombres que, lamentablemente,
años más tarde, serían célebres. Muchos de ellos portaban no
sólo unas porras amarillas que les habían proporcionado los organizadores
de la operación sino, varios de ellos, incluso pistolas. Al llegar
a las inmediaciones del monasterio comenzaron a oírse gritos
e insultos. Se oyó un silbato y dos columnas se abrieron en los
laterales, al tiempo que las del centro arremetían. Las piedras
volaban y las agresiones cuerpo a cuerpo se produjeron en un
primer ataque de los ultraderechistas que golpeaban con sus porras
de hierro, de las que los carlistas se defendían con sus makilas.
Tras un primer envite se produce cierta calma, que precederá
a la tempestad.
El carlista Josep Aluja se encaró a un hombre vestido con una
gabardina, una boina roja y las letras RS, como muchos agresores,
en su brazo. Era José Luis Marín García Verde. El hombre de la
gabardina le aseguró que venía a "limpiar Montejurra de comunistas",
a la vez que extraía una pistola FN Browning, del 9 corto. A
la izquierda de Aluja se destacó Aniano Jiménez Santos, militante
carlista de Santander que le gritó "cobarde". Sin mediar palabra,
Marín se giró 45 grados y sin pestañear le disparó un tiro en
el vientre. Aniano se dobló y cayó, siendo sujetado por Eustaquio
Jáuregui, de Pamplona. Semiinconsciente, dijo que no podía dar
su nombre porque estaba fichado por la policía por repartir propaganda.
Le llevaron hasta la puerta del monasterio para su traslado.
Tres días más tarde fallecería en el Hospital de Navarra.
Ante la situación, varios carlistas sacaron de su Land Rover
a los guardias civiles que, sin actuar, asistían desde el coche
al enfrentamiento desde el principio. Después de decir que no
habían actuado porque "cumplían órdenes", se pusieron delante
de los agresores con los brazos en alto y pidiendo calma, dando
lugar a que éstos se dispersaran sin pedir identidades a ningún
agresor, ni siquiera por portar armas, aunque sí lo hicieron
a quienes les habían sacado del coche.
Hacia la cumbre
Tras los disturbios, el Vía Crucis se inició y se dirigió hacia
la campa de Montejurra, donde se unió a todos los que subían
a la misa en la cima. La incredulidad de quienes venían de sufrir
las agresiones se llenó de indignación, cuando al comienzo del
ascenso había más de cien policías nacionales con cascos, escudos
y toda la parafernalia antidisturbios. Ni uno sólo se movió.¶
A la comitiva se unió Carlos Hugo que siguió los pasos de su
mujer la princesa Irene. Pese a las noticias que corrían de boca
en boca, muchos en la subida ignoraban lo que había sucedido.
En la cumbre, entre la niebla, un grupo de unos 20 hombres se
habían hecho fuertes, después de haber pasado la noche. La Guardia
Civil no sólo hizo caso omiso a dos jóvenes carlistas que lo
denunciaron la noche anterior, sino que los mantuvo en la cárcel
hasta que terminaron todos los sucesos.
Hacia las 11.00, Sixto había llegado ya a la cima y junto con
José Arturo Márquez de Prado, mandaban un grupo de hombres armados
con pistolas y con una ametralletadora que esperaban junto a
la gruta, desde donde se domina todo el ascenso. Cuando los primeros
carlistas llegaron a 50 metros de la ermita increparon a Sixto
que se disponía a dirigir unas palabras. Entonces Márquez de
Prado, empuñando una pistola ordenó, "¡haced fuego raso!". Primero
se oyó una ráfaga del arma automática, seguida de disparos sueltos,
y una nueva ráfaga.
Entre la muchedumbre, a apenas 100 metros de la gruta del cristo
negro, alguien gritó, "¡un médico, por favor, un médico¡". Un
joven sostenía entre sus brazos a un muchacho pálido. Pese a
que le practicaron la respiración artificial no se pudo hacer
nada. Ricardo García Pellejero, obrero de Estella de 20 años,
descendió ya cadáver de Montejurra, con un disparo en el costado
y otro en el corazón.
Después de los gritos y el alboroto, varios carlistas decidieron
subir a la cumbre pero ya no había nadie. Encontraron diversa
munición de la pirotecnia militar de Sevilla y algunos alimentos
abandonados. El resto de carlistas, que en número de 25.000 acudieron
ese día a Montejurra, celebraron una misa en la décima cruz.
El presidente del Consejo de Estado, Antonio María de Oriol,
acudió al hostal Irache para telefonear al general Campano, director
general de la Guardia Civil, y decirle que la operación ha sido
un fracaso total y que lo conveniente es que Sixto desaparezca.