HAY muchos tipos de apego al micrófono, casi todos ligados a un excesivo afán de protagonismo o a una vocación frustrada de ser estrella de la canción. El micrófono tienta, qué duda cabe, pero para eso están los karaokes. Uno va, se enchufa, coge el micro, paga por la canción que quiere y la entona como puede y ya está, se acaba su turno y le toca a otro. La gente no puede llevarse a un karaoke un micrófono de casa, ni interrumpir cuando otro canta. Eso no está bien. Por eso sorprende el karaoke que vimos ayer en el balcón del Ayuntamiento con micrófonos ocultos y gritos a destiempo. Que la cosa no es así, que la fiesta, la nuestra, la de Pamplona, es anónima y no hay más protagonista que la gente y la ciudad.