Cuando se llega al 12 de julio , los mozos (y mozas) más pusilánimes creen que ya está todo el pescado vendido y arrojan la toalla de formas drásticas -vestirse de nuevo de civil, marcharse a la playa, encerrarse en casa a hacer zapping desde el sofá o incluso, los más insensatos, ¡hacer deporte!-. Pero los mozos (y mozas) más entusiastas y más expertos saben cómo regular bien sus fuerzas para llegar frescos a las etapas de montaña, saben que hasta el rabo todo es toro, y saben que no es inhabitual que los tres últimos días de fiesta sean, como el queso, el complemento de una buena comida o el suplemento de una mala. Y si vamos quedando pocos, mejor; a más toca.