SI DESDE LA LEJANÍA, a miles de kilómetros de Pamplona, pudiese escuchar por un instante el sonido de los Sanfermines, elegiría las dianas.
Para algunos son demasiado pronto. Para otros, un poco tarde porque se acerca la hora y hay que conseguir primera fila para el encierro. El caso es que las dianas están ahí en medio, entre la noche y la mañana, sobreviviendo a la masificación y, tal vez por eso precisamente, conservando su encanto. El encanto de recorrer los rincones de la parte vieja de la ciudad en compañía de La Pamplonesa, mozos y músicos mezclados, codo con codo y de igual a igual.
Las dianas están ahí, y antigüedad tienen. Fue en 1876 cuando el periódico El Eco de Navarra propuso el nacimiento de esta tradición. Y desde entonces, las dianas anuncian que amanece y que, con la luz de la mañana, llega otro día de fiesta. Por eso, sorprende encontrar a muchos de casa que todavía no han disfrutado de este acto. De la espontaneidad de los mozos, del diálogo que improvisan con los músicos de La Pamplonesa, de la alegría de los que, como pueden, entonan letras, bailan y piden una y otra vez la misma canción -y de la paciencia y el buen humor de los músicos que, una y otra vez, complacen a los mozos tocando la misma canción-; de los vecinos que, al son del Vals de Astráin , tiran de la manta y van asomándose a balcones y ventanas para acompañar el desfile desde las alturas...
Las dianas huelen a mañana fresca y a resaca, a churros recién hechos, a cubatas y calimotxos medio vacíos, a chocolate y a champán. Las dianas están ahí, tan puntuales como el encierro y el Chupinazo, aunque no se hable tanto de ellas ni ocupen portadas de los periódicos. Aunque a veces cueste encontrarlas...
Un día, desde la lejanía, a miles de kilómetros de Pamplona, escuché el sonido de las dianas. Y de golpe volví a los Sanfermines.