En la presente edición de los Sanfermines, Kepa Junkera, el mago por excelencia de la triki , dio el salto a la plaza del Castillo: y a fe que la ciudad lo disfrutó, dándose cita en dicho enclave un ingente número de personas de todas las edades (eso sí, de media superior a la del domingo) y diferentes nacionalidades: y es que, al igual que su música hace años, el de Bilbo ha conseguido finalmente romper lindes, cruzar la frontera de la Media Luna. Abandonar el gueto del euskera para mostrarse en loor de multitudes allí donde, cosa de su impresionante currículum, estaba abocado sin remedio: en el mismo centro de la fiesta. Así las cosas, y al igual que en días pasados, después de la publicidad, sobre las 0.30 horas, comparecieron los músicos (todos de riguroso negro) y el maestro de ceremonias, pantalón negro y camiseta roja, materializándose la fiesta bajo los alegres aires de Oliene y Santimamiñeko Fandangoa , en este arranque: unos temas cuyos sones, con el de la triki como eje principal, saludaron apasionadamente a la noche con sus ritmos festivos y de los que, más allá de sus títulos, diremos que ya forman parte del acervo cultural de Euskal Herria. Unas composiciones de lo más rítmicas, hilvanadas por profusión de instrumentos (alboka, pandero, txalaparta, más allá de los tradicionales) y que, ofrecidas a diferentes nudos, surcaron la noche viento en popa a toda vela, impulsadas en todo momento por un viento a favor muy especial: la total complicidad de los presentes, de un público receptivo que, espoleado por un Kepa pletórico, no dudó en participar del acontecimiento de una forma totalmente interactiva.
Siendo esto así vaya cómo conectaron gentío y artista, qué comunicación la establecida entre ambos, alquimia artística y los presentes. Qué diálogo sin palabras. Qué forma de poner -ponerle- las pilas a la madrugada del martes. Cómo se repasóK , último trabajo del de Bilbo, desde ambos lados del escenario, entre cambios de trikis por parte de Junkera (cambió las mismas ente pieza y pieza como Amador las guitarras el sábado) y solos de diatónica -demostraciones de virtuosismo, en realidad-, ya bajo el ancestral sonido de la txalaparta (qué nivel el esgrimido por los txalapartaris, merecedores de un artículo aparte), ya, bajo las palmas y los botes de la marea blanquirroja que copaba la plaza. Y todo ello en un concierto que durante las casi dos horas que duró mantuvo a la perfección la tensión artística y festiva, pilares básicos sobre los que se asientan los espectáculos de Junkera. Finalmente, bajo la reconocible melodía de Bok espok (tema que abrió Maren , qué magnetismo el de su tonadilla) Kepa anunció el final... en vano, pues estaba claro que aquello era una fiesta y que no iba a acabar. Así las cosas, no les quedó más remedio a los músicos que continuar en escena, a ritmos de arin-arin en un principio y, finalmente, bajo los populares sones de Ortigueira dantzak hasta cerca de las 2.30 horas.
El lunes pasado Kepa llegó, actuó y triunfó en Iruñea; ¿en el gueto? No, fuera del mismo. Como decía la canción de los Auserón, en el mismo corazón de la ciudad.