en la quincena presanferminera comenté en una tertulia que el hierro de la familia Osborne no era añorado ni deseado, ya que su aparato locomotor siempre se ha surtido de combustible de muy bajo octanaje. Y dicho y hecho. Si la vacada oriunda de la casta veragüeña aleada con sangre de Vistahermosa no visitaba desde hace la tira de años los corrales de la Rotxa, esperamos su próxima arribada en el prólogo del Apocalipsis.
Ayer el sol nos dio un respiro, se paseó con el castoreño y sobre el penco un muchacho al que conocí de niño en Mirandilla y que atiende por Juan de Dios Quinta Caballero, y disfruté cuando la solanera animó con palmas por bulerías a la navarra las carreras desaforadas del mozo de Sierra Nevada. Llegué a pensar que podía ser la premonición de una agradable tarde de toros, observando al trío protagonista.
Fue un craso error por mi parte a la vista del detritus armónico de hechuras, pero desclasado y con la casta ubicada en el sumidero. Sabemos los aficionados que el encaste veragüeño se caracterizaba por un poderío desmesurado cuando atacaban con saña a los pobres caballejos sin peto protector y desparramaban sus mondongueras por el coso. Y ahí se acababa su historia, porque se quedaban más tiesos que Tancredo y no accedían a la muleta ni a estacazo limpio. Para equilibrar tal actitud, varios criadores adquirieron materia prima de Vistahermosa y cruzaron con resultados de lo más variopintos. ¿Se acuerdan ustedes de los otrora populares patas blancas ? Pues eso.
La vacada cruzada y atorrante que sufrimos en nuestras carnes en la tarde de ayer tiene un futuro estremecedor, salvo que pacten con la Protectora, la liquiden y sus restos se expandan en las tablas de carnicero. Por si ocurre, tengan mucho ojo porque dicen que lo que se come se cría.
Las ganaderías de este corte y alguna más que nos dará el coñazo no son dignas de nuestra feria, porque con ellas se estrellarían Joselito y Belmonte, si resucitaran. Y a los hechos me remito.
Encabezaba la terna el popular y atlético mocetón granaíno apodado El Fandi, especialista consumado en el tercio de los rehiletes y capaz de alborotar al personal hasta el paroxismo. Ayer no fue su día porque no atinó ni en los terrenos ni en las distancias. Decepcionó con su especialidad y claro, como la muleta es un aditivo con el que es incapaz de ligar una serie aceptable de pases de cualquier índole, el resultado final de su representación se celebra con desdén o como mal menor, con indiferencia. Todo lo antedicho es muy lógico, porque deja a sus pobre bureles hechos unos zorros con carreras desaforadas. Que se lo piense.
La expectación por disfrutar del toreo tanto de Castella como de Jiménez, flotaba en el ambiente. Todo se fue al traste, señoras y señores. El coco descartiano y el corazón de león de Sebastián Castella se estrellaron contra dos muros de piedra berroqueña con aspecto de bóvidos astifinos. Pero la actitud del muchacho de Beziers llegó a tales límites de exposición y riesgo, que se metió a la plaza en los dos puños. A tanto llegó que el avieso Nercito acabó por hacerle visitar el taller de reparaciones. Consiguió una oreja clamorosa. Previamente logró sacar un pozalico del pozo seco que era Trébol y la ovación fue de gala. Te esperamos por esta tierra in secula seculorum .
El marileño César Jiménez no le fue a la zaga.