pamplona. Con la arribada de los toros de Osborne llegó el tercio chapapote del abono, ese que sirve para que figuras, figurillas, figuruelas y aspirantes a tales se paseen por el coso pavoneándose ante mozas y mozos frente a reses de medio pelo. Muchos se preguntaban, tras ver las hermosas capas de los toros de Osborne en el encierro, por qué tan lindos animales no habían venido a Pamplona en doce años. La respuesta la tuvieron por la tarde: son reses genéticamente preparadas para esquivar el trámite del caballo. Les pegan a estos la mitad de lo que les dieron a los de Cebada, Miura o Dolores Aguirre y La Protectora sobra, porque se quedan desguazados en la plaza. Después, como no tienen ni clase ni raza, pueden devenir en peligrosos buscones. De la terna sólo diremos que César Jiménez y Sebastián Castella son dos toreros, éste último, además, con dos pelés bien puestos. De El Fandi, que ya ni banderillea con decencia, sólo se puede exclamar: Fandila, ya te vale.
El tercio chapapote de la Feria sólo tiene dos salidas: una, que las figuras, figurillas y figuruelas se jarten a cortar orejas. Dos, que es la de ayer: todo es un simulacro y un coñazo difícil de digerir. Cuando pasa la opción dos hay bostezos por todas partes y en la zona de solano el bureo es tremendo. Hubo varios conatos de bronca en andanada y hasta sacaron a un tipo con pinta de guiri, mochila incluida, que se pensaba que los de Wisconsin son personas y los de aquí animales y que abusó, como todos los mierdecillas, de la ley de la gravedad.
Para contribuir a la sensación de coñazo y sopor, el tempero fue desabrido. El cielo estaba plomizo y encapotado, y corrían acá y allá ráfagas de aire norteño y fresquito, del que descompone la riñonada.
una plaza preciosa Hemos comentado en alguna otra ocasión, en los demasiados años que llevamos haciendo esta sección, que todo buen aficionado a la fiesta debe ir un día a la plaza de Pamplona pongamos que hacia las seis menos cuarto de la tarde. El ritual de preparación del coso es una preciosidad. Allá hay una legión de personas trabajando para que todo esté a punto a su hora. Primero, ponen el grifo (la boca de agua está en el centro geométrico del ruedo) y le dan a todo una regadita. Después atan a ese grifo una cuerda, de cuyo otro extremo tira un operario trazando una circunferencia perfecta. En el punto adecuado se ha anclado un machón de hierro con el que se marca el doble surco de las rayas, surco que después se rellena de pintura roja con una regadera. Con regadera se remoja también el espacio entre barreras.
Ahí salen los primeros trebejos. Baúles y sacos llevan capotes, toallas, muletas, banderillas, monteras y demás aperos necesarios. También se extienden pullas y se colocan capotes decorativos. La actividad es incesante.
En graderío, las primeras en llegar son las peñas; no en vano tienen que encontrar sitio adecuado. Entran con su música y su alegría y ven el final de la faena: operarios con escobas de mijo dejando el ruedo como una patena. Casi, casi, dan ganas de acampar. Después, van entrando los abonos normales y los últimos en aparecer por sus privilegiadas localidades son los de palco.
A las seis y media en punto, despeje y comienzo del paseíllo. El paseíllo, en Pamplona, es un primor, y así hay que decirlo. Van en formación todos los protagonistas de la fiesta a saludar y a pedir permiso al presidente, y van tan solemnes y gallardos que, si uno se deja embrujar de la magia del momento, siente que ya está recompensado por la entrada que acaba de pagar. Después, matadores y subalternos se estiran aquí y allí practicando toreo de salón. Se abre el portón de los sustos y comienza la corrida. Si en lugar de ser como la de ayer resulta buena, es como para comerse un buen chuletón nada más salir de la Monumental de nuestro pueblo, que es un sitio para soñar.