Puede sonar contradictorio que algún guiri, por definición un sujeto nacido allende nuestras fronteras, pueda reunir la cualidad de Pamplonés de Toda la Vida. Sucede que el PTV, como el bilbaíno del chiste, nace donde le viene en gana. Ser un auténtico PTV, contrariamente a lo que se pueda pensar, no consiste en la trivialidad de haber nacido en Pamplona o residir ininterrumpidamente en su término municipal. Da igual dónde está extendido el certificado de nacimiento o dónde esté empadronado. Lo más importante es presumir de serlo, y hacerlo con un mínimo de fundamento.
El PTV no nace sino que se hace. Se hace a través de una infinidad de ritos de iniciación y del cumplimiento riguroso de una larga serie de tradiciones y liturgias propias, específicas y singulares de Pamplona. El PTV tiene que experimentar un montón de momenticos antes de poder proclamarse como tal; la propia capacidad para comprender el concepto de momentico es una buena prueba de si se ha alcanzado o no la categoría. Debe exhibir un mínimo caudal de conocimientos sobre historia, geografía e idiosincrasia de Pamplona, aunque sean ficticios, e imperativamente debe ser miembro de una o varias de las abundantes sociedades, peñas, hermandades y cofradías que mantienen las esencias de la ciudad y de sus costumbres sea en el ámbito gastronómico, cultural, religioso, deportivo o recreativo. Y ante todo, debe estar orgulloso de ser PTV y convencido de que es una de las pocas cosas importantes que se pueden ser en la vida.
Guiris en los Sanfermines los ha habido siempre, en abundancia y de diversos tipos. Desde el guiri mochilero, inconfundible porque viste igual en el desierto de Mohave que en los chiringuitos de Benidorm o subiendo a la torre Eiffel, hasta el guiri de cinco estrellas que se convierte en glamuroso objeto de atención mediática antes de llegar. Preferimos a estos últimos, claro, pero no hacemos ascos al dinero que dejan los otros aunque sea a poquitos. Nos encanta saber que, además del inevitable Hemingway, por aquí han pasado Orson Welles, Ava Gadner, Arthur Miller o Henry Ford.
En los últimos años se ha hecho notoria la presencia y el protagonismo de los guiris PTV. No cabe duda de que son guiris, lo acreditan sus pasaportes. Pero también más peteuves que nadie. Algunos llevan más años viviendo los Sanfermines que muchos indígenas. El resto de año lo pasan en sus lejanos países, pero no se crea que son PTV "part time". No; ejercen todo el tiempo aunque sea lejos. Lo mismo fundando un club taurino en el rincón más ignoto de Nebraska que impartiendo cursos sobre cultura hispánica en la Universidad de Upsala. Ellos también creen que Pamplona es la mejor ciudad del mundo y suelen padecer el síndrome de Hemingway , se creen copropietarios de la ciudad y de sus fiestas.
A los guiris PTV cuesta distinguirlos un poco más que a los demás. Tienen domicilio propio en Pamplona, aunque sea en casa de los amigos que han ido haciendo. Visten de blanco, son socios de una peña o se traen su propia peña y si te descuidas hasta son titulares de abono para la Feria del Toro. No frecuentan los locales para guiris sino que se confunden en los exclusivos del personal autóctono. Son aficionados a los toros y si las condiciones físicas se lo permiten corren el encierro. Los medios de comunicación no paran de darles cancha para que nos cuenten que llevan treinta años seguidos de Sanfermines y que no tienen otra aspiración en la vida que volver cada año. Desde hace poco hasta existe el premio al guiri de año para reconocer su insistencia.
Eso sí, con los años se toman confianza hasta para quejarse. Han recomendado la visita a Pamplona a muchos compatriotas pero se lamentan de la masificación de gente que no conoce la esencia de la fiesta. Recuerdan los Sanfermines de antes, creen que se están echando a perder y son cada vez menos distinguibles de cualquier otra fiesta. Los más osados dicen que Pamplona ya no es como era. La ciudad se transforma y se parece cada vez más a todas las demás ciudades del mundo, con sus urbanizaciones estandarizadas, con sus presuntuosos bares de diseño sustituyendo a los antiguos cafés y tascas, con sus uniformados centros comerciales, con su consabido palacio de congresos, con sus coches, autovías y aparcamientos subterráneos, con toda la modernización que nos hace vulgares como a todos. Se quejan de que cada vez nos parecemos más a ellos, y no les gusta. A mí tampoco.