PAMPLONA. Los toros de Osborne, que regresaban a las calles pamplonesas tras doce años de ausencia, protagonizaron un encierro rápido y que, probadamente, se situará entre los más limpios de los últimos tiempos: no hubo cornadas y el único corredor trasladado a los hospitales fue atendido de una luxación en el hombro. No se sabía cuál iba a ser el comportamiento de los Osborne: las estadísticas decían que en sus siete últimas comparecencias habían corneado a siete corredores, pero los precedentes más recientes había que buscarlos hace doce años y hablaban de un velocísimo encierro que se saldó sin cornadas ni heridos. El tiempo transcurrido desde entonces ponía una nota de incertidumbre sobre el resultado de la carrera. El caso es que el de ayer era su decimotercer encierro y, quizás para desmentir a los supersticiosos, los toros se empeñaron en dejar un buen recuerdo entre los corredores, que pudieron disfrutar ante las astas, y entre los voluntarios de la Cruz Roja, que se limitaron a colocar unas cuantas tiritas, mientras los servicios de urgencia hospitalarios respiraban aliviados tras ver la retransmisión televisiva.
ESCAPADA DE 'NERCITO' Las reses abandonaron los corrales como si allí les hubieran maltratado. Iniciaron la subida de Santo Domingo con gran rapidez, pero aún así dos de los astados lograron destacarse del resto de la manada, y uno de ellos, Nercito, de espectacular pelaje berrendo en negro, el más ligero de todos, aún sacó unos metros a su compañero de fuga plantándose en la plaza Consistorial en solitario. Antes, mediada la cuesta, un falcesino de 51 años había sido arrollado. José Luis Armendáriz Mendoza quedó tendido en el suelo, algo aturdido, pero en el hospital vieron que sólo sufría una luxación en el hombro derecho. De este tramo sólo se puede reseñar alguna caída sin mayores consecuencias. La configuración del grupo se mantuvo sin cambios hasta la Estafeta: Nercito por delante seguido por otro de los berrendos que iba perdiendo su ventaja sobre el resto de sus hermanos y los cabestros. Eso permitió preciosas carreras delante de los toros que avanzaban sueltos y ante la manada. Los dos primeros tropezaron con las tablas de la curva de Mercaderes sin llegar a caer, y el resto, bien guiados por los mansos, eligieron el más inhabitual de los trazados y la tomaron por el lado derecho. A la altura del número 61 de la Estafeta cayó un corredor y Nercito no saltó para esquivarlo: tropezó con él y cayó de costado. Pero se había propuesto llegar el primero y se levantó antes de que le alcanzaran para seguir su desenfrenada escapada. Para entonces, el otro adelantado ya corría junto a sus hermanos. A lo largo de la calle se volvieron a ver escenas de gran plasticidad ante los cuernos y alguna que otra caída entre los participantes, menos numerosos que en cualquiera de los encierros anteriores. En la bajada hacia el callejón de entrada en la plaza se produjo un incidente similar al protagonizado por el más rápido de los Osborne: nuevamente un toro no supo esquivar a otro caído y rodó por los suelos, pero no quiso quedarse solo y siguió camino de la plaza cerrando la manada. En el callejón se produjo uno de los momentos más peligrosos: uno de los astados golpeó por la espalda a un corredor, pero llevaba la cara alta y todo quedó en el violento empujón y la consiguente voltereta. Cuando pisaron la arena apenas hacía dos minutos desde que habían abandonado los corrales de Santo Domingo. No se entretuvieron en el ruedo y accedieron directamente los chiqueros a disfrutar de un bien merecido descanso. >M. BIDEGAIN