Para los mayas el universo es cíclico, y dispusieron un complejo sistema para contar cada momento, fechar cada suceso. Para ello observaban los cielos y ordenaban su territorio, creando ciudades que ahora yacen comidas por una selva siempre húmeda. En Cobá, en el Yucatán mexicano, una estela conmemora la fecha 13 baktun , que equivale a un fin de los tiempos que algunos han querido fichar en el 2012. Aunque se abandonó hace muchos siglos, los jeroglíficos nos muestran aún ese mundo sorprendente y ajeno, que ha recorrido a lo largo de varias semanas la expedición de la Ruta Quetzal - BBVA, ahora en tierras navarras.
Para Miguel de la Quadra-Salcedo, director y corazón de este experimento educativo que ya tiene veintidós años, todo es cíclico también. Dice que debemos aprender a leer en los paisajes y las personas como se ha de leer la historia de los mayas que adoraron la serpiente emplumada Kukulkan, o al dios de la lluvia Chaak (que no ha parado de bendecir a los expedicionarios). Todo abunda en conocimientos y experiencias que nos permiten afrontar el mundo de manera más solidaria. Andrés Ciudad, subdirector de la Ruta, es experto, precisamente, en el mundo maya y con sus colegas ha ido desentrañando en Guatemala, Belice y México. Otros profesores han ido mostrando, además, que cuando uno visita cualquier lugar todo puede -y debe- ser aprehendido: de la geología de los volcanes a la exuberante naturaleza que esconde la selva, de la arqueología a la historia, de la gastronomía a las manifestaciones culturales.
Calor, lluvia, mosquitos... a lo largo del periplo, los 320 jóvenes participantes de la Ruta de más de cuarenta países y los adultos que los acompañamos hemos aprendido que también las incomodidades pueden merecer la pena. Los últimos días mexicanos recalamos en Tulum, uno de los puertos que usaron los mayas antes de su declive, que ahora se ha convertido en destino de turistas que llegan a esa Riviera Maya para ponerse una pulsera y pasar una semana comiendo y bebiendo (todo incluído) junto a playas vergonzantemente bellas sin enterarse de que a pocas decenas de kilómetros está aún un país que sufre por sobrevivir a una naturaleza dura. O sin saber por qué a las doncellas mayas las llamaban "tallos floridos de maíz", o las convertían en estrábicas, o por qué observaban los movimientos de Venus, del Sol o la Luna. Tampoco saben, los turistas, que por aquellos mares anduvo un Almirante un tanto otoñal, que gustaba de colocarse collares y pulseras, creyendo haber descubierto la Nueva Jerusalem, las tierras de Chipango. Colón lleva quinientos años muerto, y ahora sólo queda el turismo de masas.
Ahora que se encaminan hacia el Pirineo navarro, los ruteros y ruteras descubrirán ritos extraños, como ese tributo de las vacas roncalés o el camino hacia el Occidente y al Fin del Mundo que marcó la edad media también en tierras navarras. Diez mil kilómetros al oriente de ese mundo de los mayas que ahora conocen un poco más, también hay gentes que miran al cielo. Al menos, cuando no está nublado.