ACABA por fin La isla de los famosos, ese programa kafkiano en el que unos tipos medianamente conocidos sobrevivían mostrando el palmito a la audiencia. Poco puedo decir de este programa salvo lo ya señalado. Datos de un mechero penetrado con nocturnidad y vaginismo por Marlene, el novio de la Terelu Campos que le operaron de una almorrana gigante y una italiana loca que la abandonaron a las primeras de cambio en la soledad de una isla cercana y, tras hablar con todos los cocos, finalmente fue la ganadora. Lo peor de poner punto a esta pesadilla televisiva es que su final coincide con una nueva monstruosidad de Antena 3 Libertad vigilada. Acaban de meter a siete chicas y siete chicos en un hotel de lujo de Fuerteventura, lleno de cámaras, a través de las cuales les espían sus papás. Esto podría ser el sueño de muchos padres. Ver por un agujero lo que hacen sus hijos, pongamos por caso en Sanfermines o en la fiesta fin de curso. De nuevo se da una vuelta de tuerca al exhibicionismo y al morbo del mirón sin escrúpulos. Como espectadores no tenemos la sensación de estar violando algún control ético o algo parecido. Sin embargo, inevitablemente me pongo en el pellejo de las familias que hay detrás de cada uno de esos 14 jovenzuelos y todo cambia. Si por algo se caracteriza nuestra televisión en los últimos años es por haber inventado la profesión de concursante de reality Show . Actualmente existe toda una hornada de profesionales del vivir las 24 horas del día delante de una cámara. Es tal la admiración que despiertan que los casting se convierten en verdaderas concentraciones multitudinarias. Como la justicia y otras materias en este país, la intimidad tiene un precio y hay gente dispuesta a venderla sin que se les caiga por ello la cara de vergüenza.