IETE potentes bombas explosionadas de forma casi simultánea en hora punta en sendas líneas del tren urbano de Bombay han convertido a la capital económica de la India en una ciudad azotada por una masacre y presa del pánico y la psicosis de saberse blanco del último zarpazo del terrorismo islamista. Ayer ascendían a más de 200 las víctimas mortales de unos atentados que volvieron a poner al mundo bajo la sombra de la guerra de civilizaciones con una matanza cuyo modus operandi llevaba el mismo sello que los ataques masivos e indiscriminados que se han sucedido en los dos últimos años en los transportes públicos de Madrid, Londres o Sharm el Sheij. En esta ocasión, ha sido la ciudad de Bombay -otro simbólico centro de infieles en el punto de mira del fundamentalismo islámico- la que amanecía ayer bajo una declaración de alerta. Pese a que aún permanecen abiertas las incógnitas sobre la autoría y de que en el contexto de los ataques planea el conflicto de la región fronteriza de Cachemira -sobre la que India y Pakistán libran un histórico pulso no exento de violentas sacudidas-, los atentados en Bombay no deberían aislarse de la guerra santa que han proclamado los grupos, células o milicias del fundamentalismo islamista y que han extendido a todo el planeta. El supuesto conflicto territorial de Cachemira parece presentarse como un pretexto para el enfrentamiento de la yihad globalizada. Cabe la duda de que estos últimos atentados en el centro financiero de la India sean imputables a grupos integristas hindúes o al llamado Ejército de la Pureza de los extremistas islámicos afincados en la vecina Pakistán, pero el germen de fondo o la raíz de la guerra religiosa sería la misma. La Historia demuestra que las guerras santas, con independencia de religiones, épocas o continentes, son las más cruentas y enraizadas. El siglo XXI no parece que se haya estrenado como una excepción, con el agravante de que la política no menos integrista de EEUU autoerigido como guardián de Occidente está siendo el mejor espoleador de la clásica y trágica estrategia acción-reacción-acción abrazada por el terrorismo islamista para azotar a Occidente e intentar atrapar al mundo musulmán bajo el manto de su ideología teocrática y totalitaria.