l OS cooperantes acabarán siendo una tribu más del microcosmos saharahui. Procedentes de una larga serie de países (aunque con preponderancia de los las penínsulas Ibérica e Itálica) conforman una pequeña ONU que es, a la larga, mucho más eficaz a pie de planeta que esa mole burocrática de la que EEUU es insumiso. Protocolo de Rabouni es su epicentro. Hoy por la mañana tendrá lugar la inauguración de la base de transportes para la distribución de la ayuda humanitaria en los campamentos de refugiados saharauis, financiado por la Agencia Española de Cooperación Internacional.
En una de las pocas construcciones sólidas. aunque muy precarias. del lugar tienen su centro de operaciones (y de descanso) las principales ONG, entre ellas la de los navarros de Técnicos y Trabajadores Sin Fronteras, que ha logrado construir la importante base logística de transportes que se inaugura en presencia de las principales autoridades locales y de entidades internacionales. Tampoco faltarán los tres parlamentarios navarros (Carlos Cristóbal, Miren Egaña y José Miguel Nuin), una especie de tripartito del desierto que estos días visita el lugar, avalados por una amplia trayectoria de compromiso personal y político con esta causa.
Pero los verdaderos protagonistas son los cooperantes y sus compañeros saharahuis, que durante un largo año, en un auténtico auzolan en el desierto, han logrado levantar lo que será una pieza clave para recibir a los camiones de ayuda humanitaria y conseguir, con unas dosis de racionalización y gestión que no abundan por estas latitudes, que la misma llegue a las familias que las necesitan.
ambicioso proyecto Esta base está a medio camino entre una instalación de calibre (para los saharahuis levantar algo fijo significaría claudicar y renunciar a que esta situación de refugiados sea provisional) y la liviandad del actual sistema de recepción de estos vehículos de gran peso, cuyos choferes tienen más mérito que el más laureado piloto del París- Dakar.
Durante todo este tiempo y a fuerza de agotar sus vacaciones y lograr coberturas de sus compañeros de trabajo, han sido muchos (casi medio centenar) los voluntarios que han dejado su vida en Pamplona y Navarra para encontrar ese lugar en el mundo.
Se trata de un ambicioso proyecto, que además reúne la peculiaridad de conformar parejas de trabajo con la población local, con lo que se consigue, de paso, una importante labor de formación. Un fontanero cooperante trabaja con uno local, el electricista hace lo propio con su homólogo saharahui, y así hasta conformar una larga lista de matrimonios de conveniencia y parejas bien avenidas, aunque, como en todas, haya momentos de tensión y de crisis. Son dos mundos y dos maneras de ver la vida y el trabajo que se juntan en el tajo de sol a sol.
Bueno, aquí se trabaja sobre todo cuando éste baja, es decir, desde las seis de la mañana hasta el medio día y luego desde las 17 horas hasta la noche. Y es entonces cuando los cooperantes vuelven a casa, a su casa en el desierto, y en torno a la escasa comida compartida que hay se comentan las experiencias, se entablan amistades internacionales y, en algunas ocasiones, hasta algo más.
Si hubiera cámaras (difícil, porque ni siquiera hay Internet y la electricidad viene de un grupo electrógeno) sería una especie de Gran Hermano en el desierto. Muchas horas de convivencia, sudores, risas y también cabreos y desmoralizaciones se concentran en estas paredes de adobe que rodean un patio central, donde los corros veraniegos, antes de ir a dormir, sirven para dar un repaso a la jornada, hablar de la siguiente, y, por qué no, contar una serie de anécdotas. Si no fuera porque esta gente tiene mucho más de insumisa, alternativa y de compromiso por solidaridad y voluntariedad (además son en muchos casos las mujeres las que con un sentido de la practicidad y eficacia mayor tiran del carro), podrían equiparse a aquellas batallitas de la mili.
Por suerte, el servicio militar obligatorio en el que los mandos jugaban a ser estrategas desapareció y por desgracia, lo que hay o hubo aquí es una guerra de verdad en la que los cooperantes, con sus cosas y su celo profesional, ponen una luz de esperanza y de entrega sin esperar nada a cambio: sólo, que el mundo cambie a mejor.