Seguía siendo lunes. Nadie sabía en realidad dónde había quedado el tiempo, ni si éste había existido alguna vez. Desaparecido todo sistema artificial en el planeta, ya no era posible conocer la fecha, la hora, el momento medido. Tan sólo el eterno INSTANTE PRESENTE, el ahora. Lunes, decían.
Como quien -en cierta novela de cuando se contaba el paso del tiempo- se eternizó, paralizado en el tiempo; así quedó la Humanidad de un día para otro. Un lunes, una Luna Nueva. A diferencia de que ésta, siguiendo su danza vital, iba cambiando. Lo mismo el hermano Sol, alumbrando cada mañana del perpetuo lunes, tan inmóvil como cambiante.
Ya en la época del tiempo contado, se auguraba un llamado fin de la historia ; pero éste no había podido comprenderse hasta hacerse presente. Éste no era sino la conclusión de lo que tanto había hecho sufrir a los seres humanos, algo que habían creado ellos mismos: el paso del tiempo.
Tras el salto planetario, Lunes había pasado a tener otro significado; ser Lunes era ser HOY, era ser AQUÍ, AHORA. Por eso diré, desde el otro lado del llamado Apocalipsis, que escribo un LUNES.