SEVILLA. Ni por encargo salen tardes tan malas. Un fracasado festejo cuyo punto de partida fueron los toros. No vale culpar a los toreros, que en todo caso pecaron de querer agradar a toda costa. Y ya lo dijo El Gallo, Rafael: "lo que no pué sé, no pué sé. Y además es imposible". Pues eso.
Por mucho que pretendieran pegar pases a unos mulos con cuernos, nada podía resultar. Sólo el cuarto se desplazó algo por el pitón derecho, y ahí estuvo Luis Vilches, muy firme y resuelto. Medido en el planteamiento y poniendo la chispa que tampoco tenía el astado.
Fueron tres series por el lado derecho con cierto compás, con limpieza y toque de gracia torera. Quizás hubiera tenido alguna resonancia más si llega a sonar la música. Pero no estuvo la banda por la labor. Y desde luego habría tenido mayor eco si Vilches mata como es debido.
Es lo único que se puede contar.
Aunque está claro que pasaron otras cosas, muchas más cosas sin ninguna transcendencia. Por ejemplo, el esfuerzo, notable por parte del mismo Vilches, en el que abrió plaza, al empeñarse en un muleteo inútil en la querencia del manso, que embestía al paso, sin humillar y con recorrido muy corto.
Eduardo Gallo también pegó en su primero muchos pases, o mejor proyectos de pases, sin dejar ningún poso. Si acaso destacar unos ayudados finales. Pero nada.
En el quinto, rebrincadito y defendiéndose mucho, cuando se agotó del todo, que fue pronto, Gallo se marcó un simulacro de parón que tampoco dijo mucho.
El Capea no pudo calentar con el muy soso tercero, y eso que también trató afanosamente de buscarle las vueltas. Y en el sexto, rajado a las primeras de cambio, más de lo mismo.Una tarde para olvidar. Pero ya. Porque si fue mala sufrirla, mucho peor recordarla.