CÓMO pasa el tiempo. Once veces ha dado la vuelta completa el calendario desde que el Tour de Francia llegó a Navarra. Era un 17 de julio y Pamplona prolongó los Sanfermines. La ciudad no volvió a la normalidad habitual, que suele traducirse en una desbandada de población rumbo a Salou, sino que estiró la fiesta para llenarse de visitantes que hablaban en todos los idiomas, medios de comunicación -y de seguridad- y la tremenda maquinaria deportiva, logística y publicitaria que arrastra el Tour allá donde va.
Era el homenaje a Induráin en el que se presumía su sexto Tour. No hubo victoria, ni siquiera opciones para lograrla, pero la fiesta no se apagó. Los éxitos que celebrar de los cinco años precedentes derrotaron a la tristeza de ver que Miguelón era humano. Que, como todos, no siempre podía lograr aquello que se presuponía. Que no era un extraterrestre.
Así que Navarra se lanzó a recibir al villavés. No iba a ser nada fácil que el Tour arribara otra vez a Pamplona, y menos con el mejor deportista de la historia de la Comunidad Foral como centro de atención.
Cierto es que la Grande Boucle había transitado ya en dos ocasiones anteriores por Navarra, pero nunca otorgándole un final de etapa. Ni siquiera una salida. Pero en esta ocasión había doblete. Meta el 17 y salida el 18, ambas en la capital, con la ilusión de que el Tour al completo iba a hacer noche en Pamplona.
Televisión Española no habría logrado un gran share aquellos días en Navarra, porque pocos se quedaron en casa. Además, el Tour dejó pocas excusas para hacerlo, porque fue generoso visitando pueblos. Entró por Izalzu y llegó a Pamplona a través de Ochagavía, Ezcároz, Jaurrieta, Abaurrea Alta, Garayoa, Aribe, Garralda, Espinal, Mezquíriz, Viscarret, Erro, Urroz, Huarte, Villava y Burlada.
Dolía ver a Induráin entrar en su tierra en un segundo grupo, cediendo tiempo y más tiempo y viendo cómo el Tour se escapaba definitivamente en favor de un Bjarne Riis hoy en entredicho, escoltado por un joven Jan Ullrich más en entredicho si cabe, y Virenque, que también vivió lo suyo años después. Ganó Laurent Dufaux en Pío XII, y se llevó un enorme aplauso, pero nada comparado a lo vivido cuando entró en meta Induráin ocho minutos y medio después.
A nadie le habría gustado más que al ciclista de Banesto poder pasar por Villava, por delante de la casa de sus padres (donde se instalaron incluso unas gradas), en cabeza, vistiendo de amarillo, su color durante cinco años. Su color.
la organización
El Tour se saltó el protocolo para arropar a Induráin en casa
Pero era momento de derrochar alegría y todos los pueblos se engalaron en su pequeño día de gloria. Tiraron de pancartas con Induráin como casi exclusivo destinatario. Y no sólo para animarle; en muchas de ellas le daban las gracias. Todos eran conscientes de lo irrepetible del campeón villavés.
También captó el mensaje la organización del Tour. Un encantado Jean-Marie Leblanc, artífice de la aventura navarra de la carrera, permitió que el estricto protocolo se quedara en agua de borrajas al invitar a Miguel Induráin a subir al podio al final de la etapa, para compartir protagonismo con Bjarne Riis. El rey destronado y su efímero sucesor. La afición lo agradeció.
Como también se saltaron a la torera los reglamentos para que al día siguiente los coches del Banesto marcharan justo detrás del pelotón en la salida neutralizada y recibieran el cariño de la numerosa afición que no dejaba ver los arcenes.
La tarde-noche anterior se convirtió en un pergrinar de aficionados y curiosos de hotel en hotel buscando un autógrafo, una gorra o cualquier recuerdo de cualquier equipo, aparte de lo que ya regalaba la caravana publicitaria, otro aliciente más que hace más llevadera la espera. O, sin más, ver a los mecánicos preparando las bicis, asomarse a los autobuses de llamativos colores o intentar distinguir quién es ese ciclista, porque lleva moreno de ciclista, cuando no lleva el maillot que le identifica. El caso es que la afición se volcó -al igual que las fuerzas de seguridad, necesarias para garantizar la ausencia de incidentes- y el Tour "tomó nota", aunque aún se espera que recompense lo vivido con una etapa plenamente navarra, más allá de unos cuantos kilómetros de refilón .
El Tour se despidió de Navarra recorriéndola. Algunas suertudas poblaciones repitieron. Otras disfrutaron por primera vez con los ciclistas y la caravana publicitaria que, camino de Hendaya, pasaron ante sus casas. Como Olaz. Ahí estaba el kilómetro 0, porque ahí vivía Induráin y ahí le esperaban su esposa, Marisa López de Goicoechea, y su hijo. El villavés puso pie a tierra y se despidió de su mujer con un beso entre los aplausos de la muchedumbre, que no abandonó al pelotón en su paso por Huarte, Zabaldika, Zuriáin, Zubiri, Agorreta, Erro, Viscarret, Espinal, Burguete, Roncesvalles, Valcarlos, Erratzu, Bozate y Dantxarinea, por donde ya regresó a Francia para no volver. Hasta mañana.
el futuro
Una etapa entre Pamplona y la Piedra de San Martín, el objetivo
Regresó entonces la calma a Pamplona con un regustillo de tristeza al pensar que pocos días después los inquilinos del podio de París serían otros, y que era posible que el navarro no lo pisara nunca más, como finalmente sucedió, porque aquel fue su último Tour, pero no el último Tour de Navarra.
De hecho, se negocia desde hace tiempo una etapa que enlace Pamplona con la Piedra de San Martín, una jornada de montaña que se pretende sea posible en 2010. Mientras tanto habrá que conformarse con que el Tour se acuerde de la Comunidad Foral. Aunque sea para pisarla 54 kilómetros.