tudela. "Hasta el momento no se ha atendido en el Hospital Reina Sofía a ninguna persona procedente del encierro de esta mañana". Este escueto comunicado, enviado por el director del centro hospitalario, es el mejor reflejo del cuarto encierro de Tudela que se celebró ayer. Sin emoción para el público, sin incidentes ni caídas, pero extraordinariamente atractivo para quienes de verdad viven la carrera como una experiencia especial. Los nobles astados de Esteban Isidro, que se lidiaron por la tarde, permitieron que muchos de los expertos mozos disfrutaran delante de los cuernos sin ningún tipo de apreturas, sin embestidas ni derrotes que hagan disparar el griterío tudelano. Todo tranquilo, tan tranquilo como las fiestas que está viviendo la capital ribera.
El hecho de que fuera sábado despertó expectación y parecía que las calles del recorrido iban a presentar ese aspecto esperanzador del pasado año, cuando la gente que se subía a las vallas y los corredores parecían fundirse en una marea humana. Pero la atracción del nuevo recorrido y de los nuevos toros no parece dar los frutos esperados en cuanto a participación, aunque sí en la variedad y la vistosidad de las carreras.
En los poco más de 4 minutos que duró ayer el encierro de Tudela no hubo más tensión que la que buscaron los propios corredores. La tensión de los rostros, los abrazos de amistad entre colegas y el calentamiento de piernas antes del cohete inicial demostraban que algunos de los habituales en este ritual del encierro habían vuelto a Tudela después de un año de ausencia. No sólo tudelanos, sino también del resto de Navarra, e incluso de otras comunidades autónomas, eligieron el día de ayer para disfrutar del placer de correr sin apreturas delante de toros de lidia.
La manada salió muy estirada y apenas tuvo participantes en el primer tramo, donde los astados prácticamente corrieron solos, bien dirigidos por los mansos. A la altura de la calle Peñuela, uno de los toros se destacó del resto y decidió emprender la guerra por su cuenta, dejando atrás a los cinco hermanos de manada que, hechos una piña, ocuparon todo el rato el centro de la calle, permitiendo el relevo en las carreras y la entrada de nuevos mozos. En la curva junto al parque de Otoño, el manso que guiaba al toro de cabeza golpeó duramente el vallado, golpe al que siguió el de los otros cinco toros que marchaban algo más retrasados. Enseguida aparecieron las carreras limpias, rectas delante de las astas sin necesidad de tocar en ningún momento al animal, llevándolo a su propio trote hasta la curva de entrada al callejón.
Así concluyó, sin heridos ni curiosidades, excepto para los divinos , que lo disfrutaron desde dentro y que mañana se volverán a encontrar en otra más.