estella-lizarra. La ciudad del Ega se despertó ayer al ritmo que marcaron los bombos, gaitas y tambores. La tradicional Bombada animó las calles durante toda la mañana con decenas de participantes, entre ellos, muchísimos niños a los que se les nota que disfrutan de lo lindo haciendo ruido a pesar de que les resulte difícil llevar el compás.
El ritmo, como en cada ocasión, lo llevaron un par de gaitas y un hombre que portaba una trompetilla típica de las hinchadas de fútbol. Aun así, se esforzaba en seguir al pie de la letra la única partitura y en la cara se le notaba el esfuerzo.
Acompañando a los tres músicos había decenas de personas de todas las edades: unas con el tradicional bombo, otras con tambores y tamborillos, y otras más portando cualquier objetivo que sirviera para meter bulla, incluidos utensilios de cocina. Era lo de menos.
Como en cada ocasión, La Bombada tuvo ayer sus prolegómenos en la Peña San Andrés, donde desde hace más de una década hay cuatro socios que se encargan de preparar el almuerzo para los que después salen por las calles. Javier García, Enrique Arana, Jesús Ojer y Jesús López hacen siempre la mañana del lunes festivo el turno de barra en la sede de la peña y también el almuerzo, que se encarga de adquirir el Ayuntamiento. "Llevamos ya muchos años haciendo este almuerzo, más de diez, y siempre somos los mismos. Unos hacen barra y otros hacemos el almuerzo, pero también lo pasamos bien", señalaba Arana, a la par que se afanaba en dejar crujiente la txistorra, de la que se sirvieron cerca de cinco kilos.
"También hacemos unos tres kilos de panceta, todo acompañado de pan y regado con buen vino y cerveza. Así, los que salen en La Bombada pueden tomar algo y beber para reponer fuerzas", decía. También en el bar El Che otros tantos almorzaban esperando que se iniciase el pasacalles.
Sobre las once de la mañana comenzaron los preparativos en la peña y, pasadas las doce, se inició La Bombada, como manda la tradición, desde la plaza de San Martín. Como en cada ocasión, no existió un recorrido fijado, y todos los participantes se movieron improvisando. La primera parada para tomar un refresco, o algo más los valientes, se hizo muy temprano, en la plaza de Santiago, tras pasar por la calle Mayor. Después, en la renovada plaza de la Coronación hubo otro descanso, y así hasta que los participantes se cansaron, pero para entonces ya eran más de las dos del mediodía.
¿concurso de disfraces? Lo más curioso de este acto, que nació hace más de tres décadas de manera totalmente espontánea, es que con los años va tomando un cariz diferente, aunque, eso sí, manteniendo su esencia. En los últimos tiempos, la mayoría de los que participa se afana en salir disfrazado como si se tratase de un concurso.
Desde el inicio se ven vestimentas llamativas y curiosas que provocan más de una carcajada entre los espectadores que se acercan a ver pasar el desfile. Ayer, por ejemplo, había toros, personajes de terror, chalecos reflectantes..., y por no hablar de la variedad de gorros. Cualquier despistado que se acerque a Estella el lunes de fiestas puede pensar que está en la tradicional carrera de caballos de Ascot (Inglaterra).
Uno de los ejemplos de gorro curioso lo portaba en la cabeza Hugo Fernández quien, con sólo diez años, ya tenía ayer experiencia en este acto. Ataviado con un sombrero de vikingo, era su segunda Bombada. "Vengo con el tambor y porque me trae mi tío, Felipe García. Paso un buen rato aunque no me sé muy bien la canción. No creo que llegue hasta el final porque el tambor pesa bastante y te cansas", decía poco después de iniciarse la marcha.
También de su edad es Ángel Manuel Luquin, que estaba acompañado de Iñaki Azcona, de cinco años. Luquin comentó que "con éste llevo ya tres años, por lo menos, participando. Vengo porque me gusta hacer ruido, aunque de las fiestas me gustan más las barracas. El año pasado no pude llegar hasta el ayuntamiento, a ver si éste año puedo, porque el bombo pesa bastante y luego me duelen los hombros. A ver si aguanto".
Cerca de ellos dos desfilaban también en pareja Miguel Arbide y Sergio Blanco, de once años. Para el primero La Bombada no era una novedad, aunque no así para el segundo de ellos. "Es la primera vez que salgo. No he traído bombo, sino el tambor porque antes iba a clases de batería. No es fácil tocar el tambor", señaló mientras se esforzaba en seguir al pie de la letra el estribillo. Para otros, como Imanol Ibarrola, de 5 años, no parecía complicado seguir el ritmo a juzgar por la cara de felicidad con la que desfilaba junto al puente del azucarero.
hay cantera asegurada Lo que ayer quedó claro es que La Bombada tiene asegurado el relevo generacional. No se sabe muy bien si en verdad los niños participan porque quieren (parece que sí) o porque son los padres los que disfrutan viéndoles hacer ruido. Quizá pensarán que luego en casa ya no tendrán ganas, aunque también es cierto que los pequeños gozan tocando con todas sus fuerzas sin que nadie les llame la atención. De paso, los progenitores aprovechan, cámara de fotos en mano, para inmortalizar el momento.
Pero no sólo de cantera vive La Bombada, ya que hay algunos bastante más veteranos que desafían la resaca de la noche anterior para sumarse al pasacalles, aunque quizá no desde el inicio. Las caras de sueño y las gafas de sol en mañanas de lluvia les delatan, aunque no por eso dejan de esforzarse en su tarea. "Con lo bien que estaría yo ahora en casa metidico en la cama", decía un joven al que no le había dado tiempo de almorzar. "Me había puesto el despertador para levantarme pero, ya sabes lo que pasa, que después de tantos días de fiesta al final se te pegan las sábanas. Mucho que me ha dado tiempo de venir un rato", manifestó.