egún estaba intentando digerir la historia esa de la muerte digna en la cruz pero indigna si uno quiere evitar el dolor, me llega, a través del recién creado Servicio de Información y Noticias Científicas de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (perdón por el abuso de mayúsculas, pero si digo SINC y FECYT lo mismo piensan que me he vuelto arzobispo emérito y chocheo), un trabajo de las universidades de Elche y Murcia sobre la fobia social en los adolescentes españoles.
La investigación dirigida por los psicólogos José Antonio Piqueras y José Olivares se centra en los chavales que sienten miedo y ansiedad, de forma acusada y persistente, que pueden llegar a ataques de pánico, pero normalmente provocan conductas que evitan en el joven el mirar a los ojos, o incluso participar en su entorno. Es una timidez exagerada, que puede llegar a afectar a un 13% de la gente, y que habitualmente empieza antes de los 25 años. En el estudio han analizado a casi mil adolescentes de entre 14 y 18 años, para ver qué dimensiones puede tener esa fobia social, y cómo a veces es algo específico y otras generalizado, a veces se centra en la interacción con los otros y otras en la ansiedad de actuación.
Hay quienes llegan a tener terror por lo que otros opinarán de lo que hacen o dicen. Y parece que ya en la adolescencia aparece un exagerado miedo al fracaso, y una inhibición a exponerse, a decir dónde está uno. Cada vez es más difícil vivir, y ya desde niños se nos exige por un lado ser clientes del mundo adulto sin dejar de ser niños tutelados de por vida. Teniéndolo todo, o teniendo más de lo que nunca ninguna generación tuvo a mano, se encuentran incapacitados para decidir su lugar. Quizá porque ya se fijó dónde deberían estar desde hace mucho. O igual es que en este mundo tan competitivo, incluso la timidez se convierte en síntoma de fracaso.