yer presentaban en Madrid el descubrimiento de un nuevo planeta extrasolar. Éste, en concreto, está orbitando en torno a una estrella, denominada GL 436, y nos queda a una distancia que la luz tarda en cubrir 30 años. Según miramos para la constelación del León. El planeta es relativamente parecido a la Tierra, y esto hace del descubrimiento algo interesante: de los 287 exoplanetas catalogados la mayoría son enormes, posiblemente bolas gaseosas y calientes. Es comprensible que encontrar uno más parecido al nuestro interese, porque eso confirmará las teorías de formación de los planetas, y sobre todo porque permite seguir especulando con la existencia de otros mundos, quizá otros mundos donde haya vida.
Como suele pasar en estas cosas de la astronomía, nadie ha visto realmente ese planeta. Es lo bastante pequeño y está lo bastante cerca de su estrella, que a su vez está lo bastante lejos como para que sea imposible verlo ni con el mejor de los telescopios. Pero los astrónomos han intuido que tiene que estar ahí porque han visto su influencia en la órbita de otros dos planetas que tiene esa estrella.
En 1846 un sistema similar permitió encontrar Neptuno, el planeta que faltaba, y que provocaba que Urano se desplazara en torno al Sol de forma peculiar. Ahora, la misma ciencia que permitió el enorme adelanto de la edad moderna nos muestra que sigue valiendo para descubrir cosas. No puedo, ni quiero, dejar de plantearme, siempre que acudimos a un descubrimiento de la mano de la ciencia como el del nuevo planeta, que afortunadamente seguimos pudiendo preguntarnos sobre la naturaleza, intentar comprenderla, descubrir sus reglas e interferir en su funcionamiento. Qué fácil sería mandar a la hoguera, proclamar el anatema o invocar a los libros sagrados y la antigüedad para negar todo lo que la ciencia descubre. Y qué miedo da que algunos quieran volver a ese estado de cosas.