pamplona. Define la cultura de hoy como una "cultura sin culto", que se proyecta en múltiples soportes -el libro ya es sólo uno más- y en la que el artista no es creador, sino productor. Ya no existe el escritor semidivino, ahora es un trabajador que, dice Verdú, "se dedica a llenar páginas de garabatos lo mejor que sabe".
Sostiene que vamos hacia una "cultura sin culto". ¿A qué se refiere?
Ya estamos en ella. Desde la extensión de la cultura de masas, se asiste a una cultura en la que el artista es un productor y no un creador. Esta idea semidivina del artista es anacrónica. Ahora es un trabajador más con unas habilidades determinadas que crea productos para enriquecer el mundo en el que vivimos y que encuentra clientes, receptores, o no.
En esta cultura sin culto, ¿qué papel juegan los libros?
Los libros han sido sacralizados; esta idea que los padres manifiestan a menudo de que si ven a un hijo leer ya parece que tenga un camino dirigido a la salvación, mientras que si le ven con un videojuego se va a perder… O eso de que el libro nos hará libres, el libro nos salvará, el libro nos hará vivir más vidas… Bueno, hay libros que te salvan y libros que te condenan, libros que te hacen libre y libros que te hacen esclavo. Esa sacralización del objeto es ya un concepto vetusto y ridículo. Eso que cantaba Vainica Doble de que "todo el saber está en los libros"... Ahora precisamente, en los libros está un porcentaje del saber, y contando con todos los medios de conocimiento e información que hay, el porcentaje del saber que hay en los libros respecto al total es cada vez menor.
¿Y qué función tiene el escritor en esta nueva cultura?
El escritor es un trabajador que se dedica a llenar páginas de garabatos y que, como los demás trabajadores en otras cosas, hace lo mejor que sabe y lo mejor que puede para vivir de la venta de su producto.
En un tiempo en que nadie da sin esperar un beneficio, ¿debe el escritor escribir sin pensar en vender?
Todos los escritores han deseado siempre tener el mayor número de lectores. Y si en algún momento nos hemos conformado, como en mi juventud, con tener un número de lectores reducido, era porque esos lectores tenían mucha calidad, eran muy selectos, una especie de grupo de culto. Tú hacías una obra de culto y ellos eran cultivadores o feligreses de ese culto. Pero cuando todo esto se seculariza y la sociedad pierde esa idea sagrada de las cosas, lo que un escritor desea es ser comprendido, apreciado o celebrado por el máximo número de gentes. Quien diga lo contrario, está mintiendo.
Los medios de comunicación, ¿a qué contribuyen en la cultura sin culto?
Los medios dan algo que la gente quiere: sensaciones. Ocasiones de vivir experiencias, compartir conflictos, recibir novedades…
¿Y dónde queda su función de servicio social?
Es que esa idea redentorista del periódico o del periodista como predicador, como salvador de la humanidad, es religiosa. Eso no es del tiempo en que estamos.
¿La religión no es de nuestro tiempo?
La religión no desaparece nunca, lo que pasa es que ahora cambia de sujetos, se transforma en otras cosas, en supersticiones, en un culto al cuerpo, en hierbas que aumentan la longevidad o que procuran la fertilidad, en creencias irracionales, en adhesiones a equipos de fútbol que son como de feligresía…
Frente al siglo XX en que se creía en la realización de utopías, usted define el siglo XXI como descreído, cínico y superficial.
Sí, el siglo XX tuvo la pretensión de transformar la sociedad a través de sistemas políticos y sociales que revolucionaban el orden establecido. Unas utopías totalitarias, a veces en forma de fascismo o comunismo, pero que buscaban transformar la sociedad y con ello al hombre. Después de lo que supuso el fascismo con la II Guerra Mundial y el comunismo con los campos de concentración, los gulags soviéticos y toda la falta de libertades, esas utopías decepcionaron a la sociedad. Y entramos en el siglo XX con ese escepticismo o cinismo. En cuanto a lo superficial, tiene que ver con que una cultura basada en el libro es una cultura intensiva, exige concentración, desciframiento del jeroglífico que es la letra; requiere intensidad y profundidad en la mente. Mientras que la cultura que predomina ahora es audiovisual, está en las superficies, en pantallas, altavoces o bafles, en esos viajes rápidos delow cost, en las visiones de las ciudades, los paisajes, la velocidad a la que se asiste a un lugar desconocido, etc. Es una cultura más extensiva que intensiva.
Esta cultura de lo inmediato, ¿exige al escritor nuevos modos de llegar a los lectores?
Ahora y siempre, lo que importa en la literatura es ejercerla con convicción y a partir de lo que uno desea. Si se hace de acuerdo a una conveniencia, siempre sale mal. Por otra parte, la gente que consigue ser un best seller, lo hace de una manera que cuando se le trata de imitar, no se logra el mismo efecto. Escribir libros con recetas es un procedimiento artificial que da malos resultados.
Una cultura que predica la accesibilidad de todo el mundo a todo, ¿no se supone que debería ir en favor de la igualdad?
Hombre, desigualdades las habrá siempre. La especie se reproduce a través de unas selecciones, y el mundo de desarrollo que se ha instalado desde el punto de vista económico acaba favoreciendo la acumulación de capital y acrecentando las desigualdades. Pero en cuanto a la cultura, quizá no haya habido un momento en la historia con una igualación semejante a la de ahora. Después de la II Guerra Mundial, en Europa se ha tendido a la igualdad de oportunidades, a hacer la educación universal, a hacer la sanidad universal, a extender el conocimiento a través de las culturas de masas…
La cultura sin culto, entonces, no la ve como un cambio a peor.
No, ¿por qué? Es el momento en que más gente sabe leer, el momento en que más gente sabe idiomas, en que la gente conoce más mundo, va más a la escuela… No ha habido un periodo de la vida en que haya habido más cultura expandida.
¿Qué valor aporta la literatura frente a los medios de esta cultura predominantemente audiovisual?
El valor de describir como ningún otro medio el paisaje interior. La introspección, la intensidad de las emociones, los conflictos, las contradicciones y temores humanos... esa minucia del interior, la transmite la escritura mejor que nadie. Para narrar el paisaje exterior ya está el cine o la televisión. Es como la pintura, ya no hace paisajes porque los hace la foto, ¿no? Pues la escritura tampoco tiene que esforzarse en describir paisajes. Tiene poco sentido emplear veinte páginas en describir esta habitación cuando una cámara, ¡pum!, te lo da de inmediato.
¿Cómo sería en su opinión la literatura más apropiada para el siglo XXI?
Una literatura basada en la intensidad del estilo, narrada en primera persona y con humor, con ironía, emotiva, divertida, y en la que el interés no resida en una peripecia que tiene que descifrarse en la última página, sino que cada página contenga en sí una oferta que satisfaga sin necesidad de llegar al final.
Paralelamente a los cambios de la sociedad, ese paisaje interior del ser humano al que aludía permanece inmutable... ¿Eso es lo que hace que cojamos hoy una novela de Dostoievski y nos parezca actual?
Claro, hay una cosa que define a la especie humana, y es que somos unos seres vivos que saben que se van a morir. Esa es una diferencia fundamental que crea muchas repercusiones. Los animales también se mueren, y las plantas, pero no lo saben. Nosotros sabemos que estamos vivos y disfrutamos de eso, pero también tenemos la amenaza de la mortalidad, y eso desencadena una cantidad de efectos en el sustrato de la especie que persisten, al menos hasta que nos cambiemos hacia la inmortalidad o cosas por el estilo.
Da la impresión de que vivimos tapando esa certeza inevitable que es la muerte.
Sí, y no me parece mal. Si eres religioso y piensas que la vida del más allá es mejor que la de aquí, darle vueltas a ese momento de la muerte casi resulta un recreo. Pero si piensas que todo lo que tienes es esto, ¿para qué dar vueltas a la muerte? Cuanto menos pienses en ella, mejor.