na exposición inagurada hace pocos días en Berlín recuerda los planes arquitectónicos que Hitler encargó a Albert Speer, su arquitecto predilecto, que incluían una nueva y colosal ciudad, Germania, levantada sobre las cenizas de capital alemana. Ya sabemos cómo acabó el tema. Hitler murió, Speer fue condenado a 20 años de cárcel y hoy de toda su obra sólo quedan en pie las farolas de algunos barrios de Berlín este. Nuestro pequeño Speer se llamaba Víctor Eusa, miembro de la Junta de Guerra Carlista en 1936 y con más suerte personal y profesional que su colega alemán. El centro de Pamplona está hoy lleno de emblemáticos edificios firmados por él. La mayoría -no sólo los Caídos- cabalga entre lo mediocre y lo siniestro, pasando por todas las gamas de lo horrendo. A pesar de ello, son cuidados como si fueran los frisos del Partenón por esas instituciones nuestras de tan ágil piqueta cuando se trata de restos arqueológicos o frontones ocupados. La democracia navarrista ha encontrado en Francisco Mangado la encarnación de las esencias forales hechas piedra y cemento. Desde que arrasó la vieja plaza de los Fueros de Estella, su ciudad natal, instituciones y medios de comunicación de la provincia le ríen las gracias en un estado de adulación permanente, digno de mejor causa. Tal vez sea uno de los arquitectos navarros con más proyección fuera de nuestras mugas, pero, visto lo visto, dudo de que eso signifique gran cosa. La obra pública que le conocemos aquí es, en general, pura grandilocuencia ausente de matices, con un desprecio olímpico por las necesidades del usuario. El Baluarte, nombre con ecos de cruzada, es como la ideología dominante en esta comunidad: un homenaje al ángulo recto con una plaza anexa concebida como un páramo. Que en ese contexto Mangado se oponga a la presencia del euskara es coherente con su obra y con quien le mima y paga. En la obra de Mangado, la estética es ideología y la ideología, estética.