Imagen de un hombre paseando a caballo durante una tormenta de arena en la región de Darfur, Sudán. A pesar de la belleza de la instantánea, las tormentas de arena suponen un gran peligro para sus habitantes. Foto: EFE
Un político noruego se come unas zapatillas viejas con chocolate por una promesa
Erik Knutsen, diputado del derechista Partido del Progreso noruego, cumplió una promesa de hace siete años de comerse unas pantuflas viejas si los gastos de la nueva Casa de la Ópera no excedían los 10.000 millones de coronas noruegas (1.300 millones de euros). Knutsen acudió el jueves a un programa de la cadena NRK1, donde le presentaron en un plato unas pantuflas cocinadas con salsa de chocolate, que se zampó ante las cámaras. "No sabía nada y no fue una gran experiencia. Me di cuenta de que estaban muy usadas, parecían las pantuflas de un abuelo", declaró ayer. La Casa de la Ópera costó finalmente algo menos de 4.000 millones de coronas (unos 500 millones de euros), aunque Knutsen aseguró que sus palabras habían sido malinterpretadas.
Los nombres propios como Frodo, Beyoncé o Zorro se multiplican en Bélgica
Cada vez más belgas llevan nombres poco habituales y extraídos del mundo del cine o de la música, como los veinte ciudadanos que se llaman Frodo, las doce que llevan el nombre de pila Beyoncé y los dos Zorro. Así lo indica el último censo onomástico, que parece demostrar el éxito que ha tenido entre los padres belgas El Señor de los Anillos, la obra de Tolkien recientemente llevada al cine. El nombre más popular para las belgas, lo llevan más de 180.000, es todavía el de la Virgen, María, seguido por su equivalente francés, Marie. Por su lado, Jean es el más típico para hombres. Algunos belgas podrían preferir buscarse un mote cuando viajen a un país hispanohablante. Es el caso de las dos Fea, los tres Pene, las cuatro Zorra, y los 68 Malo.
MAR DE FONDO
'La Peña'
Cuando hay atentados llueve. Eran las seis de la mañana y mujeres ojerosas en zapatillas, ancianos lentos y húmedos bajo la bata, niños que tiritaban de angustia y pánico, decenas de bilbaínos tuvieron que salir corriendo de casa y refugiarse en la estación del barrio. Entre el calentón momentáneo y el hartazgo muy asentado, algunas palabras iban más lejos de la mera y gélida condena. Lo mismo pasa en los foros de la prensa y las charlas sin mordaza. No es extraño oír y leer sílabas alentadas por el ansia de venganza y el afán de una expeditiva solución. Lo dijo una señora ayer en el parque: "El día en que hagamos lo mismo y les pongamos un petardo en la Herriko ya veremos qué pronto se acaba esto". Yo odio las bombas en cualquier lado, y me aterroriza que el hastío social derive en barbarie cainita. Pero también me asombra que ningún equilibrista del conflicto repare en esa espantosa posibilidad, que ningún prestidigitador al habla recuerde aquella imagen de hace una década en la que los ertzainas tuvieron que proteger de la ira popular a sus más fieros enemigos. Yo no quiero que aquí se repita lo de Irlanda o lo de Bosnia, pero me sorprende ese empeño por reducir el problema a una puja entre topónimos, España, Francia, Euskal Herria, esa palabrería de altos vuelos, casi lunática, que al bajar a Tierra derrapa o huye porque no se sostiene sobre la cruda y exhausta realidad. La Peña, con mayúsculas y minúsculas, nacionalista o apátrida, de izquierdas y de derechas, está mucho más cansada de lo que suponen algunos, está hasta el gorro de esta majadería violenta y su cháchara justificadora. Cuando ETA promete no quedarse de brazos cruzados ignora qué sucedería si los vascos decidieran de verdad moverlos. Yo deseo, y ya van tres aunque nunca serán suficientes para quien tergiverse, que jamás ocurra esa debacle, pero tal vez les convendría imaginarla a quienes usan con tanta desfachatez el nombre de este pueblo en vano.
por xabi larrañaga
A LA CONTRA
Zafón
Se mire por donde se mire, fenómenos como el de Carlos Ruiz Zafón son espléndidos para los libros para la literatura no sé, porque no sé qué es la literatura, al margen de que a cada cual le pueda agradar más o menos que se presente un libro como un producto publicitario que lo es y a su autor como a una estrella del rock, que no lo es. Una de los prejuicios clásicos aquí y en todas partes es que un escritor es un tipo raro y solitario encerrado en un cuartucho y que tiene en la cabeza todas las respuestas a las preguntas del universo o casi. Si el escritor, además, cultiva una imagen huraña Cormac McCarthy, Salinger, etc. y no concede entrevistas ni aparece en público, su obra, a ojos de algunos, gana puntos por ese simple hecho. Si, por el contrario, se vende al marketing, entonces su libro seguro que es tirando a mierdoso. Leí La sombra del viento y me entretuvo, que no es poco, así que lo más seguro es que acabe leyendo El juego del ángel, más que nada por comprobar que lo que me gustó de aquélla sigue estando presente en ésta. Los críticos y los snobs, en cambio, argumentarán que semejante exhibición impúdica de autor y obra en la presentación de la novela por sí solas deberían ser suficiente motivo para no leerla, como si La Literatura sólo fuera real y cierta si es minoritaria y enrevesada. Es obvio que Zafón va a vender de esta entrega mucho más que miles de libros ya publicados que quizá sean tan buenos o más que el suyo, pero no es menos cierto que si esa maquinaria se ha puesto en marcha es porque él y sólo él fue capaz de escribir La sombra del viento y que el boca a boca lo llevara a los 10 millones de ejemplares vendidos. Aunque también es verdad que él y sólo él se ha prestado a este último paripé que quizá no le hiciera falta.