pamplona. Siendo aún estudiante de cine y televisión en la Southern Illinois University, la directora y productora israelí Hilla Medalia leyó en Newsweek un reportaje sobre Ayat y Rachel que contenía una fotografía en primer plano de las dos chicas en cubierta. "Tras darle varias vueltas" e informarse en profundidad del fatal suceso, Hilla decidió realizar un documental para su máster narrando la vida de las dos jóvenes. Morir en Jerusalén reconstruye aquellos trágicos hechos y muestra una historia personal que, según su directora, "representa irónicamente todo aquello que engloba al conflicto Palestino-Israelí". Un documental tan bien hilado que desde los primeros minutos pone los pelos de punta al mostrar el sufrimiento de unas madres que son, sin duda, las verdaderas víctimas de una de las más largas, complicadas e inquietantes pugnas de nuestro tiempo. El pasado viernes, la joven directora israelí puso punto y final con el estreno de la película en Pamplona a la IV Muestra de Cine y Derechos Humanos organizada por Golem, IPES y Amnistía Internacional.
Tras el éxito de 39 Pounds of Love , su primer trabajo como productora, ¿por qué decide cambiar completamente de género y dirigir una película tan comprometida como Morir en Jerusalén ?
La semilla de esta película corresponde a una producción de 45 minutos que elaboré hace unos años como parte de mi proyecto de fin de carrera. Quería explicar a mis compañeros de estudios en EEUU la complejidad del conflicto árabe-israelí. Para informarme sobre los trágicos sucesos, charlé varias veces con Avigail Levy, la madre de la chica israelí fallecida, y con Um Samir, madre de la suicida palestina. Tras muchas reuniones juntas, hablamos sobre la posibilidad de realizar una película narrando los acontecimientos para intentar aclarar desde una historia tan personal la magnitud de la situación que vivimos a diario en Israel y Palestina.
Entre tantos sucesos con características similares que ocurren con frecuencia en Oriente Próximo, ¿qué le lleva a fijarse en la muerte de Rachel y Ayat?
Buscaba una historia humana real para informar desde la sencillez diaria la complejidad de lo que ocurre a personas que no están al corriente de las noticias sobre Israel y Palestina. Cuando vi las fotos de las dos chicas en Newsweek, me pareció una historia muy conmovedora y humana en la que se podía mostrar tanto el punto de vista de las dos chicas como el de las dos madres.
¿No pensó mostrar el punto de vista de los padres, amigos u otras personas cercanas a las fallecidas en lugar de la visión de las madres?
Lo más relevante de la historia de las dos jóvenes son las dos madres. Pienso que el dolor de una madre ante la pérdida de una hija es mucho más intenso que el que puede sentir un íntimo amigo, familiar o incluso los propios padres.
Usted ha señalado más de una vez que este trágico suceso refleja prácticamente todo lo que siente con respecto al conflicto Palestino-Israelí.
Señalar que refleja todo lo que pienso creo que es mucho decir, todo es una palabra muy grande. Lo que sí siento es que el filme ejemplifica en un pequeño microcosmos de los dos mundos. Resulta difícil de explicar, es algo que late en mi corazón. Algunas personas que se encuentran en alguno de los dos bando como yo y han visto el documental, también me han transmitido esa sensación de que desde una pequeña historia se muestran muchísimas características del conflicto.
¿Fue complicado el proceso de llegar hasta la madre palestina? ¿Cómo lo hizo?
Sí, fue dificilísimo. Al ser israelí y tengo prohibido entrar los territorios ocupados y los árabes también tienen muy complicado el acceso al Estado de Israel. Tuvimos que mentir y usar credenciales como si fuéramos periodistas. Además, yo misma tenía miedo. Cuando era joven vivía muy cerca de Tel Aviv y aunque tenía un campamento de refugiados a tan sólo 25 kilómetros de mi casa, nunca había visitado uno. Al principio sentía tanto terror que dejaba a mi equipo en el control y les ponía muchas excusas para no entrar en territorio árabe. Pasado un tiempo, mis compañeros me obligaron a entrar a un coche y nos adentramos en el campamento donde vive la madre de Ayat. Una vez dentro empecé a conocer gente, hice bastantes amistades y comencé a sentirme mucho más cómoda. También debo señalar que en tiempos de mis padres las relaciones entre judíos y palestinos eran mucha más fluidas. Mi padre, por ejemplo, nació en el mismo pueblo que Abu Mazen, actual presidente de la Autoridad Nacional Palestina, y mantenían buenas relaciones. Hoy en día, existe un contraste enorme, no hay apenas contacto entre las dos comunidades.
La película muestra a dos madres coraje entristecidas por la muerte de las hijas de una forma equilibrada. Al pertenecer usted a uno de los bandos, ¿le resultó difícil no tomar parte por una de ellas y ser objetiva con la madre de la suicida palestina?
Como he dicho antes, yo correspondo a uno de los bandos, soy israelí. A pesar de ello, pienso que Morir en Jerusalén es una producción bastante equilibrada. Durante el rodaje de la película logré una relación especialmente intensa e íntima con las dos madres por eso he querido contar la realidad, los sentimientos y verdades de las dos mujeres.
Algunas páginas web sionistas le han acusado de poner en el mismo plano de la balanza a la suicida palestina y a la víctima israelí. ¿Cree que están justificadas este tipo de críticas?
Creo que estas críticas vienen de gente que no ha visto la película o de personas que no la han sabido entender. La película no trata de culpar a nadie, de hecho, las dos mujeres son víctimas. Quien vea en Morir en Jerusalén una mínima intención por buscar verdugos está totalmente equivocado, no ha sabido comprender el mensaje de fondo.
¿Piensa que judíos y palestinos pueden llegar a entender o comprender al otro bando?
Esta ha sido realmente la meta por la que he querido realizar la película. Su mensaje es tan conmovedor para que los dos bandos expresen su opiniones, muestren sus puntos de vista. También he tenido muy en cuenta a los jóvenes, para que vean de otra manera el conflicto y se pongan en el lugar de la otra madre. Espero que cuando se difunda la producción por Israel y por los canales de televisión en el mundo árabe, ambos bandos intenten ponerse en el lugar del otro.
Durante los últimos minutos del documental se desarrolla una videoconferencia entre las madres de las protagonistas en la que charlan sobre sus hijas, el conflicto y muestran sus irreconciliables puntos de vista. ¿Cree que llegaron a aprender la una de la otra?
Cada una vino al encuentro con un discurso distinto. La madre judía quiso hacer tres cosas: conmemorar la muerte de su hija, que la otra madre pidiera perdón por el asesinato de Rachel y también quiso ayudar a cambiar las cosas. La madre palestina vino con un discurso político para defender la causa palestina. Ambas madres tuvieron mucho coraje.
¿Hubiera sido posible juntarlas físicamente para que hablaran?
Pusimos muchísimo esfuerzo porque tan sólo separan 8 kilómetros las casas de las dos familias. A pesar de los esfuerzos, resultó imposible, lo intentamos hacer primero en Palestina, luego en Israel, también en otro país... Resulta también un poco simbólico el hecho de que fuera tan difícil. Por ejemplo, convencimos a la madre israelí para ir a Palestina pero en el camino la policía nos paró y estuvimos detenidos. La madre se asustó tanto que nos pidió que regresáramos.
Aunque las madres conectan cuando hablan de la pérdida de sus respectivas hijas, la carga política y la incomprensión se impone al final de la charla. ¿Hasta que ambas comunidades no superen los aspectos políticos será imposible obtener puntos de encuentro?
Es cierto que algunos aspectos resultan insalvables. La madre palestina recuerda una y otra vez que la judía no puede llegar a entenderla porque su situación es muy distinta, ella tiene libertad y su pueblo se encuentra esclavo, reprimido sin libertad. Pero de todas formas, debemos quedarnos con los maravillosos puntos de unión que se observan entre ambas.
Existen muchos ejemplos musicales y cinematográficos de coproducciones palestino-israelíes que buscan a través de la cultura esos puntos de encuentro entre ambas comunidades. ¿Se puede llegar a la paz desde ejemplos culturales como el suyo?
La mayoría de los israelíes y palestinos sueñan con la paz, desean la paz. El principal problema se encuentra en que la gente ya no se manifiesta para lograrla, no lucha por ella. Existe un hartazgo, un cansancio por parte de ambas comunidades que sólo favorece a los grupos radicales tanto palestinos como israelíes. Pienso y espero que películas como Morir en Jerusalén enseñen y ofrezcan las ganas que tenemos todos para terminar con este horror que vivimos.