El borrador de la nueva Ordenanza de Tráfico de Pamplona propone prohibir el sillín. Se argumenta que la excesiva comodidad derivada de su uso relaja al ciclista en demasía y que el roce continuado del adminículo en cuestión puede derivar en un estado de excitación en el que disminuya considerablemente la atención prestada a la circulación, con el peligro que ello conlleva para el propio ciclista y, sobre todo, para los conductores de los vehículos a motor que comparten con él la calzada. Evidentemente, exagero. Como diría aquél, he pretendido realizar una figura literaria, una hipérbole. Pero una hipérbole pequeñita, mucho menor que la de la cena de 400 euros, porque lo que sí que dice el borrador de marras es que los ciclistas que circulen por la acera o por un carril bici, al llegar a un paso de cebra, deberán parar, bajar de la bicicleta y cruzar andando. Más engorroso, imposible. El texto también prohíbe ir en bici por aceras de menos de 4 metros de ancho, esto es, la inmensa mayoría de las aceras pamplonesas. O te metes a lo kamikaze en avenidas de cuatro carriles, o dejas la bici en casa. Nunca pensé que escribiría esto: el Ayuntamiento de Pamplona quiere adoptar medidas de ciclabilidad excesivamente adelantadas. Me explico: ayuntamientos de ciudades punteras en ciclabilidad como Barcelona han tomado medidas similares a las propuestas ahora en Pamplona. El problema, la trampa, es que el Ayuntamiento de nuestra metrópoli foral se salta pasos, previamente no ha adoptado el sinfín de medidas aplicadas en esas otras ciudades en favor de los ciclistas: peatonalización de numerosas avenidas importantes, puesta en marcha de Vías 30 en la que todos los vehículos deben circular a menos de 30 kilómetros por hora, una red de carriles bici efectiva, facilidades para poder meter la bici en el transporte público… Aquí han prometido 130 kilómetros de carril bici, pero de momento no hay nada, o casi nada. Aquí van a llegar antes las trabas bici que el carril bici. Así nos va. El uso del automóvil aumenta exponencialmente y el de la bicicleta permanece estancado. Estancado como los pamploneses con su coche en los cada vez más grandes y frecuentes atascos de nuestra ciudad. Esos embotellamientos monumentales no se solucionan con que los ciclistas nos bajemos de la bici para cruzar los pasos de cebra.