U NO de los personajes más peculiares de la variopinta caterva de presentadores es el ínclito Javier Sardá. Cierto que cada presentador muestra en su oficio una serie de habilidades y carencias, pero en el caso del catalán todo lo que hace, todo lo que acomete suena bien, televisivo y triunfal. Hay profesionales que caen de pie y tienen una especial gracia para ponerse delante de la cámara y llegar al interior de nuestras casas y al fondo de nuestras emociones o convicciones con naturalidad. Karlos Arguiñano es el más claro ejemplo de potencia comunicativa natural (telegenia), pero es un secundario en el mundo de la comunicación a pesar de sentar cátedra perejilera en su culinaria. Sardá ha entendido que los medios son mecanismos peligrosos y resbaladizos, pero tremendamente eficaces si son conducidos por la senda del entretenimiento, pellizcando la atención de la audiencia, atrapando a millones de personas, manejando los recursos del circo mediático con una grafía espectacular, ligera y un necesario toque morboso como guiño concesional a la masa. Desde los inefables tiempos de la radio con su imaginativa creación del Sr. Casamajó hasta las últimas entregas de Dutifrí , ha construido un lenguaje trufado de recursos interpretativos. Los recordados gallifantes en el programa Cosas de niños de Miquel Obiols, la galería de tipos de la noche televisiva, reales y mediáticos en CrónicasMarcianas , las heterodoxias informativas, la mezcolanza de contenidos rosa y cutre, la irrisión e irreverencia con valores, símbolos y personajes sociales han construido el masaje de este maestro de la comunicación, monstruo de la pantalla. Capaz de hacer de su capa un sayo, su sentido lúdico y transgresor le han convertido en un vividor, dando vueltas al mundo. Javier Sardá, el más poderoso predicador de la tele.