pamplona. Fruto del acuerdo de intercambio de exposiciones que mantienen el área de Cultura del Ayuntamiento de Pamplona y el Palacio Aranburu de Tolosa, ayer se inauguró en el pabellón de Mixtos de la Ciudadela la muestra Turquesa , en la que el artista Sükrü Karakus reflexiona en torno a la fusión de las dos culturas que más le han influido en su labor pictórica: la de Turquía, donde nació en 1956, y la de la Comunidad Autónoma Vasca, donde reside desde hace trece años. Y lo hace a través de formas y colores que proponen un recorrido al interior del ser humano y, a la vez, una exploración del mundo exterior.
Karakus tiene claro que un creador "es un elemento social y no puede separar lo que hace del mundo en el que vive". Por eso, en su obra está muy presente la idea del viaje, ya que "estoy físicamente fuera de mi lugar, de mi tierra", lo que "me causa tristeza", pero también constituye "un amplio campo en el que trabajar". Tanto es así, que su obra, mezcla de acrílico sobre lienzo en las pinturas y de acuarela y lápiz sobre papel en los dibujos, refleja una inquietud por la tierra, las fronteras, los caminos. "Nací en Turquía, que en sí misma también es una fusión de muchas influencias culturales, y ya llevo tiempo en Euskadi, así que no sé muy bien de dónde soy; más bien soy una fusión de culturas", cuenta el pintor, que abre la exposición confrontando dos cuadros con referencias a dos culturas antiguas y separadas por miles de kilómetros que, sin embargo, coinciden en parte de su simbología. Se trata de Mesopotamia, muy cercana para Karakus, que nació en Malatya, junto al río Eufrates, y de los ritos dedicados a Quetzalcoatl, dios venerado por los aztecas. "Ambas culturas representan la luna, serpientes, plantas... Lo que demuestra que la humanidad tiene muchos puntos en común", dice.
mediterráneo La misma universalidad respiran las formas circulares que presiden varios de los cuadros, portando una nueva concepción del viaje, donde la piel es el único límite. Y es que, por un lado, esas esferas asemejan un recorrido por el interior del cuerpo humano, de célula en célula, y, por otro, "esos mismos globos podrían ser planetas si nos abrimos al exterior". Esta "interesante dualidad" también se plantea en los colores, como el turquesa que da título a la muestra, que, al tiempo que supone "un juego de palabras con el nombre de Turquía", es "el color del Mediterráneo" y "sugiere un espacio abierto y relejante". Y el verde, "tan presente en el paisaje de Euskadi, que, después de trece años, también forma parte de mi vida".
Y de su trabajo, ya que "cuando llegué aquí lo pasé muy mal porque no hablaba el idioma y por los problemas económicos", pero, con el paso del tiempo, "pude comunicarme con la gente, conocí costumbres nuevas y fui sintiéndome más cómodo". En este proceso tuvo mucho que ver, sin duda, su estancia de dos años, entre 1994 y 1996, en Arteleku, donde estableció muchos contactos, "leí muchos libros, vi exposiciones y asistí a cursos y conferencias que me sirvieron para aprender". Aquella experiencia "fue como mi segunda academia", después de licenciarse en Bellas Artes en Estambul, dice el artista, que, una vez superada las dificultades de los primeros años, confiesa estar contento de desplegar su arte en estas tierras.