concierto de krystian zimerman
Programa: Obras de Juan Sebastian Bach, Beethoven y Szymanowski. Organizador: ciclo de la Sociedad Filarmónica. Lugar: Auditorio Baluarte. Público: Casi lleno. Fecha: 7 de mayo de 2008.
l OS conciertos de Zimerman siempre suscitan una especial expectación, sobre todo entre los que tienen una relación más directa con el piano; profesores y alumnos del instrumento. Sus versiones son muy personales, y la búsqueda de un sonido especial, totalizador, sinfónico, del piano, es casi obsesiva; con unos resultados no sólo espectaculares y profundos, sino también trascendentes. Van más allá de lo que suele escucharse en otros pianistas -incluso de primera fila-. Para su nueva cita con la Filarmónica -es asiduo de este ciclo- Zimerman había incluido a Brahms, con Beethoven, entre Bach y Zimanowsky. Tres siglos de piano. Pero el pianista polaco añade a su compromiso formal un plus de consonancia con el estado de ánimo, con el momento interpretativo único e intransferible, también con las reacciones del público durante la gira; así que decidió sustituir la anunciada Klavierstücke opus 119 de Brahms, por la Patética de Beethoven. No es capricho. Sino búsqueda de la perfección, conjugando todos los factores. Porque, al terminar el concierto, apareció Brahms, en las propinas, con dos números de la obra sustituida: el primer intermezzo y la rapsodia: ambos, impecables en sus manos.
Comenzó el recital con la partita número 2 de Bach (BWV 826). Una carta de presentación impresionante, para cualquier pianista. El virtuosismo, la velocidad, el criterio tan personal de interpretación la impecable claridad, el hallazgo sonoro pianístico para Bach; con el clave al fondo, si, pero con pedal -contenido- y con todas las características del piano; fueron las grandes virtudes de su versión.
En Beethoven disfrutamos del proverbial sonido del maestro. De su originalidad en los tiempos y los contrastes. De las andanadas de pedal en los graves, del poderío orquestal que sólo él es capaz de dar al piano. Llama la atención el control sobre la resonancia. Y la quietud del fraseo después del fragor. Junto a ese sinfonismo, también son admirables los pasajes en el teclado agudo en los que el sonido parece caminar en andas, contenido, sereno, remansado y luminoso. Ambos extremos -los fuertes y los pianísimos- con una coherente continuidad.
Para algunos, sin embargo, la cumbre de la tarde fue Szymanowski. Sus variaciones opus 10 sobre una canción polaca, son líricas, neorrománticas, fáciles de escuchar, con un grosor entre Schumann y Rachmaninov. Es una obra de juventud, y sólo un maestro como Zimermann puede sacar un colorido y una riqueza extraordinarios a una obra como ésta, que, como muy bien señalan las notas al programa, evoca sonidos chopinianos, brahmsianos, incluso bachianos. Quedará para el recuerdo el crescendo aupado por la mano izquierda, de la marcha fúnebre. Y la expresiva delicadeza del andante . Virtud que también fue sobrenatural en la primera propina de Brahms.
La visita de Zimerman es siempre un acontecimiento. También materia de discusión musical y de comentario, -no a todos convenció su versión de Bach-. Es lo mejor que se puede decir de un gran artista: además del inmenso placer que producen sus versiones, los interrogantes que plantea. Un verdadero lujo.